Crimen y castigo

La opinión de…

 

Betty Brannan Jaén

PARÍS, Francia –El viernes fui a ver a Manuel Antonio Noriega. Bueno, en realidad no lo vi, y ni siquiera intenté verlo, pero sí caminé por las afueras de la prisión en París donde está detenido (Maison d’Arret de la Santé) contemplando la diferencia enorme entre su situación actual y sus aspiraciones parisinas, cuando era dictador. Entonces compraba apartamentos lujosos en los barrios más cotizados de París y ahora está en una prisión de reputación horrorosa, en un barrio para nada simpático de esta ciudad.

Pero creo que Noriega saldrá de la prisión parisina en este año, 2011, y que será devuelto a Panamá, por lo que debiéramos ir debatiendo la recepción que merece. En lo personal, yo abogo por obligarlo a que cumpla sus penas de prisión; nada de casa por cárcel.

Es cuestión de medir el crimen contra el castigo. Por ejemplo, estoy muy tranquila con la probabilidad de que Jared Lee Loughner encare la pena de muerte. Loughner es aquel tipo en Arizona que la semana pasada, fríamente, comenzó a repartir balazos en el estacionamiento de un mercado en donde la congresista estadounidense Gabrielle Giffords estaba celebrando un evento público. Su intención, según parece, era asesinar a Giffords, quien milagrosamente sigue con vida. Pero seis otros murieron en la balacera, que dejó 13 heridos adicionales.

No hay duda alguna sobre la culpabilidad de Loughner, que fue tirado al piso por observadores que lo desarmaron. Eso –que no haya duda alguna sobre la culpabilidad del acusado– es para mí el dato crucial, porque mi reticencia usual en aplicar la pena de muerte se debe no a razones religiosas o filosóficas, sino al temor de ejecutar a una persona inocente. En Estados Unidos hay cifras que confirman la validez de ese temor.

Hay una agrupación de abogados –The Innocence Project– que revisa casos en los que el veredicto condenatorio no se apoyó en pruebas irrefutables de ADN. Desde 1989, este proyecto ha logrado la exoneración de 265 personas, de las cuales 17 habían sido condenadas a muerte.

Es que en Estados Unidos el estándar de pruebas en un juicio penal es que éstas deben mostrar culpabilidad “más allá de una duda razonable”. No se requiere certeza, sino algo menos, y esa brecha entre certeza absoluta y duda razonable es donde el sistema produce errores. Por ello, tengo un amigo estadounidense que arguye que en casos de pena capital, se debiera requerir un estándar más elevado de pruebas: No meramente “más allá de una duda razonable”, sino “más allá de toda duda”. Esta es una reforma que Estados Unidos debiera adoptar (mientras que Panamá no podemos ni hablar de pena capital hasta tener un sistema mucho más confiable de justicia).

Bajo ese estándar más estricto que me gustaría ver, Loughner estaría sujeto a una pena de muerte (como obviamente también lo está bajo el sistema actual de derecho penal estadounidense). Y si la pena de muerte se justifica para un tipo como Loughner, que mató a seis personas, los crímenes de Noriega (que incluyen múltiples asesinatos) ciertamente justifican 20 años en La Joyita o en alguna prisión similar.

Ya sé que hay quienes dirán que Noriega ya tiene 22 años de estar preso y que, además, hay que tomar en cuenta su avanzada edad, pero no considero que eso sea relevante. Los años de prisión que ya ha cumplido fueron para pagar su crímenes en Estados Unidos y Francia; le falta pagar por sus crímenes en Panamá. En cuanto a la edad, el hecho es que Noriega ha tenido una suerte de llegar a viejo que le negó a sus víctimas. No veo por qué la vejez lo exime de responder a la justicia panameña, especialmente cuando no se arrepiente de lo que hizo y no hay duda razonable sobre la culpabilidad de mucho de lo que se le imputa.

Debe ir preso.

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Este artículo se publicó el 16  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.
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