Cuarto de Adviento

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La opinión del Sacerdote Jesuíta…

Rosendo Torres 

En nuestro mundo de creyentes, dentro de la liturgia de esperanza que es el adviento, nos encontramos casi en la celebración del hecho fundamento que explica toda esta tesitura de Navidad, la encarnación del Salvador.

Se ha escrito mucho sobre el tema y se seguirá escribiendo. Comparto un escrito de Martín Descalzo con sus consideraciones oportunas.

Un bebé, sólo un bebé.

“Allí estaba. María y José le miraban y no entendían nada. ¿Era aquello -aquel muñeco de carne blanda- lo que había anunciado el ángel y el que durante siglos había esperado su pueblo? Rilke se dirige en un bellísimo poema a esta Virgen de la Nochebuena y le pregunta: ¿Te lo habías imaginado más grande? Y el propio poeta responde: Pero, ¿Qué es ser grande? A través de todas las medidas que él recorre, va la magnitud de su destino. La Inmensidad de ser Dios. Sí, el Dios que retumba en las nubes, se hace benigno y viene en ti al mundo.

Pero ellos no lo entendían. Lo adoraban, pero no lo entendían. ¿Aquel bebé era el enviado para salvar el mundo? Dios era todopoderoso, el niño todo desvalido. El Hijo esperado era la Palabra: aquel bebé no sabía hablar.

El Mesías sería “El Camino”, pero éste no sabía andar. Sería la verdad omnisciente, mas esta criatura no sabía ni siquiera encontrar el seno de su madre para mamar. Iba a ser la ida; aunque se moriría si ella no lo alimentase.

Era el creador del sol, pero tiritaba de frío y precisaba del aliento de un buey y una mula. Había cubierto de hierba los campos, pero estaba desnudo. No, no lo entendían. ¿Cómo podían entenderlo? María le miraba y remiraba como si el secreto pudiera estar escondido debajo de la piel o detrás de los ojos. Pero tras la piel sólo había una carne más débil que la piel, tras los ojos sólo había lágrimas, diminutas lágrimas de recién nacido.

Su cabeza de muchacha se llenaba de preguntas para las que no encontraba respuestas: si Dios quería descender al mundo. ¿Por qué venir por esta puerta trasera de la pobreza? Si venía a salvar a todos, ¿Por qué nacía en esta inmensa soledad? Y sobre todo ¿Por qué la habían elegido a ella, la más débil, la menos importante de las mujeres del país?

No entendía nada, pero creía, sí. ¿Cómo iba a saber ella más que Dios? ¿Quién era ella para juzgar sus misteriosos caminos? Además, el niño estaba allí, como un torrente de alegría, infinitamente más verdadero que cualquier otra respuesta.

Porque, además, ningún otro milagro espectacular había acompañado a este limpísimo parto. Ni ángeles, ni luces. Dios reservaba sus ángeles ahora para quienes los necesitaban, los pastores. María tenía fe suficiente para creer sin ángeles. Además, de haber venido ángeles a la cueva ¿los hubiera visto? No tenía ojos más que para su hijo”.

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<>Artículo publicado el  19  de diciembre  de 2010  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.
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