El chicharrón del palangre

La opinión de…

 

Aramís Averza Colamarco

La verdad es que no quería meterme en semejante problema, pero cuando uno lee o ve aseveraciones “parcialmente ciertas”, no puede ni debe quedarse callado, a sabiendas de que esto puede ocasionar problemas. Para empezar, todo, o la mayoría de las cosas que hemos hecho los humanos que metemos en el mar, causan molestias, disturbios y problemas a alguno de los componentes de la fauna y flora marina.

Con respecto a la pesca, la que sea, como sea, es un arte extractivo, se basa en extraer del ambiente diferentes componentes de la flora y/o fauna marina. Extracción significa sacar sin devolver; en otras palabras, todos los tipos de pesca afectan negativamente al ambiente marino y sus componentes, no se salva ninguno.   Esa fue la razón por la cual la ARAP no lleva el término pesca, ya que este término es mal visto por muchas entidades financieras internacionales, que prefieren apoyar la maricultura sobre la pesca, o sea, la producción sobre la extracción.

Dentro de la industria pesquera existen intereses e interesados, y créanme que ninguno es pariente de “Alicia” ni de la madre Teresa de Calcuta. Cada uno busca sus intereses particulares (que es lo normal), dependiendo del gobernante de turno. Y si puedo arrancarles las escamas a mis adversarios, cuando me toque estar cerca de la papa, ni duden de que lo voy a tratar de hacer. Esa ha sido la historia que yo he podido observar en mis 35 años ligados indirectamente a esta industria.

Esclarecido el panorama, ahora nos toca como académicos de las ciencias marinas escribir ciertas recomendaciones. Independientemente del efecto de los palangres, la forma en que se impuso la ley simplemente fue inconsulta y mal llevada.   Se dejó en la calle, literalmente, a miles (efecto dominó) de panameños que no tienen nada que ver con las peleas existentes entre industriales y que simplemente no tienen vela en ese entierro.

Estos miles de panameños contaban con un trabajo honrado que les permitía poner algo en el plato que ponían sobre su mesa; desde hace más de 30 días ese plato está vacío. “El hambre nunca dice adiós sino hasta luego”, según leí en un restaurante, y eso es verdad; cómo estarán esas familias, sus hijos; esto no tiene justificación alguna.

No olvidemos que la escuela comienza en menos de 30 días, ¿como podrán hacer frente esas familias a dichos gastos si no hay trabajo, o es que sus hijos no tienen derecho a laeducación? Seamos conscientes, permitamos que los barcos puedan zarpar a faenar, mientras, establezcamos una comisión con 30 días de plazo máximo, que se encargue de examinar (tamaño de la línea, número y tipo de anzuelos, carnada, especies captura, etc.) y adecuar la reglamentación existente, para que transcurrido ese tiempo, en común consenso, se pueda continuar con una actividad que garantice el pan a sus trabajadores y el menor daño posible a nuestro entorno marino.

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Este artículo se publicó el 1 de febrero  de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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