Educación y patria potestad

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La opinión del Empresario y Educador…

John A. Bennett Novey 

Muy contrario a lo que muchos piensan acerca del laissez faire –dejar hacer–, los liberales clásicos pocas veces argüían que el dejar hacer significara una independencia total del marco regulatorio estatal.
El vicio surge cuando los gobernantes se extralimitan en sus atribuciones, afectando el derecho natural de toda persona de hacer todo aquello que no dañe a otro. Los gobernantes no están en mejor posición que los gobernados para decidir qué conviene a su persona.

Lo que poco hacemos es meditar y discutir sobre el verdadero rol del gobierno. En tal sentido en su momento pensadores como Nassau Senior en el Siglo XIX lo presentaba así: “Detesto el paternalismo despótico que intenta suplir a sus súbditos con virtudes auto contemplativas, que les haga más sobrios, más frugales u ortodoxos. Sostengo que la función primordial y casi exclusiva del gobierno es la de dar protección.   Protección a todos, tanto niños como adultos, a aquellos que carecen de los medios para su propia protección, así como a los que sí los tienen”.

De hecho, Senior advertía que en particular los niños eran sujetos de la protección estatal en cuanto a su educación; pero ello no implicaba automáticamente que los gobiernos asumieran directamente la actividad educativa, sino más bien fuesen sus árbitros, actuando en contra de los abusos. Pero para ello es esencial que el gobierno no esté involucrado directamente porque entonces se pierde toda objetividad.

Esto nos lleva a la delicada e imprescindible responsabilidad de la patria potestad. La función esencial es la de respaldar a la familia en su rol natural y no la de suplantarla.   Han sido trágicos y notorios los casos de gobiernos que pretendieron separar a los hijos de sus padres. Están los ejemplos de EE.UU. y Australia que separaron a los niños indígenas de sus padres para “civilizarlos”.

Jamás debimos suplantar el rol de la familia en la educación, salvo en aquellas instancias en dónde existe clara evidencia de crueldad; que sería el caso de desatender su formación académica. De hecho, cuando hablamos del gobierno, este no es una entidad inmaterial, sino que está representada por individuos que jamás llegarán a estar lo suficientemente cerca de los niños para entenderlos, guiarlos y, sobre todo, amarlos.   Estas son funciones demasiado delicadas para delegarlas en funcionarios; en particular por aquellos que pretenden mejorar sus salarios no con el trabajo en las aulas sino cerrando calles.

Obviamente que se requiere un componente profesional pero esto no implica automáticamente que sea directamente estatal.   Lo importante en todo esto no está en la presentación de verdades absolutas sino en la presentación de aquellas preguntas que no se formulan. Preguntas que podamos abordar de forma objetiva, alejadas de la vorágine de la política criolla.

En fin, mientras no estemos dispuestos siquiera a discutir estas cosas, nuestros hijos seguirán siendo objetos de la inmensa crueldad que es el sometimiento a un sistema eminentemente estafador; peor aún cuando se trata del propio Estado.

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<>Artículo publicado el  19  de diciembre  de 2010  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.
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