Tras los 21 años de la invasión

La opinión de…

Javier Comellys

Media hora antes de la medianoche del 19 de diciembre de 1989, en la víspera de Nochebuena y sin que nadie lo esperara, repentinamente se escuchó un estruendoso ruido; eran las primeras bombas que caían en suelo panameño producto del bombardeo dirigido al cuartel central, a la cárcel modelo (que de modelo no tenía nada),  a los centros de operaciones de los “batalloneros de la indignidad” y a todo objetivo que los soldados estadounidenses consideraban un factor de beligerancia.

Todo esto constituía signo evidente de que la invasión había empezado y llegó con nombre y apellido, “Causa Justa”. El Chorrillo quedó prendido, no por los arbolitos de Navidad ni mucho menos por el reflejo que producen los foquitos que el panameño acostumbra a poner frente a sus casas en este tiempo.

Parecían más bien millares de alienígenas atómicas que invadían nuestro suelo y espacio aéreo. Eran las luces que salían del fuselaje de los misiles que disparaban los norteamericanos desde aviones furtivos, como el nighhawk, helicópteros apaches y blackhawks, dirigidos, precisamente, al sitio en el que antaño la laureada poetisa panameña, Amelia Denis de Icaza, se inspiró cuando decía: “¿Qué se hizo tu chorrillo? ¿Su corriente al pisarla un extraño se secó?”…

La soldadesca estadounidense hizo gala de sus sofisticados armamentos que incluían los últimos adelantos tecnológicos en materia de hacer la guerra. Ese mismo armamento fue utilizado, posteriormente, en la guerra del Golfo y en Irak.

El bombardeo fue intenso y sistemático en las primeras horas de la medianoche. Los “batalloneros de la indignidad”, grupos organizados por el noriegato y los Codepadis, aprovecharon la ocasión para incendiar El Chorrillo, lo convirtieron en el caldero del infierno, algo así como el purgatorio, mientras Noriega huía despavorido como alma que lleva el diablo.

El gobierno de Gorge Bush padre, tomando en cuenta las amenazas y el peligro que representaba Manuel Antonio Noriega para el Canal y para los intereses norteamericanos en este país –por la obsesión de no restablecer la democracia en Panamá y por los frecuentes ataques a la libertad de expresión–, recordó que según los tratados Torrijos-Carter Panamá seguía bajo el paraguas ignominioso del Pentágono y decidió autorizar la operación militar a la que denominó “Causa Justa”.

Noriega, el prototipo de individuo maquiavélico y obsesionado por el poder, pregonó la tesis de que la obtención y retención del poder era el fin último y que todo lo que fuera necesario para ello estaba justificado. Sus ideas psicopáticas y maquiavélicas estaban bien arraigadas en el oscuro mundo de su cerebro huero, al igual que su falso nacionalismo, apegándose al poder como la fiera a su presa. Creó su propio reinado del terror, se corrompió y lavó mucho dinero.

Desde los cuarteles dirigió el tráfico de drogas de los diferentes carteles colombianos, y en nombre de los postulados de la doctrina de la seguridad, creo su propia maquinaria del crimen; asesinó a dirigentes y a disidentes políticos, llevó a cabo desapariciones forzadas, repartió palo y plomo hasta la saciedad contra sus adversarios a quienes no les perdonaba ni les permitía disentir.

Tomando en consideración la tesis sociopolítica de la criminalidad, de que el poder es la actitud que tienen ciertas personas para imponer su voluntad, argumentamos que Noriega es un criminal nato. Sin embargo, se entregó a las fuerzas invasoras sin disparar un tiro; huyó como una cucaracha por todos los huecos, recovecos y cloacas; se cobijó en los santuarios, vestido de monja, para no arriesgar su “inmaculado” pellejo.

La importancia de estos hechos históricos está en que el panameño debió aprender la lección: que las dictaduras totalitarias utilizan sistemáticamente los mecanismos del terror para acallar las voces de la disidencia, exaltan el culto a la personalidad, el adoctrinamiento ideológico y la extinción de los partidos políticos, tal como ocurrió en los 21 años de gobierno militar, etapa en la que tanto Torrijos como Noriega se aprovecharon del resentimiento antinorteamericano de ciertos sectores de izquierda, para explotar un falso nacionalismo y perpetuarse en el poder.

Con la invasión, los panameños salimos del infierno a la libertad y a la estabilidad democrática que hoy vivimos y disfrutamos todos, independientemente de cualquier ideología, credo, raza o partido político.

*

<> Este artículo se publicó el 18 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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