Agua: convivencia o caos

La opinión del Rector de la Universidad de Panamá…


Gustavo García de Paredes

El asueto navideño, con su natural aire festivo, trajo consigo otras preocupaciones que motivan serias reflexiones a todos los panameños y, sobre todo, a los responsables de orientar la vida educativa y cultural del país.
Los estragos causados por los fenómenos naturales que acarreó luto y dolor en miles de hogares panameños, puso a prueba nuestra capacidad para enfrentar situaciones que exigen sacrificios colectivos y solidaridad con nuestros compatriotas, amigos y familiares.
El daño causado por las crecientes de los ríos en el sistema de purificación y distribución del agua en el área metropolitana y alrededores, impuso una racionalización del vital líquido para que este pudiera paliar las necesidades de la población de manera equitativa y responsable.    No obstante, el llamado fue desoído por gran parte de la ciudadanía que prefirió llenar sus piscinas, lavar sus terrazas y autos, o regar sus jardines.

Para los panameños el agua no sólo está vinculada a su existencia material; nuestra toponimia, forma de vida y producción material están determinadas por el inapreciable líquido. Igualmente ha sido trocha, ruta para exploraciones, aventuras, apertura al mundo, fuente de conocimiento, de economía y crecimiento.

 

Tan acostumbrados estamos a su abundancia que no ponderamos los peligros y amenazas que se ciernen sobre ella como recurso que se visualiza escaso en un futuro no muy lejano. El disfrute que hoy tenemos de ella y de los recursos que prodiga puede sufrir un grave desequilibrio, si no tomamos las previsiones y formalizamos políticas para su protección y preservación. Recordemos el sabio dicho popular que “nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”.

 

La suspensión general del suministro el día tres de enero provocó una histeria generalizada y precipitó a miles de personas al acaparamiento y consecuente especulación del agua embotellada en los supermercados; generó la protesta de otros y dio motivo a un número plural de acciones callejeras.

 

Como en una de esas películas apocalípticas vimos en televisión hombres, mujeres y niños escanciar vasijas para obtener un poco de agua. La naturaleza puso una ligera prueba a nuestra precaria capacidad para enfrentar las crisis, pero sobre todo al espíritu de solidaridad que enhebra los intereses comunes.   Se reveló, de un solo golpe, la carencia de una cultura de convivencia que debe ser la columna vertebral de la vida colectiva.    Pasaron antes nosotros las imágenes de los conflictos de la vida colectiva.   Pasaron ante nosotros las imágenes de los conflictos norafricanos y del Medio Oriente en que el control de un manantial o el curso de un río suplantan la ancestral lucha por el petróleo.

 

La posición geográfica de la cual emana nuestra riqueza, el potencial económico de que disponemos y la confluencia del comercio mundial en nuestras playas nada significa, si no tenemos la actitud y responsabilidad para disfrutar adecuadamente del bienestar que brinda la tecnología y el mejoramiento en la vida material.

 

El desperdicio del agua, la irresponsabilidad en el manejo, la violencia desenfrenada y otras conductos que asoman a diario no pueden ser cambiadas por programas fragmentados o esporádicas campañas mediáticas. Es necesaria la construcción de una cultura de convivencia como política de Estado, que contribuya a modificar las atávicas deformaciones en nuestro comportamiento social, que debe basarse en el respeto mutuo, la tolerancia, la solidaridad y la autoestima.

 

La Universidad de Panamá, que históricamente ha suplido al país de profesionales idóneos y cuya evolución ha estado aparejada a las transformaciones del país, al igual que a las reivindicaciones populares y reclamaciones soberanas, se enfrenta hoy a un nuevo escenario.

 

Superadas las instancias de lucha territorial, el compromiso con la renovación de los paradigmas del conocimiento, la actualización y producción científica-tecnológica, son los propósitos que la ocupan. Nos enfrentamos a la tarea de reconvertir el modelo educativo  con el compromiso de hacerlo compatible con los imperativos de la globalización y el desarrollo humanos sostenible. Reconversión cuyos efectos deben permear todos los niveles del sistema educativo, con el propósito de formar un hombre y mujer panameño que participe realmente con responsabilidad y solidaridad de las bondades del progreso económico y social del siglo XXI, al cual todos tenemos derecho.

*

<>Artículo publicado el  14  de enero de 2011  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.  El resaltado es nuestro.
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