¿Está Dios acorralado?

La opinión del Jurista…

 

Juan Ramón Sevillano Callejas

Ahora que sé que la hermana de un buen amigo tiene cáncer, he decidido referirme a otro interesante artículo de opinión del doctor Xavier Sáez Llorens, publicado hace algunos meses en este mismo diario y en el cual el galeno afirmaba, con varios datos, que la ciencia tiene acorralado a Dios o a nuestras creencias religiosas.   Pronto la madre de dos jóvenes muchachas será ingresada al Hospital Oncológico, de ingrato recordatorio para el suscrito, ya que en él tuve que reconocer en un sótano el cadáver desnudo y cenizo de mi tía Margarita.

Ella fue quemada por sobrerradiación que le medicaron los científicos del nosocomio.   Ruego a Dios que la mencionada hermana de mi amigo no tenga la sufrida y dolorosa muerte de mi pariente.   Aprovecho la ocasión para afirmar que no he oído o leído, en Panamá, a otro ateo que se refiera tanto a Dios como el doctor Sáez Llorens.   Yo sospecho, y le pido disculpas si estoy equivocado, que él alguna razón de índole subjetiva tendrá para esgrimir sus argumentos.   Yo sí los tengo.

La verdad, preferiría que la ciencia o los científicos acorralaran el cáncer que ha matado a varios familiares cercanos (abuelos, tías, etc.).   No creo que tratar esta afección con sobrerradiación sea algún adelanto científico. Quemar por dentro a una persona me parece inhumano y totalmente doloroso; no sé si el remedio es peor que la enfermedad. También me gustaría que le encontraran alguna solución a la diabetes que sufre mi madre.

En vez de estar pensando en acorralar a Dios, yo les pido que acorralen el hambre que sufren los niños en África, Asia y Latinoamérica. Hace poco leí un artículo del periodista ambiental Adán Castillo Galastica, referente a los beneficios productivos del lago Bayano y la gran cantidad de tilapias que ahí se pescan.

En eso es que deben estar los científicos, y no perder el tiempo tratando de acorralar algo que, según ellos mismos, no existe. Buscar la seguridad alimentaria del mundo, con métodos prácticos, investigando el mejor momento de reproducción de las especies para multiplicarlas naturalmente.

No mediante la clonación de la cual nacerán híbridos o especies con características genéticas desconocidas, como la de ahora, vaca panda. Cuando veo tanta gente en la farmacia cambiando de medicamento, ya que “este le dejó de quitar la migraña”, me pregunto qué ha adelantado la ciencia. Hay que preguntarse además por la ética de los científicos que trabajan para consorcios transnacionales, que inventan medicamentos que nunca curan y cuyo principal fin es el comercial.    Y ni hablar de los científicos que trabajan para construir armas de destrucción masiva.

Por favor, acaben con el simple resfriado, ya que todavía no han inventado una mejor medicina que la que nos dan nuestras ignorantes (sin escolaridad ni doctorados) abuelas. No conozco mejor tratamiento que una buena sopa caliente, tomar limonada o chicha de piña o de naranja y dormir con medias de lana, como hice hace dos días, ya que por ahorrar agua, lavé el carro durante una ligera llovizna.    Por ello, me pregunté, ¿por qué los ambientalistas debemos pagar las consecuencias de la devastación en esta era científica?

 

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Este artículo se publicó el  20  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

¿Es esta ciudad un destino deseado?

La opinión de…

 

Leandro Ferreira Béliz

En los últimos años mucho se ha hablado de la buena ubicación que tiene la ciudad de Panamá en el denominado ranking de destinos turísticos que manejan algunas revistas internacionales especializadas en el tema. Tan bien ha calado esa noticia, que muchos, en estado casi eufórico, han llegado a pronosticar un inminente ingreso de nuestro país al conglomerado de naciones que integran el Primer Mundo.

A simple vista, pareciera que este entusiasmo contagioso tiene sólidas bases, porque resulta evidente que en algunos sectores el progreso no se ha hecho esperar.   Entre estos, está el de la construcción, que con sus majestuosos proyectos urbanísticos que incluyen modernas torres de apartamentos, hoteles de ensueño, espectaculares centros comerciales y residencias lujosas, no dejan de impresionar a locales y foráneos, aunque se hayan construido, en muchos casos, con total menosprecio de las más elementales normas de protección al entorno, y con una infraestructura de servicios públicos deficiente.

Pese a esa buena impresión que causa la transformación urbana, a algunos de los que vivimos aquí nos sorprende que a la ciudad internacionalmente se le reconozca como una urbe que reúne todos los requisitos para ofrecer gran confort, cuando evidentemente nuestra calidad de vida ha venido desmejorando, como si se tratara de un objeto en caída libre. Para muestra, sobran los botones.

Las dificultades para el desplazamiento vehicular cada vez son más. Los tranques han pasado de ser fastidiosos y de horas pico, a tortuosos y permanentes. Con el colapso reciente de las carreteras de acceso al Puente Centenario, el asunto se complicó.   Para colmo, nuestras calles y avenidas no están siendo vigiladas debidamente por policías y agentes de tránsito, cuya escasez es notoria y generadora de caos.

La basura abunda y su recolección hasta ahora no satisface los requerimientos mínimos. Esto como herencia del que alguna vez bailó por un sueño y hoy nos ha sumergido en una especie de pesadilla de la que queremos despertar a corto plazo.

Y encima, “tras que el ojo llora, le echamos sal”, el agua potable, otrora motivo de orgullo y etiqueta de presentación del país, ahora es escasa, turbia y no apta para el consumo humano. Esta crisis es inaceptable en un país donde abunda el recurso, tanto así, que tenemos un canal interoceánico donde cada barco que lo atraviesa ocasiona el gasto de 50 millones de galones de agua.

Ni hablar de la delincuencia que no cede y que mantiene los índices respectivos muy elevados, considerando el número de habitantes. Todo este panorama me hace dudar de las famosas clasificaciones de las “ciudades maravillosas”. Como dicen por allí, ¿será que en otros lados la cosa está peor?, y que en tierra de ciegos el tuerto es rey, y la ciudad de Panamá es la hermosa tuerta.

No quiero pensar que el marketing de los que promocionan el país en el exterior ha sido tan efectivo y engañoso, que le han metido un golazo a los expertos en destinos turísticos y residenciales. Pero, independientemente de las dudas en torno a las calificaciones otorgadas a nuestra querida capital, lo importante es lograr que se adopten medidas inmediatas para detener la caída en picada de nuestro estándar de vida.

Estas medidas deben contemplar, entre otras cosas, la construcción de calles, viaductos y similares; la adopción de normas que regulen la construcción de edificios; programas de educación ciudadana para la conservación del ornato; vigilancia permanente de nuestra red vial para no dejarla en manos de los conductores, muchos de ellos verdaderos delincuentes del volante; y la inversión en la rehabilitación y mejoramiento de potabilizadoras y acueductos para garantizar el suministro de agua a toda la población.

En conclusión, debemos ganarnos la alta calificación que se nos ha concedido, para entonces ostentar merecidamente el distintivo de ciudad ejemplar.

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Este artículo se publicó el 20  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

La sutil diferencia entre arquitectura y repostería

La opinión de…

Orlando Acosta

Degradación simple y pura es lo primero que viene a mi mente, parafraseando al arquitecto francés Jean Nouvel, cuando leo la noticia en primera plana sobre el inicio de las obras del nuevo edificio del hemiciclo legislativo.

En Panamá la práctica de la arquitectura y urbanismo sucede de manera diferente que en otros lugares del mundo. Lo panameño es resultado de la ausencia de una reflexión sobre la relación entre espacio y sociedad, de la historia y de la funcionalidad. Para estar de acuerdo con Renzo Piano, es lo que la hace más próxima a la repostería que a la construcción de ciudades.

La propuesta y el aporte de los arquitectos y del Estado como promotor y regulador del espacio urbano tienen notables ejemplos en las grandes metrópolis del mundo, pero no así en Panamá.    Edificios como el Beauborg o Centro George Pompidou en el centro histórico de París, el estadio de fútbol Nicola de Bari en Italia, la galería Menill en Texas, o las intervenciones en el Potsdamer Platz de Berlín (centro de la ciudad post la caída del muro), o la escuela Anna Frank y la Ópera de Lyon son resultado de un arduo y profundo ejercicio reflexivo en el que los volúmenes, texturas, lenguaje, significado, uso y entorno determinan el resultado final como aporte perpetuo al espacio urbano por genios como Piano y Nouvel.

Allí la diferencia entre las ciudades del primer mundo y el caos urbano de las nuestras; entre albañiles y arquitectos, entre mediocres y maestros.

La mayoría de estas obras urbanas y arquitectónicas citadas acá son insertas en el contexto de una sociedad moderna y democrática, y son resultado de la ejecutoria de notables arquitectos, cuyas obras fueron reconocidas y desarrolladas mediante concursos promovidos desde el escenario del Estado, como responsable de articular la construcción de una ciudad eterna, universal y sobre todo funcional sobre la base de una discusión amplia, transparente y democrática.

En Panamá, el predio del Palacio Legislativo es el caso único y excepcional en la historia de la ciudad de Panamá que es resultado de esta metodología de trabajo. A finales de la década del 50, post asesinato del presidente Remón Cantera, el Estado panameño convocó a un concurso internacional para producir lo que fue en su momento uno de los espacios de la arquitectura modernista más notables en América Latina.

El edificio y el conjunto escultórico, reseñado en los anales de la historia de arquitectura en América, fue resultado de un concurso internacional. Hoy lo premiado y reconocido es desfigurado y transformado de “a dedo” sin ningún criterio objetivo que simplemente la necesidad de ampliar cubículos y recintos para albergar al exponente más contradictorio, absurdo y corrupto de la élite política panameña. La degradación de lo urbano es al menos consecuente con el proceso de descomposición de lo político. No hay más que decir.

Las iniciativas del Estado, impulsadas por el gobierno de turno en Panamá expresadas en el producto de una ciudad gubernamental, la insistencia en una torre fálica de oficinas públicas en la Avenida Balboa, en un centro de convenciones, en una sede del Tribunal Electoral serán resultado de un ejercicio impositivo, de un interés de lucro privado revestido de una transparencia dudosa y celebrada en faraónicas fiestas navideñas, mientras el país se ahogaba en agua; son ejemplos alejados de una reflexión profunda, ausente de una visión de futuro y lejos de la imagen de una ciudad perpetua, rica, armoniosa con significado histórico y cultural.

Al final, expresa el resultado de una sociedad con un legado mediocre, agresivo, sin significado, sin historia. Un espacio y una ciudad que refleja y deja viva la percepción o simplemente reafirma el proceso de la degradación simple y pura de los espacios y la sociedad que contiene.

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Este artículo se publicó el 21  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

El Censo de 1950 – Aventuras en Darién

La opinión de…

 

Guillermo Sánchez Borbón

He decidido terminar esta serie de artículos sobre el Censo de 1950, por razones que la semana entrante comprenderás. Pero antes debo corregir un monumental patinazo que di en el artículo anterior. El Noel Morón Arosemena de esta historia se llamaba en realidad Elías Morón Arosemena, no Noel, como erróneamente escribí. Noel fue amigo mío desde 1944, amistad que fue interrumpida por su muerte años más tarde. El de la aventura (o desventura) de Darién fue Elías, talentoso abogado y bellísima persona.   Era hermano de Noel.

Pues bien, Elías y yo nos dirigimos a otra población, donde tendríamos nuestro cuartel general. Ahí tuvimos que hacerle frente, valerosamente, a nuestra próxima crisis. No había dónde comer ni dónde descomer. Por razones que habría que preguntarle al río, la creciente se llevó todos los sitios escusados del pueblo, dejándonos una situación imposible, de cuyos deprimentes detalles te haré gracia.

Ninguno de los dos sabía cocinar. Decidimos engañar el hambre, ¿con qué? Las tiendas locales estaban tan bien surtidas como la guarida de un ratón venido a menos. Lo único comestible que tenían en abundancia eran camaroncitos tití.   Y nos atracamos de ellos con un entusiasmo que tendría consecuencias impredecibles, como suelen decir los diputados. Te haré gracia de esta nueva calamidad.

Pero, al parecer, Dios se apiadó de nosotros. Solíamos comprar cigarrillos y otras cosas en la no muy bien surtida tienda de un chino. El hombre, sobremanera sagaz y bondadoso, se dio cuenta de los apuros que pasábamos, y se apresuró a rescatarnos, ordenándonos que fuéramos todos los días a su casa para compartir con nosotros sus comidas.   De esa experiencia data mi afición por el pulpo, delicia que a la sazón muy pocos degustaban en nuestro país. Elías y yo lo comimos en esa ocasión con un placer que tenía muy poco que ver con el refinamiento y mucho con el hambre.

A pesar de estos contratiempos, hicimos lo mejor que pudimos nuestro trabajo. A los días apareció nuestra jefa, Carmen Miró, y con la inteligencia, capacidad y energía que la caracterizan, nos dio una mano (las dos, mejor dicho). Y así logramos hacer un buen censo. Te haré gracia de los detalles técnicos.

No recuerdo cómo regresó a Panamá Elías. Jamás olvidaré, en cambio, cómo regresé yo: en un barquito tan abarrotado de banano, que no encontraron para mí cama, ni siquiera un sitio en que pudiera sentarme. Pasé todo el viaje de pie, aprisionado por racimos de guineo que resentían tanto mi compañía, que no solo no pude sentarme durante el tiempo que duró la travesía: ni siquiera pude liberarme de una inmovilidad, que me dejó durante mucho tiempo con dolores en cada milímetro de mi cuerpo, de mi “hermoso cuerpo”, como decía una jamona en un tele anuncio de la época. Pero cuando se es (relativamente) joven se tolera mejor esta situación de veras intolerable. Por suerte el Pacífico, a pesar de sus ocasionales accesos de malhumor, esa noche –tal vez compadecido de mi incómoda situación– se portó admirablemente conmigo.

Como si fuera una misteriosa extensión de mi bahía natal, ni siquiera se rizó una sola vez durante el tiempo que duró el viaje de regreso a la capital. Si entonces no lo hice, ahora le doy las gracias al Pacífico por no haber agravado una situación de suyo intolerable.

A los días de haber regresado a la capital, tuvimos que hacerle frente a una nueva crisis. Muchos empadronadores habían olvidado anotar datos esenciales en la parte agropecuaria del censo. Y nos distribuyeron a todos por el país para que localizáramos a los censados y les pidiéramos los datos que habían omitido los empadronadores. Te haré gracia de todos estos detalles. Bastaría uno solo a guisa de ejemplo. A la pregunta “¿cuántas reses tienes?”, los ganaderos jamás te respondían con la cifra exacta, sino con un lacónico, poco informativo “varias”.   Yo mismo soy medio campesino y los conozco muy bien. Eso me permitió a mí y a otros empadronadores, tan montunos como yo, lograr que nos dieran la cifra exacta.

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Este artículo se publicó el 22  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

¿Y después de la rehabilitación?

La opinión de…

 

Ileana Gólcher

La pregunta es una sola: ¿Es posible que un estudiante que no ha logrado comprender y aprobar los contenidos de una asignatura durante todo el año pueda en tres semanas rehabilitar, es decir, superar su fracaso y obtener la nota necesaria para seguir su próximo año o graduarse? La rehabilitación se hace en dos semanas: una hora por cada asignatura reprobada; son 10 horas de clase y otra hora adicional para la evaluación.

Las respuestas de los más sensatos educadores y estudiosos del sistema educativo indican que no. Se trata de una forma de autoengaño educativo. Pese a las oportunidades que se ofrecen para rehabilitar hasta tres asignaturas, las cifras suministradas por el Ministerio de Educación del año lectivo 2010 son preocupantes: estudiantes en proceso de recuperación en centros oficiales de Panamá Centro de educación pre media y media oficial es alta: 13 mil 820 (esta cifra no incluye la Regional de San Miguelito ni las escuelas particulares).

Pese a los incentivos de la beca universal, la dotación gratuita de mochilas con insumos escolares, libros de textos gratuitos y otros, la situación es más compleja. Debemos preguntarnos qué tipo de educación han obtenido los que lograron aprobar el año escolar y si los prepara realmente un sistema educativo de excelencia. Las autoridades educativas y las pruebas internacionales indican que Panamá está aún inmerso en un sistema educativo anacrónico, en cuidados intensivos, sin poder colocarse en mejores niveles de eficiencia educativa.

Los datos de los fracasos escolares son un indicador de que el problema del sistema educativo trasciende la responsabilidad exclusiva del Ministerio de Educación y tiene un primer eslabón perdido en las carencias del hogar, sumido en la violencia, la desnutrición, la falta de motivación para estudiar, estudiantes sin mayores estímulos, víctimas de maltrato familiar, sin equidad educativa.

El nivel socio económico y cultural de la familia panameña repercute directamente en los resultados escolares de sus hijos. La lista es ampliamente conocida en más de 20 informes oficiales y particulares elaborados desde 1992. La reciente prueba internacional PISA, en la que Panamá ocupó el número 62 entre 65 países participantes, es una prueba de las deficiencias en comprensión lectora, matemática y ciencias naturales. Algunas conclusiones: La primera es que se comprende mal lo poco que se lee.

El déficit en la comprensión lectora sigue siendo el dato más preocupante, ya que conduce a la población estudiantil a una especie de analfabetismo funcional que perdura para toda la vida. Desconocemos con qué programas se enfrenta esta deficiencia vergonzosa.

Otro error es pensar que “una computadora para cada estudiante” funcionará como una varita mágica para salir del letargo educativo, ante la ausencia de una pedagogía para pensar críticamente, adaptarse al mundo moderno y contar con ciudadanos creativos y emprendedores. Ya en anteriores administraciones se ha incurrido en el mismo error de promover programas de conectarse al conocimiento, sin previamente consolidar un programa de formación permanente para el docente en las áreas humanísticas y académicas, y un proceso de capacitación y supervisión de docente y de los padres y madres de familia, factores clave en el proceso de modernización de la educación.

La evaluación de cierto y falso, selección múltiple que promueve memoria y mansedumbre es un indicador más de la crisis educativa. Es bueno saber que se realizan esfuerzos por cambiar el obsoleto proceso de evaluación docente; sin embargo, debe promoverse una evaluación integral que incluya la propia evaluación de la estructura administrativa de la entidad rectora de la educación dirigida por instancias que no provengan del propio sistema.

Una de las principales debilidades del Ministerio de Educación es haber eliminado el departamento de investigación educativa desde 1995, con lo que se perdió la posibilidad de obtener respuestas más científicas ante el problema.

La cifra de los fracasos es preocupante, si se le suma cada año la población estudiantil que deserta, o que logra promoverse hasta el sexto grado sin haber comprendido siquiera a interpretar lo que lee. Las estadísticas existen, pero al parecer no son la base para promover los cambios requeridos. La rehabilitación permitirá a muchos promover su año de estudios, para regresar a las mismas escuelas, con las mismas deficiencias -ahora en trimestres- con un alto porcentaje de educadores desmotivados, y con la ausencia de un Plan Educativo Nacional que indique hacia dónde vamos y qué tipo de educación necesitamos.

De lo contrario caeremos en el riesgo de implementar una “administración por ocurrencia”, más que un sistema educativo que vaya cónsono con el crecimiento económico del país, más preocupado por su grado de inversión e infraestructura vial que por la preparación de su principal recurso: su gente.

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Este artículo se publicó el 25  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.