25 de diciembre

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La opinión del Médico…

Juan Carlos Ansin

Según la Biblioteca de Babel soñada por Borges, la Wikipedia, y la Enciclopedia Británica, la festividad del nacimiento de Jesús se consagró en esa fecha, que es celebrada por casi toda la cristiandad, excepto por algunos ortodoxos, que lo hacen el 7 de enero.   La fecha exacta no se conoce.   Se sabe que no pudo ser en ese día. El Papa Gregorio XIII cambió el calendario juliano (46 a.C.) por el gregoriano (1582 d.C), que es el actual.    El motivo fue que por un error de cálculo, entre los años de los dos calendarios, existía un desfasaje de diez días.
Hay otras interpretaciones. Una se basa en que los romanos festejaban, por esos días, las Saturnales, festividad que coincidía con el solsticio de invierno, y el Papa, para reclutar acólitos, acomodó la fecha. Otros opinan que fue en conmemoración de la coronación de Constantino I, el primer emperador romano convertido al catolicismo.   Lo cierto es que la Navidad ha perdido con los años su carácter religioso para volver a la festividad pagana, que hoy debiéramos reconocer como fiestas Mercuriales, en honor de Mercurio, el dios del comercio.

En mi familia, junto a la Epifanía de los Reyes Magos (6 de enero), la Navidad era la celebración más añorada, particularmente por mi padre. Apenas se apagaban las luces del arbolito y ya estaba planeando la del próximo año. Era imperdonable que alguien, lejos de su hogar, no cenara en casa la noche de Nochebuena.    No era partidario del pavo, pero era el rey de los turrones y las frutas secas. Pasaba horas cascando nueces, avellanas, almendras y piñones que escogía con esmero, especialmente si eran de España.    Adoraba los higos de Esmirna o el pan dulce de Los Dos Chinos (un panetone que yo traía de Buenos Aires). Aunque prefería una sidra argentina (La Victoria, etiqueta negra) una catástrofe en uno de mis viajes de retorno y la opinión familiar, mayoritaria, de que la sidra asturiana era mejor, lo convencieron.

Ya muy avanzada su insuficiencia cardiaca, en una Navidad escapó de la vigilancia nuestra y de mi madre. Sentado en el balcón, mirando las estrellas hacia el Sur, se llevó un Pan Dulce y una botella de sidra que terminaron -a las tres de la mañana- en un edema agudo de pulmón.   Gracias a que yo vivía a escasos metros y a tres corbatas que usé como torniquetes, pudo salvarse de una muerte anunciada.

Murió veinte años después, a las seis y media de la mañana del 24 de Diciembre de 1999. Había preparado todo para festejar esa noche hasta el comienzo del nuevo siglo que no alcanzó a ver. Desde entonces, para mí, la Nochebuena es Nochetriste.   Pero ahora, la alegría de mis nietas ha vuelto a encender viejas luces que creí apagadas para siempre. Desde hace tres años, comencé a cascar nueces, a partir panetones y a descorchar sidras.  ¡Salud para todos!

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<>Artículo publicado el  26  de diciembre  de 2010  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.
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