La casa pierde y sí que se ríe

La opinión de…

 

Querube del Carmen Henríquez

Un día decidí cenar en uno de los tantos casinos que existen en mi Panamá, para probar unas recomendadas “quesadillas”.    Mientras esperaba mi pedido, fui al baño, y me tope con una escena verdaderamente dantesca, por decir lo menos; una señora de la tercera edad lloraba desconsoladamente, mientras le narraba a las curiosas cómo había dejado en una “maquinita” su cuenta de ahorros de Navidad, con la cual –según ella– pretendía regalarle unas zapatillas “de marca”, a dos de sus nietos y, además, comprar sus “cositas para la cena de Navidad”.

Acto seguido, la señora pidió un dólar prestado “para el pasaje”, porque hasta eso lo había apostado. Fue impactante observar este vivo retrato de una de las crueles realidades que está viviendo el “panameño de a pie”.

Que no se diga que a los casinos entran mayoritariamente los turistas extranjeros; ¡no señor! La realidad es que si uno se da una “vueltecita” por estos “antros de perdición” se percata de que es el “panameño de a pie” (el obrero, la enfermera, el estudiante universitario, el jubilado, etc.) el que está dejando el salario, el ahorro y hasta la plata que no es suya (el dinero del arriendo, de la matrícula del hijo, de la medicina de la esposa, de las zapatillas de los nietos, de la comida de la quincena) en estos lugares.

Y se dirá, entonces, que cada quien es libre de elegir invertir su dinero o no en un lugar de estos y es cierto; pero no menos cierto y censurable es el hecho de que a sabiendas que la apuesta es un vicio y que puede convertirse en una enfermedad (tipo conductual llamada ludopatía), el Estado –en franca complicidad con quienes nos les importa “un bledo” enriquecerse a costillas de otros– promueva la proliferación de estos lugares, flexibilizando las condiciones para sus instalaciones y operaciones (incluso en pueblos del interior de la República) y hasta es considerado, al imponerles impuestos por debajo del resto de los vicios, como el tabaco, el licor y las demás formas de apuestas.

¿Por qué ese trato preferencial? Si vicio es vicio por donde se mire.

Es lamentable el robo a mano armada que constituye un casino; se juega con las expectativas de un pueblo, al instalar un sinnúmero de máquinas tragamonedas, con las que jamás perderán su inversión. Sino, pregunte a los jugadores cuántas veces ganan en comparación con las “sopotocientas” que pierden, no hay proporción; la casa pierde, pero sí que se ríe, porque lo poco que paga una máquina al jugador se recuperará al 200% en otras.

El ambiente que rodea un casino le nubla el pensamiento al jugador: las luces, la música, la ausencia de reloj en las paredes, lo que impide que el factor tiempo inquiete; el licor gratis y hasta los alimentos, si eres “jugador frecuente”.   Ello, sin dejar de mencionar que algunos de estos sitios se han convertido en “guarida” de algunas de las que practican la “profesión más vieja del mundo”, ¿será como atractivo adicional o estrategia de marketing?

Una industria que enriquece a unos pocos, empobrece a demasiados, desintegra economías y hogares; a la postre se convierte en enfermedad y hasta genera homicidios (muchos han muerto por deudas de juego); y poco o ningún apoyo da el gobierno a aquel incauto que cae en sus garras, pero sí contribuye a la decadencia de la sociedad, promoviendo y facilitando la instalación de estos centros de perdición.

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Este artículo se publicó el 6  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.

 

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