El discreto encanto de la tontería…

La opinión de…

Daniel R. Pichel
dpichel@cardiologos.com

No tengo la menor duda de que si Luis Buñuel viviera aún, y conociera nuestro país, se mandaría una obra de arte surrealista de esas que hubieran ganado innumerables premios en cuanto festival se inscribiera. Aunque, pensándolo mejor, pudieran no reconocerle esta obra maestra, por considerarlo un exagerado. Pero pensemos un poco en el guión de esa película que pudiera llamarse como la columna de hoy…

La película comenzaría con una escena a media luz, en la que se escucharía a lo lejos “panameño, panameño, panameño, vida mía… yo quiero que tú me lleves donde abunda tontería…” . En ese momento, se escucha la voz del cónsul en Miami diciendo, con acento afrancesado, que “la malaria, se llamaba fiebre amarilla en 1902 y que, por culpa de un mosquito, Lesseps no hizo el canal…”. Al aumentar la luminosidad de la pantalla, se vería la entrada de una esclusa, mientras retiran un aviso que dice “cerrado por exceso de agua”. Entonces, en el medio de una oscura noche se acerca, desde Corte Culebra, la luz producida por un barco radiactivo, que pasaría a tres centímetros de distancia de la estructura del Canal, mientras que en la cámara paralela, espera su turno un supertanquero con un letrero de “altamente inflamable”, escoltado, a su vez, por un crucero de pasajeros, en el que ocho mil personas estarían en la cubierta esperando tomar una foto en el mismo momento en que se produjera el hongo atómico… Mientras, un carro bomba, con un letrero que reza… “no hay agua, porque llovió mucho” es detenido por los custodios del centro de rehabilitación juvenil, mientras le gritan a los marinos del tanquero: “si son tan machos apaguen ustedes el fuego…”.

Según Cancillería, parece que la solución a los exabruptos de nuestros representantes es prohibirles hablar a los funcionarios del cuerpo consular y diplomático de temas que no dominan (lo bueno es que algunos callarán para siempre). Me tomo la licencia de sugerirle a nuestras máximas autoridades, que la solución a este problema no es mandarlos a callar. Es, simplemente, no nombrar en estos puestos a amigos, sino a personas con un mínimo de capacidad (no pido más, sólo el mínimo), para hablar en nombre del país si fuera necesario. Me cuesta trabajo aceptar que inventar un eslogan sea una credencial adecuada para ser nombrado representante de la Nación en el extranjero.

Otro capítulo de la película sería el que tiene que ver con el agua. Al aeropuerto de Tocumen llegan los turistas leyendo un letrero que dice: “Panamá, el país con la mejor agua del mundo”… francamente, no sé si es la mejor, pero sospecho que, hoy por hoy, es la más chocolatita. Mientras, el director del Idaan explicaría que se ha llegado a un acuerdo con Godiva Chocolatier para mezclar “el vital líquido” con un extracto de cacao al 72% para mejorar el colesterol bueno de los consumidores… Así, el Canal, el Idaan, el puente Centenario, los cultivos en Chiriquí y quién sabe cuántas cosas más, han dejado de funcionar por exceso de agua (en el trópico). Por un momento, ¿se imaginan lo que pasaría si nos azotara un huracán? ¡Aterrador! … En nuestra película se vería a los panameños, cada uno construyendo un arca y metiendo dentro diputados, cónsules, alcaldes y políticos, esperando el diluvio. Este capítulo de la película termina con una imagen en los culecos en los carnavales de Las Tablas y Penonomé, en el que cada persona moja a quienes están a su alrededor con botellas de Volvic, Evian, Boss, Mondariz y Perrier. Un camión cisterna rotulado por un lado, “Aqua Cristalina”, y por el otro, “Panama Blue”, rocía con una manguera a una ferviente multitud que grita entusiasmada “agua, agua, agua, weeeeee…”.

Para terminar, unos invertebrados genuflexos, ante un montón de policías con uniformes, charreteras y rangos rimbombantes, gritan, desaforados: ¡no a la extradición!, ¡no a la reelección! y ¡no al autoritarismo!, en una manifestación en la que llevan pancartas con una foto de Billy Ford, ensangrentado, y dicen “defendamos la democracia y la libertad de expresión”. Al pasar por la Plaza 5 de Mayo, se escucha a un grupo de inquilinos del Palacio Justo Arosemena, que propone una ley que condena a cuatro años de prisión a todo aquel que vilipendie a cualquier funcionario que ocupe un cargo de elección popular. En ese momento, uno de ellos pregunta: ¿qué significa vilipendiar? … y otro contesta: “yo qué sé,  pero suena bien…”.

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Este artículo se publicó el 16  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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