Navidad, fiesta ambivalente

La opinión de…

XAVIER  SÁEZ-LLORENS

xsaezll@cwpanama.net

La Navidad me despierta sentimientos de ambivalencia. Como los seres humanos hemos sido secuestrados, desde épocas pueriles, por tradiciones culturales, a edades donde lo místico se enclava casi irreversiblemente en el tejido cerebral, esta fecha desempolva recuerdos de la infancia.   La reunión de los parientes cercanos, la cena de Nochebuena, la solidaridad con los desposeídos y la sorpresa que trae Santa son vivencias que dejan una impronta imborrable en la mente de las personas que han tenido la ocasión de experimentarlas cuando niños.   De adulto, empero, la fiesta puede tornarse en farsa.

A medida que maduramos, en responsabilidades y canas, nos convertimos en los organizadores de todos los eventos familiares. Ya nuestros progenitores se han ido o están físicamente reducidos para dirigir esas iniciativas. El primer obstáculo es tratar de juntar a los hermanos. Una tarea harta complicada. Cada uno tiene su propia tribu, transita una situación personal distinta basada en sus particulares circunstancias y, en no pocas ocasiones, arrastra conflictos fraternales debido a discrepancias o malentendidos. Al final, sin quererlo, lo que brota es la desunión por rencores ocultos u orgullos estériles. Los alimentos e intercambios también pueden ser motivo de discordia. Nos fijamos, disimuladamente, en la complejidad y calidad de lo que trae cada invitado para después quejarnos cuando las relaciones no cursen su mejor nivel.

En segundo lugar, esa caridad con los que menos tienen, acostumbrada anteriormente a quedarse en la intimidad hogareña, se ha transformado en un atributo publicitario. Siempre he sostenido que la donación más magnánima es la anónima. El Teletón, como muestra de compasión humana, me genera descontento. Aplaudo los gestos de individuos y empresas que aportan dinero para alcanzar metas sociales y sanitarias que beneficien al pueblo. No obstante, me desagrada la explotación visual de la enfermedad o discapacidad, la búsqueda de imagen pública para enmascarar negocios nocivos (minería, casino, alcohol, tabaquismo), la fingida filantropía a cambio de favores y exoneraciones de impuestos y la utilización de arcas estatales para aparentar bondades de los gobernantes de turno.

Tercero, el reparto de regalos navideños representa una de las actividades de mayor iniquidad terrenal. La figura de Papá Noel está íntimamente vinculada a objetivos consumistas. Los propietarios de almacenes y jugueterías son los verdaderos favorecidos del invento. Para rematar, los medios de comunicación nos asfixian con campañas estridentes de mercado. En un esfuerzo por mitigar la codicia comercial de diciembre, los movimientos cristianos han tratado de eliminar a San Nicolás y reemplazarlo por el Niño Jesús.

Esta metáfora es, a mi juicio, aún peor. ¿A qué ente misericordioso y todopoderoso se le podría ocurrir dar dádivas a hijos ricos y migajas a niños pobres? El anhelo religioso de la Navidad se dirige a generar una sensación de celebración por un supuesto acontecimiento divino. Me pregunto, ¿qué deben celebrar los damnificados de las inundaciones en Panamá este y Darién, víctimas de destrucción, desolación y muerte? ¿Qué deben festejar los haitianos, vapuleados recientemente por terremoto y cólera? ¿Qué debe agasajar la gente humilde del mundo sin acceso a agua potable, alimentación adecuada, educación digna y salud de calidad? ¿De qué debemos alegrarnos los panameños, si nuestro país naufraga en basura, narcotráfico, impunidad, hipocresía y corrupción?

Por último, mi duda permanente ha sido saber si la mentira en que sumergimos a nuestros críos para que crean en personajes de fábula, derivados de adoraciones paganas al solsticio de invierno, podría propiciar el desarrollo de una personalidad supersticiosa y sumisa a largo plazo. Me temo que sí.

Lo que me resulta curioso es el clamor constante de la sociedad para que nuestra juventud exhiba valores de honestidad y transparencia en su conducta cotidiana. Una incongruencia. Concuerdo en que la cara de felicidad de los hijos cuando abren sus obsequios y la baba de beneplácito de los padres al observarlos son dignas de las mejores fotos y remembranzas familiares.

Al enterarse del timo, sin embargo, sobreviene desilusión y enfado por haber sido engañados por casi una década de su vida. Mi hijo pequeño ya descubrió la ficción pero me alivia saber que dice convenirle creer en el gordo barbudo porque así seguirá recibiendo lo que escribe en su carta. Menudo pícaro.

<> Este artículo se publicó el 26 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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