Sobre la actividad minera y otras desgracias

La opinión de…


Anel González García

Ya ni los niños creen en cuentos. Para quienes lo ignoramos, los efectos que produce y deja la extracción y procesamiento de los metales del subsuelo, la discusión del código minero no tiene mayor trascendencia.   Desde mi punto de vista, no es el código minero ni su cumplimiento lo que importa. Para el pueblo panameño importa la calidad del aire, tierra y agua; eso es lo que nos importa, no solo para esta sino para las futuras generaciones.

Perú, Chile, Ecuador, Bolivia, en América; Norilsk, en Rusia, son muestras fehacientes de los portentosos como canallas ejemplos de los efectos producidos por la ambición insaciable de las transnacionales del oro, cobre, plata, molibdeno, cinc y diamante.

¿Por qué habrá de ser diferente en Panamá? La desolación y la contaminación de las riberas de varios cientos de kilómetros del río Amazonas, así como la explotación descontrolada de yacimientos de petróleo son ejemplos vivos y actuales que hablan con evidencia brutal e inmoral de lo que ocurre cuando los contratos de las concesiones dicen una cosa y las empresas hacen otra. ¿Por qué aquí en Panamá sería el primer país donde dichas empresas se confesarían y pagarían las atrocidades ambientales que han ocasionado en otras latitudes?

Las ciudades que listo a continuación están entre las 10 más contaminadas del planeta. La primera es Linfen, China, alta contaminación del aire y agua por partículas y gases provenientes de la minería; Ranipet, India, agua y suelo impregnados por químicos utilizados para el teñido industrial; Mailuu, Kirguistán, Rusia, cuyos suelos y aguas rebosan contaminados por desechos radiactivos emanados de la industria nuclear.

Importante mencionar las ciudades de Rudnaya, en Rusia, y Kabwe, en Zambia, cuyos suelos y aguas están altamente contaminados por el plomo derivado de su actividad minera. Muy importante destacar que entre las 10 del ranking de las más contaminadas se encuentran las ciudades de La Oroya, Perú, como consecuencia del plomo en el aire y tierra, y Haina, en la República Dominicana, cuyo suelo está altamente contaminado por el plomo vertido por el reciclaje de baterías y pilas de radios transistores.

Me propongo destacar los efectos del plomo fuera de control, para conocimiento de quienes por razones del tipo de actividad u ocupación esta materia no les es de cotidiano manejo. Es uno de los materiales pesados. Puede existir en el aire, agua, suelo y por consiguiente, pasar por absorción a los alimentos.

De modo que puede llegar a los seres humanos y animales por inhalación, ingestión y contacto en la piel. Entre los efectos perniciosos en los humanos están daño neurológico, anemia, desórdenes nerviosos e incluso reducción del cociente intelectual, más otros efectos adicionales. Estos pueden presentarse con mayor impacto en los niños y, en proporción a la concentración en que se encuentre, puede ocasionar la muerte o incapacitar de manera severa.

Estimados lectores: ¿por qué habría de ser diferente para Penonomé, La Pintada, El Valle, Antón, Remedios, San Félix y otras poblaciones? Definitivamente que este tema dará para mucho. Permítanme concluir refiriéndome a algunas de las causas que han originado serios problemas de salud ambiental y miles de muertos en donde se haya dado la extracción y procesamiento de metales como el cobre y el oro.

Entre estas están las filtraciones del agua residual de las piscinas de lixiviación, la erosión del terreno escombrado donde están las piscinas, el aumento del ph en el suelo, lo que impide la revegetación, y las micropartículas elevadas al aire, que por la dirección en que soplan los vientos de verano representan una amenaza para la salud humana y animal de todo el país. Pero la más peligrosa es la que pasa de los suelos contaminados a las hortalizas, legumbres y cereales. Esta es la cadena letal.

¿Cuánto oro y cobre vale la vida de un penonomeño, de un antoneño o de un ngäbe-buglé de Quebrada Guabo, señores diputados y señor Presidente?

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Este artículo se publicó el 25  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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