Los espejismos de la actividad minera

 

La opinión de…

 

Federico Meléndez

No hay que ser un experto en minería para saber que quienes se verán beneficiados en caso de que prosperen los planes de extracción de oro en Panamá y otros minerales serán los inversionistas y las grandes corporaciones con ramificaciones en las bolsas de Londres y Nueva York. Argumentar que estos proyectos disminuirán el desempleo es una gran mentira. En Perú, país del cono sur que se ha dedicado a esta actividad por años, tiene solo el 1% del sector trabajador de ese país en este rubro.

Por su particularidad, la actividad minera tiene etapas en la división social del trabajo, en la que paulatinamente las labores bien remuneradas quedan en manos de técnicos y especialistas de alto vuelo, quedando para los panameños solo las de arrieros, serenos y trabajadores manuales, toda vez que Panamá no tiene antecedentes en estas labores. Un ejemplo que obligadamente debemos citar es el de África, continente que produce prácticamente todos los minerales que mueven el mundo, irónicamente esta tierra ancestral es uno de los escenarios más pobres del planeta, donde todavía la esclavitud no ha sido erradicada. La lectura más notoria de este inmenso continente reposa en la República Democrática del Congo, país que cuenta con el 64% de un mineral llamado “coltan”, el cual es utilizado para la fabricación de las baterías de los celulares y otros dispositivos de la llamada tecnología de punta.

El “auge” de la actividad minera en los países subdesarrollados, especialmente en la última década, se explica por las mayores restricciones en materia ambiental promovidas en los países de mayor desarrollo relativo, lo que ha encarecido sus costos de producción.

“La política de ajuste estructural ha cumplido un papel protagónico procurando las condiciones legales e institucionales que han facilitado este movimiento de la actividad minera hacia los países subdesarrollados, acorde a sus propósitos de reducir los costos globales de la producción minera”, observa el economista panameño William Hughes.

Es una falacia, una gran mentira, la que vienen construyendo sectores y personalidades que favorecen estos mega proyectos que técnica y objetivamente estimulan la degradación de los bosques panameños, que desaparecen por año a razón de 47 mil hectáreas.

La superficie total del territorio de la República de Panamá es de 7,551,690 hectáreas, de las cuales en 1992 existían 3,358,304 con cobertura boscosa, que representaba el 44.4% de la superficie total del país. Sin embargo, si tomamos en cuenta la tasa de deforestación para el periodo 1986-1992, se estima que en 1998 la cobertura boscosa es de 3,052,304 hectáreas y para el año 2010 se ha proyectado una cifra de 2,440,304 hectáreas.

Es muy probable que para el año 2030 el istmo de Panamá se quede sin cobertura boscosa, si no se apunta hacia un modelo de desarrollo sostenible que privilegie el ser humano y no el sonido de las cajas registradoras.

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Este artículo se publicó el 30  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

 

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