Aventura en la comida

La opinión del Periodista y Docente Universitario….

MODESTO A. TUÑÓN F.
modestun@yahoo.es

Si uno toma un camote, lo muestra a un adolescente y le pregunta ‘¿qué es?’, con toda probabilidad responderá con un gesto de desinterés que no sabe. ‘¿Nunca has visto esto en tu casa?’. Se encogerá de hombros y reiterará su negativa. Si se le ofrece el tubérculo hervido, lo mirará con desdén, dirá que nunca lo ha probado y que no le interesa hacerlo.

Hay gran posibilidad de un rechazo si lo prueba —porque es distinto a lo que suele ingerir— y dirá que no tiende a comer esas ‘cosas’. Se refiere a los productos que se extraen del suelo y quizás aceptará que come papa y yuca (solo fritas y la primera, además en puré) o ñame en el sancocho; pero ni por casualidad el otoe y menos el ñampí.

La mayoría de ellas, no obstante las múltiples posibilidades de preparación, no están en el cuadro alimenticio de una generación que ha variado totalmente la dieta, pero no para enriquecerla, sino al revés, para disminuir su diversidad y calidad. El resultado es una población joven con una demanda nutricional muy pobre y específica, que atiende solo a productos conocidos y con determinados sabores.

Al pasar, por ejemplo, a la hortaliza, el consumo probablemente no exceda tres legumbres; el tomate, la lechuga y con suerte un poco de zanahoria o pepino y no más. No hay que cometer el delito de insertar en la ensalada, remolacha, col, brócoli, berro, berenjena, nabo, zapallo, chayote o calabacines (zuchini).

Para este sector etario, comer es como introducirse en el hoyo de Alicia, la de Lewis Carroll. Con la diferencia que en éste, el travieso personaje se empequeñecía y encontraba un mundo desigual y lleno de aventuras. A diferencia, estos comensales van a separar hojas, cebollas, y cuanto desprecien en la búsqueda de elementales manjares, pero obviando la flora alrededor.

El mundo alimenticio de esta generación consta de un grupo de platillos; arroz, pollo frito, hamburguesas, pizzas y pare de contar. En cuanto a las carnes, la mayoría curtida por el aceite y rebosada en ketchup; que hayan pasado por el sartén y estén bien ‘tiesas’. Pensar en la experiencia de un pescado ‘sudado’, una gallina guisada (algunos no soportan el sabor de las aves de patio), o crustáceos en cualquier preparación es como una perspectiva lejana.

Un punto aparte lo tienen las gramíneas, cuando el poroto y la lenteja ocupan los lugares cimeros en el gusto. Mientras que cualquier otro frijol, las habas, las arvejas y los garbanzos no quieren ni verlos. Se profesa una devoción hacia esa lata de frijoles con puerco cocidos en una solución semi azucarada; el ‘pork and beans’.

Hay un desconocimiento generalizado sobre las frutas. Ponga en una mesa un mamey, un piro, una granada, un níspero, un ‘mangotín’, una tuna (o también una pitahaya), una guaba, algarroba, o un racimo de jobos y ellos se asombrarían de que esas ‘cosas’ sean frutas y en cuanto a las dos últimas, no les soportarían el olor; al igual que sucede con el melón y la papaya, además del nance.

Y qué decir de los refrescos preparados con algunas de ellas. Por lo general, no se interesan en mezclarlas con agua y agregar azúcar; mejor un refresco burbujeante por la gasificación. Hay chicos y chicas a quienes nadie hace comer una naranja, pero llenan un vaso hasta la mitad con polvo de extracto artificial de ella consumen un líquido con sabor cítrico, parecido a este fruto rico en vitamina C.

Hay factores sociológicos que tienen que ver con este cambio en las dinámicas de la alimentación. Los hogares modernos donde los padres deben salir a trabajar y dejan poco tiempo para compartir y ejercitar la comunicación en familia. Paralelamente, los negocios de comida rápida han obligado a aprovechar el reducido espacio de la agenda para ingerir alimentos e introducir estas prácticas en nuestra vida cotidiana.

El resultado es este nuevo escenario donde la pirámide aquella que nos enseñaban en la escuela, se ha convertido en un palitroque digestivo con mínimos nutrientes y exceso de carbohidratos y grasa. Ahora tenemos gordos llenos de alergias, candidatos al gimnasio; todo porque no sabemos ya traquear un apio, una caña o disfrutar guarapo o el agua de una pipa.

Se requiere que esta generación re-aprenda a consumir alimentos llenos de valor nutritivo; es más sano, rico y hasta barato. Lo contrario es una aventura de sabores fuertes, pero sin mayor sentido para el cuerpo.

 

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<> Este artículo se publicó 22  de diciembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
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