¿De narcodictadura a narcodemocracia?

La opinión de…

 

Jorge Gamboa Arosemena

Hace 21 años algunos civilistas se regodeaban definiendo el ejercicio autocrático de Noriega como “narcodictadura”.

Dos décadas después, las drogas siguen pasando por nuestro país y algunas quedándose. ¿Si se le atribuía a Noriega ese ilícito, ahora a cuántos funcionarios del Estado se les puede atribuir lo mismo? Por las recientes denuncias salidas de las propias entrañas del Ministerio Público no hay espacio para dudar que en esa instancia estatal, como presumiblemente en otras, hay funcionarios de diferentes niveles, que andan en lo mismo, principalmente los altos funcionarios que son los que pueden desviar, desvirtuar o encubrir estos ilícitos, cobrando por sus servicios o, peor, siendo los que trafican.

La incultura política de aquellos tiempos concentró el repudio en lo de narcodictadura, cuando había todo tipo de contravenciones, tales como violaciones de derechos humanos, enriquecimiento injustificado, tráfico de seres humanos y control de la libertad de expresión e información, entre otras.

¿Habremos reducido la incultura o analfabetismo político para estos tiempos? Desde nuestra óptica poco se ha avanzado en cultura política. La clase dirigente de la cosa pública de antes y de ahora solo ha mutado las formas de actuar, pero la esencia es la misma. ¿O acaso no se violan los derechos humanos (caso de Bocas del Toro censurado por la comisión Troncoso y pinchadas)? O no hay enriquecimiento injustificado con todos esos contratos directos, eliminación de control previo, concesiones, etc, etc. Y acaso no hay control de la libertad de expresión e información con los chorros de dinero público con que manipulan la opinión pública en campañas publicitarias, o negando acceso a actas de reuniones o solicitud de documentación amparada en la ley de transparencia.

El manual de “guerra sicológica” que aplicaban en la “narcodictadura” se aplica modificadamente en la “narcodemocracia”, creando innumerables casos para distracción y que los panameños no atinen a distinguir lo sustantivo de lo adjetivo. Aparecen los cables de Wikileaks y el narcoescándalo del Ministerio Público y hábilmente nos lanzan las reformas constitucionales con insensateces, como constitucionalizar “100 para 70” y la “beca universal”, cuando estos subsidios deben tener un carácter contingente, que superada la crisis, desaparezcan. Si estos subsidios hay que constitucionalizarlos, por qué no hacen lo mismo con el subsidio del tanquecito de gas, la electricidad y tantos otros. También, desvían la atención con lo de quitar el precepto constitucional de que los nacionales no son extraditables y ponen a Pedro Miguel González en el tinglado de la distracción, de si lo extraditarían o no.

Pero viéndolo bien, permitir la extradición de nacionales pondría en el disparadero a muchos allegados a los círculos de poder, como los empresarios o banqueros que debieron ayudar al presunto narcolavador Ramón Martinelli, porque si él traía, ¿quién lavaba acá? Dicho sea de paso, ¿alguien conoce si se abrió investigación ante este hecho público y notorio? O si el escándalo en el Ministerio Público ubica a los responsables, ¿Estados Unidos no pedirá que esos responsables sean extraditados? O ¿los responsables de la introducción de infinidad de ilegales a Estados Unidos, con nuestra infraestructura de Migración y servicio exterior, no serán requeridos en extradición? ¿Cuántos indictment en Estados Unidos se podrán levantar para llevarse a funcionarios de todos los niveles, hasta ex presidentes pasados o futuros? Así las cosas, esta supuesta reforma es un cuento de camino, presentada por demagogos que saben que no permitirán que cuaje, porque varios de ellos pueden quedar extraditados.

Ante el desgreño actual, con un gobierno que está hundiendo al país en una profunda crisis, solo cabe una constituyente, no cualquier constituyente, sino un proceso constituyente incluyente, que nos libere de las mismas prácticas que teníamos con la dictadura y que ahora se hacen en esta seudo democracia. Mientras no haya un liderazgo colectivo, honesto, capaz, ilustrado y sigamos con espíritus subalternos que promueven mandamases en vez de mandatarios, veremos que el orden y el bien común estarán alejándose, produciendo un Estado sumido en la falta de equidad, en la violencia, en la pobreza, en fin, en todas las lacras políticas, sociales y económicas que hoy padecemos y que se incrementarán.

Ciudadanos frustrados, con amargura, muchas veces dejan de luchar, de protestar, de proponer, permitiendo ser alfombra de improvisados y aventureros políticos. Se amoldan a vivir en su pequeño mundo, tratando de abstraerse del entorno, el cual, de una u otra forma les desvirtúa su vida. Otros ejercen cargos públicos tratando de no darse cuenta de que ocurren las mismas prácticas que antes criticaban para estar un poco en paz con su conciencia. Todos debemos, con optimismo, combatir la frustración que ha hecho que estos conciudadanos se hayan adocenado.

Ni narcodictadura ni narcodemocracia. Por una nueva República…

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Este artículo se publicó el 6  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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