Mi pedido al niño Dios

La opinión del Ingeniero…

Carlos Eduardo Galán Ponce

Con el costo tan elevado del transporte, hay que procurar la mayor eficiencia al momento de llevar a cabo cualquier traslado.  Aunque el Niño Dios esté exonerado de estas minucias terrenales, podemos darle una mano y, en vez de solo pedirle que nos traiga regalos, pedirle que nos complete la alegría navideña, llevándose de paso –en su saco de regalos– algunas cosas sin las cuales la vida en este país sería más agradable.

Puedes comenzar por llevarte a ese caballero que funge como director de la Autoridad del Tránsito, entusiasta de practicar la explotación de la industria de las multas. Tráenos a un funcionario conocedor del verdadero concepto de orden vehicular y que no se dedique a salir a la calle solo a recoger plata.

Que promueva programas de educación vial por los medios de comunicación, la correcta señalización de vías, la colocación de puntos reflexivos en las divisiones de carriles. La prohibición de desconectar vagones y dejarlos donde sea.

No marcar las paradas de buses sobre las vías, como se hace en David. Tantas cosas que son un absoluto desorden. Que pida un espacio para educación dentro de esos programas millonarios de publicidad, en los que se anuncia a toda la cartelera del Gobierno.   Entonces, veríamos orden en nuestras vías y se podría justificar el cobro por las infracciones.

Llévate a los genios que alimentaron la base de datos del pele police, plagado de faltas absurdas. Y tráenos un programador que le ingrese los delitos de saco y corbata, como a los que se hayan mandado a hacer una ley para pagar menos impuestos con las ventas de sus acciones, y a cualquier procurador que le haya salido la casa gratis, por “vivo”, dejando prescribir su deuda, por no haberla pagado nunca. Burlándose, así, de los que pagan puntualmente sus deudas.

Llévate a todo el elenco de la Oficina de Ingeniería Municipal de mi ciudad y tráete, aunque sea prestado por pocos días, a un funcionario de ordenamiento urbano de una comunidad como Las Condes en Santiago de Chile o San Marino en California, Estados Unidos.    Entonces, podríamos aspirar a ver un entorno urbano hermoso y amigable. Y podríamos caminar por amplias aceras, como antes lo hacíamos en la ciudad de David. Obra de dos caballeros sin ínfulas académicas. Don Camilo Franceschi y don Arístides Romero.

Llévate al ministro y a los “cuatro michos” que se etiquetan de “los mineros somos más” y de paso, para ocupar la dirección de la Anam, nos traes a un profesional que valore las bellezas naturales del país y que crea y practique la protección del ambiente. Lo contrario, tener un yes man, al que de no aprobarle cualquier capricho al Ejecutivo lo botan, es como poner a la zorra a cuidar el gallinero.

Llévate a los que van vendiendo el territorio nacional a trozos, a cuanto extranjero, deseable o indeseable, se aparezca con una bolsa de plata, no importa su origen. Y tráenos unos funcionarios con la mentalidad que ya se aplica en algunos países como Brasil, Perú, Uruguay, quienes viendo el peligro que se cierne sobre su territorio están legislando para ponerle fin a su pérdida paulatina a manos de extranjeros.

Tráenos a funcionarios que valoren y conserven los hermosos edificios de una época que forma parte de nuestra historia y te llevas, de paso, a aquellos que los destruyen, para darle paso a torres monstruosas que solo servirían para saciar su ego con el dinero ajeno e incomodar a toda la población.

Tráenos de regreso a la nacionalidad a todas las empresas emblemáticas de nuestro país y te llevas de vuelta a sus lugares de origen a todos esos consorcios extranjeros que nos han dejado sin personalidad empresarial propia.

Llévate a los generadores de energía que nos explotan descaradamente con nuestros propios recursos hídricos y devuélvenos a nuestro añorado y soberano Irhe. Tráenos de regreso a nuestro Intel y echas en tu saco de vuelta a esos explotadores de la telefonía que se llevan para su país el dinero de nuestros hogares.

Llévate a un sitio muy inhóspito a los inventores de la globalización, que no es más que un sinónimo del dicho sabio de nuestros abuelos: “El más grande se come al más pequeño”. Y ya sabes quiénes somos los pequeños y cuán grandes son los nuevos propietarios. Que cada día viene más y cada día nos dejan menos.

Por último, llévale algo de cultura y respeto a aquellos que quieren desvirtuar el verdadero significado de la Navidad, con ese mensaje de “felices fiestas”. La Navidad es la más grande celebración de la comunidad cristiana, conmemorando el nacimiento del hijo de Dios. Y todo aquel que llegue, sin pertenecer a la religión bajo la cual este país se formó, tiene el privilegio de no compartirla, pero ninguno tiene el derecho de demeritar su verdadero significado, refiriéndose a ella como a una fiesta cualquiera.

*

<> Este artículo se publicó el 30 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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