Suenen las trompetas

La opinión de…

 

BERNA  CALVIT
bdcalvit@cwpanama.net

Las fiestas de fin de año llegan ensombrecidas por la pérdida de vidas y bienes causados por la inclemencia de lluvias sin precedentes e inundaciones devastadoras. Los que no sufrieron los rigores extremos de la naturaleza, y porque las cosas son como son, festejarán Navidad como siempre, con juguetes para los niños, con el Santa Claus que otra vez opaca la celebración del nacimiento del Niño Jesús; habrá regalos y fuegos artificiales y música; y en las mesas, jamón, tamales, ron ponche.   Así será porque es propio de la naturaleza humana, aun en medio de las penas, procurarse alegrías, y compartirlas; y es comprensible, especialmente si se tiene la satisfacción de haber aliviado con algún gesto solidario a las víctimas de una naturaleza que se cobra el maltrato que recibe.

La llegada de un nuevo año es propicia para revisar logros y fracasos. Es grato repasar lo que resultó bien; y a los fallos, no pasarles el borrador de la memoria debería servir, no para la amargura, sino para enmendarlos o evitar repetirlos.

Este año ni deseos tengo de tararear el alegre Burrito Sabanero; la ciudad, cada vez más enloquecida, es irritante hija descarriada del orden y la limpieza. Casi todas las noticias me espelucan. Al 11/12/2010 el gobierno había hecho compras directas por casi $500 millones.

¿Habrán aprovechado para llegar a los $600 millones en medio de tanta fiesta y tanto jolgorio mientras nos distraen con la reelección; con los muñecos de Bosco Vallarino; con el presidente Martinelli, como un Santa Claus, donando aturdidamente dinero del erario a la Teletón? Me pregunto: ¿Qué habré hecho para merecer el castigo de ver y oír a un locuaz y desfachatado diputado calentar las orejas del presidente Martinelli con lo de reelegirse; o será que no es así el asunto, sino más bien que le pusieron de tarea agitar las aguas de la reelección inmediata? ¿Hasta cuándo el diputado Tito Afudólares nos va a atormentar con su máscara de inocencia en el caso Cemis? ¿Se hará realidad la “Monstruotusa” en la Avenida Balboa, que en tenaces pesadillas nocturnas imagino persiguiéndome y aplastándome; y las que me causa el almibarado ministro Ferrufino, que corre tras de mí para entregarme un cheque del programa Cien para los Setenta, mientras grito, desesperada, “¡No, no se me acerque, no los necesito, estoy pensionada!”?

Obstinada, me digo a mí misma: “Lo que viene no puede ser peor;   “no hay mal que dure cinco años ni cuerpo que lo resista”. Sería fácil decir, como muchos panameños apáticos, indiferentes, “todo está igual, no está peor; siempre ha sido así; lo que diga o haga no va a cambiar nada”.   No. Rehúso aceptar, resignada, las malas acciones de los que ven el poder como un botín; los costosos desvaríos de planes faraónicos que anteponen a las necesidades reales e inmediatas.   El Presidente prometió que todo cambiaría para mejor. Pero los hechos indican que de la silla presidencial fluyen ondas, influjos, o maleficios que vuelve ciegos, sordos y tercos a los que se acercan a ella.

Es larga la lista de lo que no ha cambiado, y de lo que ha empeorado. Para muchos la popular sopa de carne con ñame, otoe, zapallo y yuca, es lujo, comida dominguera o especial para cuando hay invitados; las compras y obras sin licitación son escandalosas y los argumentos para justificarlas no convencen; las presiones y amenazas contra periodistas han sobrepasado las fronteras nacionales; la Contraloría es morisqueta al servicio de los caprichos del gobierno; las ciudades son basurero y la capital, Panamá, el trono de los desperdicios; crecemos alocadamente, sin orden ni concierto, arruinando nuestra riqueza natural; los diputados siguen haciendo de las suyas, y a disposición del Ejecutivo. La economía de Panamá, dijo recientemente el economista Rubén Lachman, “crece en áreas muy particulares que no se están vinculando a otra áreas”, lo que para mí significa que riqueza mal repartida sigue siendo pobreza; razón para que 2010 también haya sido un año de “mucho para pocos” y “poco para muchos”.

Pese a todo, renuevo mi fe en más y mejores ciudadanos; en los que participan, opinan y actúan para tratar de que los gobernantes enderecen el errático rumbo que llevan. Un nuevo año siempre abre ventanas de esperanzas a mejores días. A los que aquí, o lejos de la patria la aman, mis deseos de que en 2011 suenen para ellos las trompetas de la paz, la equidad y la justicia.

<> Este artículo se publicó el 20 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que a la  autora, todo el crédito que les corresponde.
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