Aprendiendo del fracaso

La opinión de…

 

Alfonso Grimaldo Poschl

Albert Einstein dijo alguna vez que la definición de locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando resultados distintos, en cual caso, en materia educativa, este no es país de locos, sino de chiflados.

En días recientes se publicaron los resultados para 2009 del Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés). Esta es la primera ronda de PISA en la que Panamá participa y debo reportar que los resultados no son solo terribles, sino espeluznantes y aterradores.

Los resultados se computan en base a tres áreas principales, mediante pruebas y reportes realizados a través del año por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OECD, por sus siglas en inglés) que, principalmente, resuena en nuestras mentes por las famosas listas de todo color y forma de las cuales Panamá es parte. En este caso particular, salimos beneficiados de la obsesión de la OECD de realizar listas, ya que nos provee un pantallazo objetivo de la situación educativa en Panamá y una comparación con el resto del mundo.

Los resultados se miden en una escala que corre desde los resultados más deficientes, alrededor del rango de los 300 a los 350 puntos, y los resultados más proficientes, alcanzado el edén educativo, en el rango de los 550 a los 600 puntos, con el promedio de los países desarrollados rondando el rango de los 490–510 puntos.

No le pondré azúcar al jarabe, porque debemos enfrentar la realidad para poder mejorarla, y segundo, porque debemos criticar directamente el sistema que produce resultados tan deficientes.

Panamá fue uno de los países que reportó los resultados totales más pobres de todo el ejercicio. El promedio de nuestros estudiantes tiene un nivel de lectura de 371, en el que somos superados por la comunidad estudiantil de Albania (385) y Kazakhstan (390). El promedio de nuestros estudiantes tiene un nivel de matemáticas de 360, ahí podemos clamar victoria orgullosa sobre Kyrgyzstan (331) mas no sobre Azerbaijan (431). Finalmente, el promedio de nuestros estudiantes en ciencias se encuentra en 376, nivel donde somos acompañados por Indonesia (383).

La solución para este problema en nuestro país siempre ha sido bastante simple. Consiste en una receta de dos partes.   La primera es el espectáculo mediático en el que los gremios y sindicatos de profesores protestan por mejores salarios y mejores condiciones de trabajo y los ministros de educación reclaman por mejores estándares, criticando vilmente al sector privado de educación, que realmente es el que previene que caigamos a niveles inferiores de un puntaje de 300.

La segunda parte de la receta es tirarle dinero al problema, ya sea en mejores salarios para profesores o en un presupuesto inflado para el Ministerio de Educación (Meduca), de forma que la mayor parte redunda en beneficios para los funcionarios y maestros y muy poco beneficia directamente a los estudiantes.

Un artículo publicado en la sección de Economía y Negocios de La Prensa, en junio de 2009, reportaba que de cada dólar que gastaba el Meduca, solo 17 centavos redundaban en inversión educativa. Mísero aporte que poco beneficia llegar al zenit educativo de los 600 puntos. Pero esto no es noticia nueva. Siempre hemos conocido esta receta, y siempre hemos estado conscientes de su fracaso. Entre 2004 y 2007, incrementamos nuestro presupuesto de educación en un 55%, pasando de $411 millones de dólares a cerca de $640 millones de dólares, pero aun sin PISA, el coeficiente de eficiencia interno del Meduca se redujo en un 10.55%, pasando de una eficiencia interna de 63.5 puntos a 56.8 puntos. Creo que si algo hemos aprendido, es que hundir el asunto bajo dinero no es la solución.

El próximo año el Meduca ostentará un presupuesto de $1.9 mil millones de dólares.   Con la relación inversa que pareciera existir entre gasto estatal y resultados, ¿será posible que debamos esperar una educación pública más deficiente?

Debemos decir suficiente. Debemos decir “Hasta aquí, y no más”. Debemos mostrar nuestro cansancio sobre el mal manejo que le han dado todos los gobiernos al tema de educación. Debemos decirle a los gremios y sindicatos de profesores que estamos cansados de su gestión, que flaco favor le han hecho al sistema público de educación. Debemos decirle al Meduca que han fracasado, y que merecen repetir el año. En lugar del sistema corriente, debemos mirar a aquellos países que están dando, objetivamente, una educación funcional para sus estudiantes. Pero más importante aún, debemos liberar al sector público educativo (uno de los principales pilares para el desarrollo del país), de las fauces hambrientas del Leviatán gubernamental. ¿Cómo hacer esto? No es sencillo, pero es importante. Debemos empezar a subsidiar, no a la oferta educativa, que favorece únicamente a funcionarios y miembros sindicales, sino a la demanda educativa, a los mismos estudiantes. Hay sistemas alternos, como el sistema de vouchers educativos que han mejorado sustancialmente la posición de otros países en la región, como Chile.

Se conoce que Albert Einstein también estableció que “un nuevo tipo de pensamiento es esencial, si la humanidad desea sobrevivir y escalar a nuevas alturas”. Es tiempo de repensar nuestro sistema educativo. De no hacerlo, sonará el timbre, y nos quedaremos por fuera.

*

<> Este artículo se publicó el 27 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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