Orden y progreso

 

La opinión de…

 

Robin Rovira Cedeño

“Dios no juega a los dados”, decía Einstein. Este concepto de que Dios vive en el orden nos hace bien inferir que un gobierno que practique y promueva el orden es un gobierno que busca la aprobación divina. Y es así, porque harto evidente es que aquellos que se benefician del orden no son iguales a aquellos que se benefician del desorden.

Las leyes crean orden; y un país sin orden deja entrever, por ende, que sus leyes no son bien elaboradas o que éstas no son bien aplicadas. Leyes mal elaboradas se traducen en parches, remiendos o vacíos legales; y los parches, remiendos o vacíos legales socavan el estado de derecho, por cuanto se tiene que recurrir, entonces, de primera mano a discrecionalidad, la cual con el devenir o la práctica administrativa deriva en autocracia.

Me refería en un artículo anterior (La Prensa, 17 de junio de 2009) a que “el primer deber de la ley es mantener saludable a la sociedad a la cual sirve”; y esto no puede concretarse si no existe orden en las finanzas. Decía un economista norteamericano: “la belleza de la economía radica en la necesidad; una cosa es bella cuando es necesaria”. Por lo que cuando hablamos de orden en las finanzas no estamos apuntando necesariamente al orden contable o presupuestario sino al hecho de priorizar.   De ejecutar en base a necesidades reales, inminentes, meridianas. Ya sea en lo relativo a gastos por servicios o bienes como a gastos por misiones.

Se dice que los hijos, por lo general, son el reflejo de sus padres. En este orden de ideas podemos bien inferir, que los ciudadanos de un país son, por lo general, el reflejo de sus gobernantes. Ciudadanos despilfarradores sería, por lógica, entonces, el reflejo de gobernantes despilfarradores.

Ningún país está para ser “pro-mundi beneficio” (beneficiar a todo el mundo). Porque nadie le llena la “panza” al hijo de su vecino mientras su propio hijo se está muriendo de hambre. Sin ánimo de ser insidioso, por hechos de todos ya conocidos, puedo decir que nunca entenderé cómo un medicamento cuya finalidad es curar pueda matar.

Tal vez debamos cambiar el lema: “Salud igual para todos” por el lema de los explosivistas: “El primer error es el último”. Nunca entendí, además, por qué una escuela tiene letrina o en todo caso por qué los baños de una escuela o colegio tienen que parecerse a los baños de una “cantina”.

¿Qué clase de centros educativos están formando a los futuros profesionales del país? No extraña, entonces, a los hombres orinando donde sea y delante de quien sea. No extraña entonces ver, por doquier, los “pataconcitos” o que nadie le preocupe que uno tenga que tomar agua con tierra.

Se dice que “hay personas que toman sus errores del pasado, luego los amontonan y lo llaman: destino”. Todo gobierno tiene la responsabilidad divina de no tomar los errores del pasado, luego amontonarlos y sellar así el destino de una nación.

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Este artículo se publicó el 2  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.  El resaltado es nuestro.
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