El duro invierno italiano


Mi abuelita, que era negrita como el carbón, por allá, en los adentros de los caseríos de Buena Vista de Montijo, a la llegada de los primeros aguaceros, se vestía de tul blanco, se coronaba la cabeza con su turbante y flores rojas de papo… y recibía el invierno bañándose bajo las lluvias, bailando y entonando siempre la misma canción: ‘Canda’ooo, canda’ooo de chaparrones, quítame las maldiciones… Canda’ooo, canda’ooo de chaparrones, tráeme tus bendiciones’… y, cerrando sus ojos, entraba en trance, acompañando las brisas del temporal…Un relato y la opinión del artista veraguense residente en Florencia…

ARISTIDES  UREÑA  RAMOS
aristides_urena@hotmail.com

Florencia, Italia, 23 de diciembre de 2010.— Era un día de domingo, en el pequeño corredor que lleva al jardín de mi casa… pala en mano, trato de quitar la montaña de nieve que cubre el callejón. El invierno de este año, inesperadamente rígido, no perdonó a la ciudad de Florencia con la caída de una histórica e implacable nevada… desde tiempos inmemoriales no se había visto caer tanta nieve.

Las manos heladas, el frío que se mete en las entrañas, los pies adoloridos y helados, la respiración que sale como si fuera humo, la condensación de la humedad en la nariz… son todas sensaciones que uno siente y que desorientan momentáneamente… pero que increíblemente se llegan a ocultar y, muchas veces, a engañar… ¿De qué manera?, activando algunos recuerdos… viajando a través de ellos… y es así que continúo en mi fatigosa operación de quitar la nieve.

Recordaba que en mi jardín enterré los bulbos de orquídeas, los cubrí con un viejo saco de nequen… como que también reparé los rosales… y vi cómo la vieja viña, apenas sintió el otoño, oscureció sus colores, perdiendo sus hojas… formando en su entorno una especie de cáscara protectora y gracias a esa cobertura soportaba bajo la nieve y sobrevivía… Toda la naturaleza se estaba ya preparando, desde ese entonces, para el rígido invierno.

Seguía en mi fatigosa y extenuante labor…, dando fuertes golpes de pala a la harinosa nieve, tratando de abrirme camino… Allá en el jardín, bajo tierra, los bulbos trabajaban la necesaria síntesis de sus fuertes moléculas. La vida, en su reservada intimidad, descifraba precariamente las pocas señales necesarias para su sobrevivencia.

También recordaba la vieja viña, sembrada por el bisabuelo de mi esposa… que en una segunda ocasión fue injertada por su padre, durante la Segunda Guerra Mundial… se cuenta que fue un experimento del Instituto Agrario Fascista (1939) y por eso nuestra planta nos da dos tipos de uvas diferentes. El año pasado tuve que podar la planta, porque había contraído una enfermedad, fue así que tuve que cortar algunas ramas… la viña reaccionó y por cuatro días estuvieron brotando sus cristalinas linfas, sin nunca parar… fue como un manantial de lágrimas dolorosas… comprendí su protesta y con blancas gasas de algodón cubrí sus heridas… lo sorprendente fue que, increíblemente, después de esa dolorosa mutilación la planta produjo la mejor uva, nunca vista, como queriendo agradecerme por la atención recibida.

Y… sigo con mi fatigosa acción de palear la nieve y, casi llegando a lo interno del jardín… pienso en que allá, debajo de esa montaña de nieve, se encuentran los bulbos, las ampollas, los rosales… y mi viña… El invierno es algo muy educativo… es el momento del adormecerse, es la vida que se suspende al estado esencial, concentrándose en su propio mundo interior… allí ella selecciona, elimina, lo superfluo, escoge lo mejor, lo que le es útil, una introversión necesaria, una intimidad profunda, donde inmunizar sus debilidades, mutar lo innecesario, potenciando las partes nobles, las características genuinas de su propia esencia… como si todas las especies de este mundo contaran con una introspección de defensa y regeneración.

Una MEMORIA transmitida a través del tiempo, fuera de las lógicas convencionales… ella se manifiesta a través de muchos comportamientos de las especies vivientes. Y no faltan los ejemplos: ¿por qué el ternero, apenas nace, comienza a caminar?, ¿quién enseña a las abejas a buscar el néctar y regresar al panal?, ¿de dónde aprenden esos comportamientos?.. algunos dan a estas preguntas una respuesta inmediata, ‘INSTINTO BÁSICO’…

Pues, el problema no es cómo llamar a estas condiciones… el problema está en saber interpretar estos fenómenos, para aplicarlos a nuestro mundo cotidiano… es así que los inviernos (o cambios repentinos) nos ayudan a recuperarnos, a reconstruirnos, a condición de que hagamos venir aquella parte más oscura de nuestra memoria básica… que hagamos emerger la parte esencial de nuestras fuerzas vitales… suspendiendo en esa fase de rehabilitación aquella memoria racional del intelecto… porque esta última memoria nunca deja de funcionar.

La experiencia de las personas que viven en el frío ayuda a comprender la experiencia del mundo tropical, no hay contradicción alguna entre esas realidades… como también es verdad que a través de la experiencia de los países tropicales se comprenden y valorizan los rígidos inviernos… allá… en los caseríos de Buena Vista de Montijo… con la llegada de los primeros aguaceros, mi abuela se regeneraba desde lo profundo de su ser, activando aquellas memorias remotas, de pertenencias ajenas a condicionamientos racionales, funcionales, para inmunizar su esencia de especie viviente… es a través del rito que esa función se cumple… y sigo pensando, pensando… mientras con la pala quito la nieve… y me doy cuenta de que tengo que suspender, porque ha comenzado a nevar otra vez… y mañana tengo que volver a la misma faena…

<> Este artículo se publicó el 1 de enero de 2011  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

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