¿Dónde están los empresarios?

La opinión de…

 

Paco Gómez Nadal

Uno de los principales argumentos de este Gobierno durante la campaña electoral era el de estar compuesto por ejecutivos de empresa que no perderían el tiempo en politiquería sino que harían de la eficiencia la norma en la gestión de lo público.

No es que yo crea que el sector privado hace las cosas mejor que el público (ese es un mito necesario solamente para privatizar lo que es de todas y todos), pero digamos que esperaba ansioso ver y disfrutar de los resultados de ese Dream Team de Martinelli (ya que el Team Martín fue un fiasco), desdecirme de mi defensa apasionada de lo público, mostrar mi arrepentimiento de forma pública y echarme a los brazos del balance scord card y otras chorradas similares que camuflan de tecnocracia la especulación y la acumulación de capital.

También de reconocer que era la única promesa que me parecía innovadora, porque eso de que al tener dinero no querrían robar nunca me lo tragué: va en contra de la naturaleza humana no querer más y más, de forma fácil, sin licitación, beneficiando a los tuyos para ampliar el coro de aduladores y dependientes.

Por eso comprenderán ustedes que mi decepción es doble. Cualquier empresario que hubiera puesto en marcha el Metro Bus de una forma tan chapucera como lo ha hecho el Gobierno estaría pagando ahora las consecuencias con pérdidas millonarias o con más de una denuncia ante la Autoridad del Consumidor. La improvisación, los apaños, el maltrato al usuario y las mentiras no solo viajan en diablo rojo sino que parecen cómodamente instalados a bordo de los modernos aparatos sobre ruedas de Metro Bus. Un sistema sin paradas, unos conductores sin la necesaria formación, la mentira fundacional sobre el precio del tiquete, las sorpresas sobre la licitación y los precios pactados en ella… Si la eficiencia se tuviera que medir en el Gobierno, todos estos ejecutivos estarían en la calle, engrosando las estadísticas del desempleo.

Juegan a su favor la impunidad y el olvido. Impunidad, porque aquí nadie paga si tiene el poder para hacerse el loco. Incluso cuando la justicia, en un despiste de legalidad, condena a los culpables, siempre hay un beneficio presidencial para sacarte de apuros o una simple llamada que archiva las investigaciones antes de que comiencen (si no que se lo pregunten al único condenado por el asesinato del Plaza Paitilla Inn; a los policías involucrados en actos violentos; al ministro que va perdiendo equipos para pinchar teléfonos, o a los responsables materiales e intelectuales de la sangrienta represión de Bocas del Toro). La impunidad política se produce ante los banquillos de acusados y ante la opinión pública (por eso el Presidente aún no ha dado respuesta convincente sobre las escandalosas filtraciones de Wikileaks).

El olvido juega a favor de esa impunidad. En el último año, ese que acaba de morir agónico, raquítico, sin ninguna gracia, el gobierno ha incurrido en tantos atropellos que se olvida uno tras otro. Por si a los medios de comunicación se les ocurriera refrescar la memoria, en los últimos meses han acosado a periodistas, han comprado medios de gran calado, han comprado a algún periodista aparentemente serio para dirigirlos, y han distribuido publicidad millonaria para mantener tranquilos a algunos idealistas.

En resumen, que el país es una especie de Metro Bus, ineficiente, improvisado, fundamentalmente publicitario, fruto del contrato directo y la ocultación de información y sin parada conocida en donde recalar. Nos quedan algo más de tres años de locura prometida y no parece que sean empresarios tecnócratas los que vayan a dirigir el rumbo del país.

A ellos no se les ocurriría modificar la Constitución a su antojo, o espiar a oposición y demás calaña crítica, ni se esconderían para no hablar cuando las cosas se ponen difíciles (como está haciendo el presidente). ¿O sí? Quizá lo que nos pasa es que estamos en manos de una generación de empresarios no evolucionados, de los que beben de la herencia rentista de la triste y mediocre oligarquía de principio del siglo XX, de esos que a pesar de haber ido a las mejores universidades no se han dejado permear por las normas de gobernanza empresarial modernas y transparentes. En fin, como 2010 nos sirvió de entrenamiento, ojalá que en 2011 sepamos medir mejor las consecuencias de la “locura” oficial.

 

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Este artículo se publicó el 4  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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