Volver, volver, volver

 

La opinión de…

 

Betty Brannan Jaén

En Rusia hay quienes todavía profesan admiración por Josef Stalin, uno de los dictadores más sangrientos de la historia.    Igual hay en China quienes defienden a Mao Zedong; en República Dominicana, a Rafael Trujillo; en Rumania, a Nicolás Ceausescu, y en Chile, a Augusto Pinochet. En nuestro país, a juzgar por las calcomanías que se ven en los carros,   hay quienes todavía guardan una buena opinión de Manuel Antonio Noriega.

Aun así, me sorprendió ver que en Haití hay quienes recuerdan con cariño la dinastía dictatorial de los Duvalier. Cuando Baby Doc (Jean-Claude Duvalier) sorpresivamente retornó a Haití esta semana, un grupo de seguidores le dio calurosa bienvenida en el aeropuerto.   Eran como 2 mil, según la revista Time.   Otros medios internacionales informaron que el duvalierismo todavía vive en Haití y el abogado de Baby Doc planteó que su cliente podría candidatizarse para la Presidencia.

¿Cómo puede ser? Uno comprende que el pueblo haitiano está abatido por décadas de tragedia, miseria, represión y corrupción, pero cegarse a las realidades de la dictadura duvalierista no hará nada por mejorar su situación actual.   François Duvalier –Papa Doc— asumió la Presidencia de Haití en 1957 tras una elección muy dudosa.   Duvalier, padre, eventualmente desconfió de los militares que lo habían llevado al poder y fue creando una fuerza paramilitar –los temidos tonton makouts— que sustituyó al ejército como pilar de apoyo.    Según leo, el régimen Duvalier tiene la triste distinción de haber sido el primero en las Américas en utilizar “desapariciones” al por mayor como instrumento de terror contra su pueblo, sin hablar de torturas, ejecuciones y una “prisión de la muerte”. Se estima que unas 30 mil personas murieron a manos del Estado durante el duvalierato.

Estados Unidos, deplorablemente, apoyó la dictadura desde el principio. Dwight Eisenhower (republicano) era el presidente cuando Papa Doc llegó al poder y su gobierno se hizo de la vista gorda con respecto a los abusos de los primeros años.   Pero cuando Fidel Castro tomó control de Cuba en enero de 1959, Washington rápidamente consideró que apoyar a Duvalier era parte necesaria de su lucha contra el comunismo en el hemisferio. Eso tambaleó cuando John F. Kennedy (demócrata) llegó a la Casa Blanca en 1961. Kennedy suspendió la ayuda a Haití, disgustado porque –entre otras cosas— Duvalier había logrado “reeligirse” en 1961 con una elección abiertamente fraudulenta.   Kennedy trató de ayudar a los grupos de oposición, pero también quería que Haití fuera un contrapeso a Castro. Las relaciones entre Estados Unidos y Haití mejoraron bajo la presidencia de Lyndon Johnson (demócrata), a pesar de que Duvalier se autoproclamó “presidente vitalicio” en 1964. La ayuda financiera a Haití se restableció durante la presidencia de Richard Nixon (republicano).

Antes de morir en 1971, Duvalier, padre, designó a su hijo, Jean-Claude, como su heredero al poder.   Baby Doc, que tenía 19 años, continuó la brutal cleptocracia de su padre por los próximos 15 años. Tras manifestaciones en su contra en 1986, salió huyendo de Haití en un avión que Washington envió para salvarlo de que lo lincharan.   Se fue a Francia a despilfarrar los cientos de millones que (supuestamente) se había robado del tesoro estatal, pero eventualmente se le acabó el dinero.   Aparentemente, solo le quedan unos 5 millones que están congelados en un banco suizo; se especula que este viaje a Haití es un esfuerzo desesperado por lograr acceso a ese dinero.

Pero, asombrosamente, el Gobierno haitiano detuvo brevemente a Duvalier, hijo, y ahora parece estar ponderando qué hacer con él. Amnesty Internacional recomienda enjuiciarlo por “las violaciones de derechos humanos generalizadas y sistemáticas” de su régimen y algunas de sus víctimas se han apresurado a ponerle denuncias en los tribunales haitianos. Por otro lado, hay manifestaciones a diario en su defensa.

Enjuiciarlo, pero debidamente, es lo que hay que hacer.  Que encare la justicia.

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Este artículo se publicó el 23  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.
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