Organizar la rabia

 

La opinión de…

 

Paco Gómez Nadal

Hay lágrimas de muchos tipos. No se crean que en temas lacrimógenos hay monopolios o absolutos, pero sí algunas categorías. Las lágrimas de alegría son un mordisco a un buen chocolate negro, caliente, con un punto amargo pero enseguida dispuesto a conquistar con dulzura. Estas a veces mutan a sonrisa disimulada y a veces a risa con carcajadas.

Hay lágrimas de dolor físico, involuntario chorro de agua salada que trata de aliviar el instante con húmedo acompasar de narices y glándulas. Las lágrimas de emoción, de ternura, parecen sacadas de una partitura de Bach, con esa solemnidad, lentitud y evolución propias de la música que conmueve a quien solo está ahí, quieto, dejándose permear.

Pero están las lágrimas de frustración, las de dientes apretados, las que contraen el cuerpo con trompicones propios de un motor dañado. Y estoy cansado de esas en estos días. Ya son demasiadas lágrimas.

Las he visto despeñarse por los rostros de mujeres (a los hombres nos prohibieron el necesario alivio de las penas)   frustradas porque en este país no pase nada después de que se haya asesinado a los adolescentes recluidos en el Centro de Cumplimiento de Tocumen, después de comprobar que las mamás de las víctimas no tienen plata ni para enterrarlos; frustración al fin por la injusticia llevada a su extremo y que no provoca una reacción en cadena de la sociedad.

La frustración es peligrosa. Más que Mulino y sus salidas de machito (detrás de un machito siempre hay un cobarde); más que Martinelli y sus disculpas en “cadena” y sin consecuencias políticas ni legales (cuando se tira de la “cadena” ya sabemos lo que pasa); más que la ruidosa indiferencia de la mayoría. La frustración es un sentimiento individual que no logra traspasar el ámbito de lo privado y que, muchas veces, sume a la persona que la vive en la depresión o, cuanto menos, en la tristeza.

La frustración por el momento dramático que vive el país (así es, sin eufemismos) hay que convertirla en rabia. Dice el estribillo de un tema del grupo David vs Goliath que hay que “defender la alegría y organizar la rabia”. ¿Qué significa este juego de palabras?

Lo primero es que la tristeza no sirve de nada excepto para escribir buenos poemas (si está acompañada de genialidad y de un par de rones) o generar compasión.   Hay que defender la alegría, la energía vital de este pueblo, la alegre tarea de cambiar nuestra realidad, de vivir y hacerlo desde la vereda en la que nos sabemos hermanos y ya, solo eso, debería provocarnos alegría. Lo segundo es que la rabia, a diferencia de la frustración, es un sentimiento externo, siempre es hacia fuera, siempre busca la forma de manifestarse. La rabia desorganizada lleva a reacciones extremas e inútiles, normalmente salpicadas de violencia o de inútil valentía. Pero la rabia organizada es la que logra los cambios que nuestra sociedad precisa.

Defendamos la alegría, transformemos la frustración en rabia y organicémosla para darle forma de pueblo y de ideas. No hay tiempo ahora para lamentarnos, sino para reaccionar, para impedir que mientras unos cuantos siguen haciendo dinero a costa de este Estado enflaquecido y desprestigiado Panamá se deslice hacia el gorilismo policial y la autocracia (tal y como ha confesado por escrito el Presidente).

Si aquí el único que manda es Martinelli (aunque debería aprender de la máxima boliviana de “mandar obedeciendo al pueblo”), organicemos la rabia para exigirle que asuma su responsabilidad sobre las persistentes violaciones de derechos humanos, sobre el desastre del agua (parece muy fácil echarle la culpa al cambio climático), sobre el deterioro de la seguridad en el país, sobre la conversión de la administración en el narcoestado que nos olemos o sobre el incumplimiento de sus promesas de campaña.

En Davos hace demasiado frío para pensar; quizá nuestra rabia organizada debería recordarle al presidente que este pueblo tiene sangre en las venas y que no quiere ver más de esa sangre regada en las calles… o en las cárceles.

Hemos empezado el año con muy malas noticias (la de la renuncia de Ebrahim Asvat ha confirmado lo peor) y ante este panorama: ni una lágrimas más, ni un instante más de silencio, ni un medio de comunicación censurado, ni una duda ante la urgencia de lo que se avecina.

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Este artículo se publicó el 25  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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