El ‘emprendurismo’

La opinión del Jurista…

Fernando Sucre Miguez

La palabra emprendurismo ha sido ligada en los años recientes al microcrédito. Es el sinónimo por antonomasia más utilizado para ejemplarizar al microempresario, a la persona que emprende un negocio en busca de un mejor ingreso económico y mejor devenir. Aunque debo decir que dicha palabra no existe en el Diccionario de la Real Academia Española, pero como para cada invento hay que crear una palabra, a alguien se le ocurrió que esta era la más indicada.

Durante mi gestión dentro de Mi Banco, S.A. BMF, he podido observar muchos emprendedores que en alguno de los casos fracasan en su intento por iniciar su propio negocio. Recientemente, en un artículo de Mario Vargas Llosa se hace alusión a una obra de Alberto Fuguet, en la que se narra la vida de un tío del escritor que había salido en busca de un mejor porvenir en Estados Unidos. Por supuesto que en su intento falló. Vargas Llosa se cuestiona el porqué de aquel fallo y llega a la conclusión de que se debió a la falta de preparación y de constancia en el oficio que había encontrado.

Creo que esto describe de forma ejemplar lo que todo emprendedor debe hacer para poder triunfar. No se trata solo de tomar la iniciativa; la preparación y el estudio son indispensables en lo que se desea hacer. Dice muy atinadamente Rubén Blades, en su canción Sorpresas, que “hasta para ser maleante hay que estudiar”. Si usted no estudia, lo más seguro es que fracasará en el intento. Todos los oficios tienen sus técnicas, sus secretos, sus métodos. Por ende, hay que prepararse para lo que se desea emprender, conocer las leyes que lo amparan, los tributos que se deben pagar, las normas laborales, etc.

Luego de que usted se hapreparado empieza la difícil tarea de organizar su negocio, donde debe tener muy claro que los triunfos, así como los fracasos, estarán rondándole. Allí es donde inicia la constancia. Usted debe ser innovador, mantener un carácter de perseverancia y liderazgo. Solamente el trabajo duro y enérgico, así como los riesgos que tome, le mantendrán su negocio a flote. Si a la primera desavenencia usted se deja llevar por el pesimismo y cree que ha fracasado, de seguro eso sucederá. Cuanto más crezca su negocio, más contrariedades se le presentarán.

Lastimosamente, en Panamá, por alguna razón poco conocida, somos dados a no ser emprendedores. Los gobiernos hablan del tema, del microcrédito, etc., pero al mismo tiempo no lo impulsan adecuadamente con mejores leyes, incentivos fiscales y laborales. Eso conlleva a que las personas prefieran obtener un puesto de trabajo en el sector público antes de crear su propia empresa. De allí que la planilla estatal sea tan abultada.

Peor aún resultan aquellas personas que por dicha tienen la grandiosa oportunidad de estudiar en las mejores universidades del mundo, y a su regreso prefieren laborar como empleados en alguna gran empresa, pues es allí donde tienen la seguridad de un buen salario cada quincena. Son esos los que solo cumplen la primera parte de lo que debe tener un emprendedor: el estudio. No se atreven a dar el paso siguiente que los ayudaría a ellos y al país. Entonces, de qué sirve estar bien preparados si no poseen la valentía de dar el siguiente paso.

Parece paradójico que pueden enfrentarse a las grandes demandas de estudio que exigen las mejores universidades, abrir sus mentes a la riqueza del conocimiento, para luego entregárselo a otros que sí tuvieron el coraje de emprender sus empresas. Si canalizaran toda su energía en construir algo propio, los beneficios serían extraordinarios, pues el haber estudiado en una buena universidad los pone por delante de tantos otros que no han tenido esa oportunidad. El procedimiento contrario únicamente les dará un cheque de jubilación de la Caja de Seguro Social muy por debajo de lo que solían ganar, si es que hay jubilación para dentro de unos años.

Por ende, ¡anímese a iniciar su propio negocio!, pero recuerde siempre estudiarlo antes y a reconocer que aunque se presenten fracasos, habrá también éxitos y triunfos.

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Este artículo se publicó el 15  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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