La mejor agua del mundo, ¿la recuerdas?

La opinión de…

 

Adán Castillo Galástica

Sinceramente, me hubiera gustado comenzar el año con un escrito menos trágico, pero me es imposible soslayar ciertas verdades. Tal es el caso del agua. Sin pretender restregar los años en que se ha insistido sobre el estereotipo del “líquido vital”, lo cierto es que los panameños seguimos flotando en el irresponsable mundo del “juega vivo”. De pronto, las realidades advertidas nos revientan en la cara. La madre naturaleza, a la que hemos tratado como botín insaciable de dominación y saqueo, comienza a advertirnos de nuestra equivocación.

Justamente, quienes nos jactábamos de poseer “la mejor agua del mundo”, por su abundancia y calidad, vemos en un par de horas cómo todo aquello se desvanece. ¿Qué ha sucedido? Como ocurre con casi todo el transcurrir de nuestra vida ciudadana, hablamos de todo menos de la raíz del asunto y de sus posibles, inmediatas y eficaces respuestas. Así, a ciencia y paciencia en medio de la borrachera indolente no logramos explicarnos a carta cabal la mueca de hoy.

A contrapelo de los llamados de las voces más conscientes que en su momento llamaron la atención sobre la protección de las cuencas hidrográficas, la devastación se mantiene fracturando la fragilidad de estos ecosistemas. La más sensible, sin duda, es la cuenca hidrográfica del Canal, léase Chagres, que alimenta de agua tanto la vía acuática como al 42% de la población del país.

El daño inicial, advertido a tiempo, lo sentimos hoy toda vez que la agresión a estos ecosistemas puede registrarse en tiempo inmediato o a largo plazo. En este sentido ya lo hemos dicho, la ecuación pobreza, nomadismo, devastación ambiental, ignorancia, vulnerabilidad que llamo “círculo maldito”, se ha acentuando en la mayor parte de las cuencas y sub cuencas de sistemas hídricos importantes.

Los planes de manejo no han sido quizás lo suficientemente innovadores e impactantes en proporción a los pronósticos correspondientes, como para interpretar y visualizar el contenido estratégico de la cuenca del Chagres. De esta manera, las condiciones para los deslaves y la sedimentación se fueron acumulando, así como la contaminación de tributarios importantes como el río Chilibre/Chilibrillo.

A ello se agrega la arbitrariedad de quienes ven en la conservación y sostenibilidad de los ecosistemas, se trate de montañas, ríos, playas, manglares o mares, un obstáculo a su voracidad. Al margen de los avances tecnológicos y ya en el delirio de la impotencia, las entidades correspondientes nos remiten a la resignación y a la misericordia divina, nada menos.

En este camino, el cuadro que vivimos reclama un examen sobre la autenticidad del llamado desarrollismo unilateral, desequilibrado, desigual, contrario al ordenamiento de la naturaleza y, por lo tanto, injusto, enfrentado a sus propias contradicciones. Ante los hechos peligran las costosas promociones e inversiones turísticas y urbanísticas, entre otras. Y lo que es mucho más dramático por su urgencia, la salud de la inmensa mayoría de la población en el área metropolitana.

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Este artículo se publicó el 11  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde
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