La mentira cotidiana

La opinión de…

Paco Gómez Nadal

No hay que rasgarse las vestiduras por las revelaciones (filtraciones reveladas) de Wikileaks. Hay que indignarse. A pesar de que la mayoría de los ciudadanos no está siguiendo estas revelaciones con el interés que uno supondría o de que los gobiernos se estén inventando fanfarrias diversas para aplacar el ruido del escándalo, lo cierto es que las filtraciones de los cables confidenciales del Departamento de Estado de Estados Unidos dejan sin ropa a más de uno, incluidos algunos personajes de nuestra vida nacional.

No son cualquiera los personajes, no. Se trata del presidente y del vicepresidente de la República, quienes en la confianza de las conversaciones con la ex embajadora de Estados Unidos,  Stephenson, dijeron lo que pensaban: que algo huele mal en la adjudicación del contrato de construcción de las esclusas del Canal ampliado, en el caso de Martinelli; y que algo va a salir mal en ese negocio vendido como un sueño a la mayoría de los ciudadanos y que puede convertirse en pesadilla.

Dos caras. La mentira cotidiana que escuchamos de nuestros dirigentes, y la otra versión compartida en los cenáculos del poder real, el de Estados Unidos. La mentira instalada en nuestros medios de comunicación, incapaces de ir más allá de la cosmética de la declaración pública y resignados a ser correa de transmisión de las “fuentes oficiales”.

Tuve la suerte de escuchar de voz del propio Varela su versión de la ampliación del Canal mientras conversaba inocentemente con un grupo de turistas en un bar, atrapado por la lluvia y excitado por el entonces reciente ascenso al poder:  “Yo fui el único político de Panamá que se opuso a la ampliación del Canal y van a ver: el proyecto va a fracasar, los votantes se van a acordar de lo que yo dije y seré presidente”. Tamaña irresponsabilidad era lo que pensaba –y lo que seguramente piensa aún– el canciller. Otra cosa es la que dice ante las cámaras.

Lo que nos revela Wikileaks es que nuestras peores sospechas eran certezas sin prueba: que los políticos de la mayoría de las democracias formales de Occidente juegan con la opinión pública mientras, tras bambalinas, hacen lo contrario. Y, ante esta verdad… ¿cuál debe ser nuestra reacción? Pareciera que, hasta ahora, la apatía es la tónica dominante. Los ciudadanos siguen mirando a otro lado mientras los medios de comunicación arden con este Watergate llevado al infinito. Nada nuevo, porque ante la crisis financiera que ha mostrado el engaño del sistema capitalista, la mayoría de las personas también han reaccionado anclándose a la nada.

Es cierto que la reacción de la opinión pública en nuestros países no es natural o espontánea, sino que es inducida por un clima mediático adormecedor y despistante. El bombardeo es constante y los días previos a Navidad no ayudan a que el ciudadano medio piense, reflexiones y decida su camino.

Considero, sin embargo, que es un momento fundacional para nuestra civilización. Abocados, como estamos, a una suma de crisis sin igual en los últimos siglos, debemos tomar posición. El primer paso para una solución a este clima de mentira y falta de control de nuestro propio destino es la indignación. Si no nos indigna, si la rabia no se instala en nosotros por unos minutos para, después de respirar profundo, pasar a la acción, probablemente estemos condenando a las generaciones futuras a enfrentar retos nada agradables marcados por la violencia, la rapiña y la individualidad cuasi genocida.

Hace unos días escuchaba al sacerdote y sociólogo belga Françoise Houtart responder a la pregunta del “Qué hacer” con esta contundencia: “Todos tenemos la obligación ética de deslegitimizar el sistema [capitalista]”. Eso es lo que toca. Y hay que hacerlo sin esperar resultados espectaculares para no navegar en la frustración –en un mundo “normal” las publicaciones del cablegate habrían tumbado a varios presidentes–.

Wikileaks ha hecho un gran favor a la humanidad: quitar la máscara democrática a aquellos que prefieren el despotismo y las sombras.   Ahora nos toca a nosotros hacer el cambio, provocar la renovación de nuestras estructuras y retomar el control del acontecer. Escribía Ryszard Kapuscinski: “Hay que implicarse una y otra vez en la obra de liberar al mundo, aunque se caiga docenas de veces por el camino y aunque todo lo bueno siempre parezca hallarse inconmensurablemente lejos”.    Que así sea.

*

<> Este artículo se publicó el 21 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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