Panamá sigue en venta y ahora en oferta

 

La opinión de…

 

Luis Antonio Sánchez Morales

El distrito de Cañazas en la provincia de Veraguas fue en la década de los 90 la cuna de la mina Remance.   Ignoro las cantidades de oro que se extrajeron de las entrañas de sus montañas en aquellos años o los millones que probablemente se embolsaron sus accionistas.

Lo que sí recuerdo claramente es el discurso de los políticos de la época vendiendo el proyecto como la divina pomada para la solución de todos los problemas que aquejaban a dicha comunidad. Mismo discurso que los políticos actuales parecen haber desempolvado para, cual cantos de sirena, engatusarnos y justificar así el sacrificio de nuestros recursos naturales.

El distrito de Cañazas es el mejor ejemplo de que proyectos de esta naturaleza solo contribuyen a incrementar los problemas de estas comunidades.

Hoy, 20 años después, Cañazas sigue afrontando las mismas vicisitudes de aquellos años: pésima distribución de la riqueza, desnutrición infantil, vivienda, caminos de penetración, educación, un largo etcétera y como si fuera poco la vasta extensión de áreas contaminadas por el proyecto minero que no pueden aprovecharse en lo absoluto.

Sé que una vez publicadas estas notas, saldrán defensores del Gobierno y las empresas mineras a contradecirme y a resaltar los beneficios de dicho proyecto. A ellos les pregunto: ¿Si los proyectos mineros son tan beneficiosos, por qué razón a finales de los 90 cuando se ejecutó el programa Combate a la Pobreza Rural y Conservación de los Recursos Naturales (PPRRN), el distrito de Cañazas fue el único a nivel nacional al que se le adjudicaron 2 consultorías piloto (corregimiento Cerro de Plata y El Valle)?   De haber dejado Remance toda esa bonanza no veo por qué razón incluir dichos corregimientos como beneficiarios del PPRRN, en el que el punto más importante a considerar era el índice de pobreza.

Entre los argumentos que el ministro Henríquez y la Cámara Minera de Panamá sustentan su nefasta propuesta minera resalta el hecho de que si llegaran a aprobar los 12 proyectos mineros, el Estado recibirá $343.55 millones en regalías y las comunidades donde se desarrollen estarían recibiendo cerca de $28 millones para el manejo de sus programas por año.

A riesgo de ser catalogado de pesimista, vuelvo a preguntar: ¿de ocurrir un accidente y resultase contaminado alguno de los ríos, alcanzarían esos millones para comprarnos uno nuevo, libre de contaminación?   Para salir de la duda preguntémosle a nuestros vecinos costarricenses, que por cierto acaban de prohibir las explotaciones mineras a cielo abierto, si nos venderían al más pequeño de sus ríos.

Para quienes lo ignoran la región de la comarca Ngäbe Buglé guarda un tesoro mucho más grande y benéfico que todo el cobre y oro del mundo, un tesoro del que los panameños nos hemos ufanado por años de ser la mejor del mundo: el agua. De sus montañas nacen los ríos Tabasará, Viguí, Cobre, San Pablo y Santa María.

Los que hemos caminado por aquellos parajes somos testigos de su impresionante belleza, misma que contrasta con la pobreza y carencias de sus habitantes. Exponerlos a ellos y al resto de los panameños a perder lo único que les queda es un crimen.

Nuestros gobernantes parecen no aprender nada de la experiencia, los recientes sucesos con el agua potable en la capital son motivo suficiente para que el Estado en su conjunto estuviera concentrado en salvaguardar a toda costa las fuentes de agua con que nos bendijo Dios. Es entonces cuando vienen a mi mente las palabras de mi mentor en la Facultad de Ciencias Agropecuarias, Msc. Julio Castillo, quien uno de nuestros coloquios me señalaba que: “La naturaleza se le aprecia, admira y convive con ella, pero nunca se menosprecia o se irrespeta porque tarde o temprano nos hace pagar por los abusos”.

Los ríos y sus cauces, rastrojos, montañas son componentes naturales que debemos aprovechar y proteger. No puedo estar más de acuerdo, con mi apreciado profesor.

Las inundaciones en Chepo y Darién, así como la falta de agua en la capital es clara evidencia de que la madre naturaleza esta facturando la ignorancia o ambición de unos pocos panameños que abusaron de ella.   Cuenta que nos está tocando pagar ya, a intereses altísimos y es la herencia que les estamos dejando a nuestros hijos.

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Este artículo se publicó el 29  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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