Hay quienes viven del miedo

La opinión del Economista, Educador,  Escritor,  Humanista…

Victoriano Rodríguez S.

Hace años venimos alertando sobre el interés de los gobiernos en limitar a los comunicadores sociales. En la década pasada, con la “presunta democracia”, se llevó a cabo seguimiento y persecución. Así lo expresamos el 25 de agosto de 2005 en El Panamá América, cuando expusimos: “… la población se siente desprotegida. La corrupción se está apoderando de los órganos del Estado. Existe persecución encaminada a enmudecer a periodistas y comentaristas radiales, quizás hasta tratar de cerrar medios… Hoy son ellos, mañana puede ser cualquiera de nosotros, inclusive la sociedad en su conjunto…”.

¡Cuánta realidad en esa reflexión! En ese escrito hicimos un llamado y considerar un día determinado para: “…abstenernos de brindar cualquier tipo de información (escrita, televisiva o radial)”. Un llamado a la democracia para demostrar a quienes provocan o persiguen que hay unidad y apoyo, tanto de los comunicadores sociales como en los medios. Nos falta unidad gremial, sintonía entre mente y cuerpo. Hay quien expresó que en comunicación bailamos con dos pies izquierdos, nos tropezamos nosotros mismos. Hay quienes viven del miedo y sufrirán igual, no habrá perdón para el temeroso, máxime si fue reconocido. Será utilizado, solo, mientras sea necesario.

Presumiblemente los seres humanos actuamos en función a nuestra inteligencia emocional y desarrollo intelectual, pero, cuando se quieren imponer caprichos, presumiendo razones generalmente equivocadas, pero se encuentran con personas analíticas e incorruptibles, se recurre a la más vil de las manifestaciones: atacar, violar la intimidad, correspondencia, comunicación, acosar, amedrentar y tratar de destruir a quien con valentía y honestidad defiende sus puntos de vista y hace valer sus principios. Quizás por ello se realizan tantas persecuciones o destituciones, violando las leyes.

Cuando se recurre a la persecución, acoso o violencia, quizás se deba a falta de honestidad, discernimiento o escasa capacidad intelectual. Hay suma diferencia entre la capacidad de razonar del humano y el instinto animal. Generalmente, los seres irracionales atacan (salvo raras excepciones) por sobrevivencia, sentirse acorralados o necesidad de escapar para salir del apuro.

Debemos tener cuidado, porque el mal prevalece cuando los hombres buenos se mantienen en silencio, son indiferentes y se reservan el derecho de actuar. Hace más de 40 años, Cantinflas, reconocido cómico mexicano, en un juego de póquer expresó: “¿Vamos a jugar como caballeros o como lo que somos?”. Pregunta que quizás muchos nos estamos haciendo hoy, ¿a qué estamos jugando? Es necesario recordar que Thomas Paine (1737–1809), indicó: “Es la obligación del patriota proteger a su país de su gobierno”.

Nadie es tan valiente para no sentir recelo y mirar atrás para cuidar su espalda o tratar de escuchar algo adicional a sus pasos, pero quien vive del miedo y lo mantiene aferrado, como su mandíbula superior, vivirá a la sombra de lo que pudo ser; en el rincón de la hecatombe, en el que políticos ignorantes y déspotas los mantendrán identificados y no tendrán piedad de ellos, cuando llegue su momento.

Quizás la razón por la que en su momento Mark Twain (1835–1910) expuso: “Al principio de un cambio, el patriota es un hombre escaso y valiente, odiado y despreciado. Sin embargo, cuando su causa tiene éxito, el tímido se le une, porque entonces ser patriota ya no cuesta nada”.

Algo me dice que quien impulsa esos avances melodramáticos no necesariamente es el presidente Martinelli, más bien serían sus asesores (ministros, diputados, manzanillos, etc.), pero nada podemos hacer, son sus colaboradores y si él no se percata del daño que le hacen, mal podemos continuar insistiendo.

Las alternativas son pocas, las soluciones mínimas, pero existen. Lo importante es que comprendamos que cambiar nuestros principios por regalos, por unas monedas o por un puesto de trabajo, puede llevarnos al despeñadero.

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<> Este artículo se publicó el 16 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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