El meollo del asunto

La opinión de…

Eliécer Rodríguez

A inicios de la década de los 90 cuando fungíamos como Editores de Páginas de Opinión en el Panamá América, tuvimos el grato honor de conocer a Don Eduardo Valdés, un ilustre y extraordinario panameño quien para la época solía publicar algunos artículos de opinión con este sugestivo título.

 

Para Don Eduardo, quienquiera que pretendiera resolver algún problema estaba obligado a llegar al meollo del asunto, de lo contrario, lo único que se haría es rondar por las esquinas de posibles soluciones.

Poquito tiempo después sin imaginármelo, pasé a formar parte de la nueva y vigorosa fuerza laboral del Tribunal Electoral.   Sorpresa la mía, invitan al conspicuo escritor para dictar una serie de seminarios tipo conferencias y nuevamente el tema central obligado: “El Quimérico Meollo del Asunto”. El objetivo, según nuestros jefes los magistrados, que todos los directores provinciales, mandos medios y ejecutivos superiores supiéramos cómo llegar a ese escurridizo meollo.

No faltaron voces al final de las conferencias que dijeron sentirse, en lugar de cerca del meollo del asunto, próximos al hoyo del difunto. Por esos raros correos de la época, no había BlackBerry ni celulares, la famosa “radiobemba” daba cuenta que el barco llegaría para cargar con algunos de los participantes, con razón o sin ella.

Efectivamente así fue, cayeron entre otros, una despistada Directora de Colón que no sabía con precisión cómo llegar a la costa arriba, un desprevenido Director de San Miguelito que por preferir lavar a mano en lugar de lavadora fue excluido del paraíso, un famoso Director después del puente que le quemó la máquina a un auto recién donado por una agencia foránea dizque por andar en una alborotada persecución de su novio, un estudiante del CRU de Coclé; un director septuagenario de las provincias centrales que conducía el auto oficial más retenido y requisado de la historia, de día o de noche. Este flechado director olvidó que conquistando a su secretaria, le estaba quitando el amor de su vida al sargento de tránsito del pueblo; o al otro varón de Azuero, regio director de día, frágil dama de noche, también otro ejecutivo de centros de votación a quien ordenaron comprar tanta tela fuera posible para forrar las casetas que servirían de centros de votación ante la escasez de aulas.

Acuerdos de última hora permitieron el uso de escuelas privadas como centros de votación, con ello disminuyeron las casetas y por ende sobró tela. A este ejecutivo lo despidieron por no tener “sentido común” previendo que los magistrados harían ese cambio, aunque la tela sobrante se usara posteriormente como cortinas en las instalaciones electorales y por último, también cayó fulminado un octogenario director del interior, diputado a inicios de la república, el único cercano al meollo del asunto, no por erudición sino por la amistad que le unía al ínclito personaje citado arriba. Este último se desplomó al acumular millas durmiendo en cuanto seminario participara.

Afortunadamente, al final siempre hubo alguien que supo sabiamente llegar al Meollo del Asunto, aquél que expresó la célebre frase “Sí se Pudo”, en el acto de transmisión de mando de 2004, logrando la ratificación por ocho años más.

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<>Artículo publicado el  25 de diciembre  de 2010  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.
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