Cacería de patos en enero

La opinión del Periodista y Docente Universitario….


MODESTO A. TUÑÓN F.
modestun@yahoo.es

El verano había despuntado con sus primeros vientos que revoloteaban en la ciudad. El año lectivo casi terminaba y los estudiantes graduandos y sus familias se aprestaban a celebrar el fin del periodo escolar. 1964 auguraba ser un año lleno de esas emociones que uno percibe en los primeros días de enero.

Esa tarde en el sector de Calidonia, todo parecía normal, hasta que empezó una inquietud que provenía del otro lado de la cerca de la Zona del Canal.   Eran casi las seis; el cielo adquirió un gris ominoso, mientras que se escuchaban voces, gritos y sonidos, cuya causa no se podía precisar. La gente empezó a correr hacia sus casas.

En calle P, San Miguel, hubo que bajar la loma hasta la avenida Nacional para saber qué ocurría y, al mirar hacia el área de la lavandería de Ancón (hoy, oficinas de la Dirección de Investigación Judicial–DIJ) y enfrente, donde ahora está la Fundación Omar Torrijos Herrera, soldados norteamericanos, junto a tanques de guerra y en arreos de combate, apuntaban hacia el territorio panameño.

Pero no solamente allí.    Desde ese lugar y a lo largo de la cerca que recorría la avenida 4 de Julio (hoy conocida como de los Mártires), otros uniformados del ejército acantonado en las tierras canaleras estaban en igual actitud.

Incluso en el hotel Tívoli (actual ubicación de las oficinas centrales del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales), se habían apostado y utilizaban los hermosos balcones como mirador para controlar una amplia vista que iba desde la Plaza 5 de Mayo hasta los recién inaugurados edificios multifamiliares de Calle M.

Pronto empezaron los disparos y también los heridos. En San Miguel, se sabía que cada sitio estaba en la línea de los fusiles –para cazar patos como justificarían ellos después- y armas que empezaron un monólogo de tableteos y chispazos contra una población enardecida y que regresaba piedras, bloques y cualquier artillería casera u ocasional en este desigual combate.

Los nombres de los afectados empezaron a conocerse; estudiantes de diferentes colegios; Manuel, el vecino del edificio; la niña del rostro destrozado en la ‘multi’ y al caer la noche, la repulsa popular se hizo evidente. Desde lo alto de los inmuebles llovían galones y botellas de vidrio con agua o gasolina que estallaban en el techo de los automóviles que pudieran ser de estadounidenses o ‘zoneítas’.

Se dijo que en esa noche empezaron a rapar prostitutas que prestaban servicios en la amplia ruta limítrofe y que, les llamaron desde entonces ‘rabicoloradas’.

A la mañana siguiente el caos, desatino y la rabia se habían apoderado de la ciudad capital y la Guardia Nacional trataba de contener los ánimos de la población que quería entrar a la Zona del Canal a hacer frente a las armas norteamericanas. Francesco, el jefe del grupo scout de la iglesia de San Miguel, reunió a chicos de la tropa y nos comunicó que teníamos responsabilidades que cumplir en apoyo al mantenimiento del orden público en las inmediaciones del Hospital Santo Tomás. Allí acudimos y fue una de las primeras veces en nuestra vida juvenil, que se pudo contemplar una población que vestía el luto por las víctimas que llegaban con el ulular de las ambulancias y las bocinas de todo tipo de vehículos utilizados para transportar a los caídos e impactados por las balas.

No fue fácil controlar a la marejada humana que se arremolinaba en esa área. Dirigir el tránsito en la calle entre el hospital del Niño y la embajada del Reino Unido, era una ardua tarea para un adolescente de 14 años. Estas fueron las primeras acciones que nos situaron en la capacidad de atender una crisis de esta naturaleza.

En las salas de urgencia no había condiciones de atender tantos pacientes; la sangre teñía el piso y los heridos eran acomodados, según el nivel de gravedad. A los días, la ciudad capital empezó a sufrir un aislamiento con el resto del país. El Gobierno había roto relaciones con los Estados Unidos y los soldados se habían tomado el puente de las Américas.

Un incidente protagonizado por institutores, el Colegio de Balboa y policías ‘canaleros’, originó una profunda crisis entre Panamá y los Estados Unidos de América por la Zona del Canal. Sus implicaciones, entre otras causas históricas, posibilitaron la firma 13 años después, de los Tratados Torrijos Carter y la devolución de ese territorio a Panamá al final del siglo XX.

¿Sin el 9 de enero, hubiera sido posible el tratado? He allí su dimensión histórica.

 

*

<> Este artículo se publicó el  12 de enero de 2011    en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: