El vaso se va llenando…

La opinión de…

Daniel R. Pitchel

Desde mayo de 2009, cuando ganara las elecciones Ricardo Martinelli, han pasado muchas cosas. Vale la pena, cuando se cumple más o menos un tercio de su mandato (según las reglas actuales del juego) hacer un alto y evaluar lo que ha sido su gestión y cómo la ven los ciudadanos.  No me refiero a las encuestas, sino a lo que percibo hablando con quienes convivimos en Panamá.

Desde el primer momento, el Gobierno tuvo un alto grado de aceptación. Si bien se benefició de unas elecciones en las que la alternativa era impresentable, la percepción de la gente era: “lo que se necesita aquí es gente que mande y tome decisiones”. Esto se vio respaldado por las acciones que se dieran contra los intereses particulares de los supuestos “intocables” de nuestro país.

El tema del relleno de Amador, la reapertura del caso Cemis, la manera como se comenzó, por primera vez desde que yo tengo memoria, un proceso judicial contra un ex presidente por supuestas irregularidades en la concesión de permisos para beneficio de sus allegados, las denuncias en el manejo de los dineros del FIS y la corrupción en las garantías para sacar de la cárcel a personas influyentes, hizo subir como la espuma la popularidad del Gobierno. No faltaron quienes denunciaban la gastada “persecución política” (argumento demasiado desprestigiado para ser tomado en serio), y la violación de los procesos normales por los que deben darse estas acciones. Sin embargo, todo esto fue percibido por gran parte de la población como “politiquería barata”, mientras se seguía apoyando al “gobierno del cambio”.

Luego, comenzaron las dudas sobre la injerencia del Ejecutivo sobre los otros órganos del Estado. La chapuza de la destitución de la procuradora y los desatinos de su sucesor, la selección de magistrados de la Corte Suprema de Justicia y la contralora entre allegados al poder, la brincadera de diputados hacia el partido gobernante (aunque de esa gente a mí nada me sorprende), la represión durante los disturbios de Bocas del Toro, las denuncias de contrataciones sin licitación, las dudas sobre los desatinos del Presidente y el canciller en los cables de Wikileaks, el torpe intento de poner en el tapete el tema de la reelección presidencial y las denuncias de persecución contra periodistas y críticos, han minado las “buenas vibraciones” de las que disfrutaba el Gobierno desde su instalación.

Sin embargo, es lo sucedido en el Centro de Cumplimiento de Menores el 9 de enero, lo que se percibe como un verdadero cambio de actitud de los ciudadanos comunes y corrientes hacia la gestión gubernamental.

La sensación es que se cometieron actos claramente violatorios de los más elementales derechos humanos y que el sistema no ha respondido correctamente. La existencia de una filmación ha sido un elemento decisivo hacia la crispación. Escuchar cómo se burlaban de adolescentes abrasados por el fuego y cómo los golpearon después ha generado una animadversión profunda hacia los responsables que se proyecta a toda la cadena de mando. A esto se ha sumado la actitud desafiante de las autoridades de seguridad, la tardía comparecencia pública (percibida más como una reacción al posible costo político que al mismo hecho), y la aplicación de una controversial ley en la que personas que a todas luces son responsables de una acción execrable terminan siendo tratados con inaudita suavidad y ni siquiera se les destituye ni se les formulan cargos de inmediato. Ante estos hechos, no hay que ser un sociólogo experimentado para percibir que, por primera vez, comienza a sentirse una incomodidad real hacia la administración Martinelli.

En lo personal, me cuesta trabajo aceptar que todo lo que ocurre en Panamá sea parte de alguna conspiración del Gobierno. De hecho, no creo que esto vaya a generar una respuesta masiva en las calles ni mucho menos. La inacción de los panameños ha quedado claramente demostrada ante la crisis del agua potable que lleva más de un mes y no ha generado protestas significativas. De hecho, me llama la atención que los miembros del “movimiento popular”, que dicen representar a “las grandes masas nacionales”, no hayan hecho nada ante un hecho que, en un país con sangre en las venas, hubiera generado una verdadera conmoción social. Su actitud me hace pensar que les preocupa más ver cómo se acomodan cerca del poder, que un genuino interés “en el bienestar del pueblo”.

Si bien aún no parece que estemos al borde de una crisis social, el vaso cada vez se llena un poco más… y, si no se hace algo desde ahora para enderezar el rumbo, corremos el riesgo de que en algún momento, se termine la paciencia… y cuando se derrame, será muy tarde para quejarnos…

Escuchar cómo se burlaban de adolescentes abrasados por el fuego y cómo los golpearon después ha generado una animadversión profunda hacia los responsables que se proyecta a toda la cadena de mando.

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Este artículo se publicó el 30  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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