Nuestra ‘politizada’ cultura

 

La opinión de…

 

Olmedo Miró

¿Es posible la “unidad nacional”? Un amigo, quien había participado en la política criolla y decidió no seguir en ella me comentaba, con la sinceridad que da tener algunos tragos encima, sobre la frustrante experiencia que tuvo cuando participó de la política.

“El problema” –me confesaba mi amigo– es que en política tú nunca puedes estar bien con todos. Si quieres ayudar a fulanito entras en conflicto con sultanito, a quien no ayudaste, y así va un conflicto de nunca acabar que te crea más enemigos que amigos. Mi amigo, quien no es dado a grandes filosofías, inconscientemente manifestó la esencia del problema político en este país y cualquier otro con un Estado grande y distribucionista como el nuestro, que mientras más Estado más división y menos unidad.

Hay que tener claras dos cosas: la política es decidir quién manda y, más importante aún, quién obedece; la otra, el Gobierno no crea nada, el Gobierno es solo el uso de la coerción para distribuir riqueza ya creada. Quién decide quién paga y quién recibe se resuelve en el ruedo político. “Vomitan su bilis y la llaman periódico”.

Así describía el filósofo Nietzsche al referirse al modo como los asuntos políticos y la permanente lucha por el control de la “opinión pública” trasciende en los periódicos. La cosa solo se ha puesto peor con el porcentaje de la participación del Estado en la economía, que ha crecido dramáticamente, ya sea a través de impuestos, gasto y regulaciones. Cada vez es más importante no caer en el grupo de los que pagan la cuenta, los gobernados.

Así, es simplemente lógico concluir que en este sistema las campañas políticas “negativas” serán la regla más que la excepción. En un sistema donde para que alguien gane otro tiene que perder es imprescindible hacer que el otro pierda para que tú puedas ganar. Así, las campañas políticas negativas son problema del sistema no de personalidades. Hay que destruir la imagen del contrincante antes de hacer la tuya.

El escritor mexicano Gabriel Zaid describe este sistema, en referencia a su país México, utilizando la metáfora de una pirámide en la cual todos, o por lo menos la clase media, intentamos trepar a un nivel más alto. El problema con una pirámide, dice Zaid, es que a medida que subes el espacio se hace más limitado, estrecho, hasta que solo queda espacio para uno solo, la presidencia.

Aunque todos aspiramos a llegar más alto, pronto nos damos cuenta de que la única forma de llegar más alto es empujando al compañero, aquel que está en el mismo nivel que tú, hacia abajo, simplemente no hay más espacio y no se va a crear más. De allí que no nos sorprendan las divisiones y los permanentes conflictos y nuestra patológica incapacidad de trabajar en equipo.

Otra víctima insospechada de este devenir es, la objetividad. Decía un intelectual español al preguntársele sobre el rol de los intelectuales en la política que; “un intelectual metido a política es un traidor”. Con esto, este pensador se refería al rol de los intelectuales, ya sea en las ciencias o las letras, de mirar el mundo desde un punto de vista analítico u objetivo indiferente a las circunstancias o conveniencias.

Es obvio que entrar en política es “tomar bando” por eso de que no todos pueden mandar y obvio, de allí en adelante tu misión es hacer que tu bando triunfe, indiferente a tratar a las ideas de manera objetiva, porque eso sería una traición a tu bando. De allí esta característica de nuestra cultura donde estamos a favor o en contra del algo, pero nunca sabemos dar razones y argumentos.

Tal como el famoso político criollo de quien se decía absorbía la personalidad de aquellos a quienes tocaba con su carisma, convirtiéndolos en borregos más que en seguidores; la política tiene la tendencia de volvernos tontos, incapaces de llegar al fondo de las cosas, solo llegar a estar a favor o estar en contra. En política, lenta pero inexorablemente, muere la ciencia, la filosofía, las artes.

El historiador de la cultura Jacques Barzun hace un brillante análisis acerca de la muerte de la astrología (la adivinación) y el surgimiento de la astronomía, el entendimiento del movimiento de los astros, durante el renacimiento. Para Barzun, no era un problema “educativo” o de falta de conocimiento, los astrólogos eran personas particularmente educadas relativo al resto de la población, no, era cuestión de propósitos y para quién trabajaban.

Los astrólogos trabajaban para el poder, el rey, y eran sus apologistas justificando el estado de las cosas a través del movimiento de los astros. Mientras que los astrónomos surgieron de la necesidad del comercio, del intercambio voluntario, para extender sus rutas de navegación con el entendimiento preciso del movimiento de los astros. Así la ciencia reemplazó la superstición, y la libertad de comercio fue su motivador.

Hacer de una sociedad panameña más armoniosa además de más ilustrada y científica solo será posible con la disminución del tamaño del Estado y la capacidad decisoria de sus gobernantes sobre nuestras vidas.

 

<>
Este artículo se publicó el 10  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: