El país como chiste

Bitácora del presidente  – La opinión del Abogado,  Empresario y actual presidente de los diarios La Estrella de Panamá y el Diario el Siglo…

EBRAHIM ASVAT
easvat@elsiglo.com

El Panamá político es como un experimento de laboratorio. Científicos políticos observan diariamente nuestra capacidad para ser adultos democráticos. Nuestro comportamiento debe ser observado diariamente para medir nuestro progreso. Hace apenas cinco años atrás, a través de unas reformas constitucionales, se eliminó el artículo 33 de la Constitución de 1972 que permitía a las autoridades de mando y jurisdicción imponer penas hasta por 30 días de forma inmediata a quien le faltase el respeto en el desempeño de sus funciones.

La disposición era un ripio jurídico que provenía de la época colonial donde el debido proceso y la limitación de la actuación pública a la ley no eran propios de los funcionarios.   La disposición era una espada de Damocles contra cualquier ciudadano. Como no había un juicio previo para penar o imponer una multa el ciudadano común podía verse sujeto al arbitrio del funcionario con mando y jurisdicción para ser encerrado por un lapso de tiempo en una cárcel. Como buenas especies de laboratorio no contamos con el programa necesario para entender la institucionalidad democrática por mucho que lo intentemos.    Siempre por allí surge alguna mente o grupo idiotizado por el poder que pretende devolvernos las malas prácticas.

Hay por allí un proyecto de ley que pretende penalizar el ultraje o el vilipendio a la figura del Presidente y los funcionarios de elección popular. Que coincidencia que los que piden la penalización por el vilipendio ciudadano son aquellas figuras que gozan de inmunidad política. Tocarlos mediante el sistema judicial es casi una labor imposible.   Al pueblo lo único que se le permite es asolearlos y sin embargo, van en busca de castigar al pueblo por utilizar el único mecanismo de crítica y rechazo a sus actuaciones muchas veces espurias o delictivas.   La mayoría de los funcionarios en este país se merecen lo que se dice de ellos y quizás más.   Aquí en nuestro folklórico país, experimento democrático que nunca materializa, se escogen o se nombran idiotas, maleantes, imbéciles, morones, ególatras, sinvergüenzas, bestias humanas y todo tipo de ser humano atrofiado por la naturaleza, el entorno o decisión propia para puestos de mando y jurisdicción.

Encima esperan que se sienta respeto y admiración por ellos. Lo que ocurre es que por tanto nombrar a estos tipos de retazos humanos se han desprestigiado los cargos públicos.   Hoy no valen mucho.    Le pasa lo mismo que a las Universidades. Valen por la calidad de sus profesores y por selección de sus estudiantes.    No necesitamos leyes que hagan respetar el cargo. Necesitamos hombres y mujeres que respeten los cargos encomendados en el gobierno.

 

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<> Artículo publicado el 11  de enero de 2011  en el diario  El Siglo, a quienes damos,   lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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