El derecho a la conectividad

La opinión de…

 

Héctor Rodríguez G.

A raíz de la reunión del G–20 en Seúl, de nuevo las protestas, exageradas o no, contra los esquemas del manejo mundial, coincidieron en un denominador común: la brecha entre pobres y ricos.    Pero seguirán siendo estériles tales alardes y los demás esfuerzos de acá y acullá, aturdidos o enceguecidos por el sofisma de que la fiebre está en las sábanas. Lo propio ocurre en lo doméstico nacional y aun en lo familiar, como que existen papás que la dan al hijo que pronto se casará el dinero para que lleve a su novia al cine.

La responsabilidad endógena es la característica indispensable de todo proyecto y mientras más concienciada sea ella, mayor y más firme será el éxito de este.

Si una casa no se hace con tripas de cucaracha, toda sociedad necesita una infraestructura cultural, como cimiento de cualesquier proyecto de desarrollo; tal cultura nace de la buena educación que a su vez coadyuva a la ulterior capacitación específica. De la educación fundamental depende entonces la eficacia de la capacitación y de esta, el menor o mayor grado de competitividad.

Las dádivas financieras difícilmente superan la codicia burócrata de suerte que de todas maneras, los esfuerzos generosos de los poderosos resultan de muy escasa respuesta o estériles. Muy positivas, en cambio, son las gestiones enfocadas al nutrimento cognitivo de la gente.

La inconmensurable potencialidad comunicativa de los sistemas magnéticos y electrónicos, unida a la tradicional TV y las ondas hertzianas nos brindan hoy y cada día más, la anhelada viabilidad a la educación fundamental. Tan importante es el asunto que están haciendo carrera en cada país las gestiones legislativas encaminadas a adicionar o reformar las constituciones a objeto de convertir en ley “el derecho a la conectividad”. Francia (2009) fue pionera en este logro.

Sin ánimo de acicatear a nuestras autoridades, que con seguridad estarán desde antes mejor informadas que nosotros, sí nos permitimos hacer un respetuoso llamado a la reflexión no sólo del Gobierno nacional, las academias y demás centros educativos, en el sentido de establecer, qué tan al alcance de todos está la tecnología, pues en nuestro modesto entender, en Panamá estamos a niveles aún algo tímidos en inversión pública en telecomunicaciones y sobre todo en conectividad digital. Si el mundo vive la era de la información, en la que las tecnologías innovadoras ayer, que nunca llegaron a nuestra masa popular especialmente la campesina, ya son obsoletas hoy ¿cómo pretendemos eliminar la brecha? Y a nadie sensato se le puede ocurrir que estamos propendiendo por el consumismo, como nadie tildaría de consumista al papá que envía sus chicos a la escuela.

La alfabetización digital es un nuevo desafío social y el estado debe asumir el liderazgo de esta gestión que tal vez sea de las últimas que le quedan al paternalismo, pero, la más positiva de las inversiones sociales. Así, la conexión se perpetuará como un pilar básico de la sociedad.

En Finlandia el 79% de la población usa internet, y cuenta con 1.52 millones de conexiones de banda ancha, lo que se traduce en 287 por cada mil habitantes y todas las escuelas y librerías públicas cuentan con computadores con este tipo de conexión; allí se ha emitido una ley (julio de 2010) mediante la cual todos los ciudadanos tienen el derecho a una conexión de internet de banda ancha de un megabyte. Alemania, Dinamarca y Noruega sancionaron ya similares leyes. La idea es que el mercado va a hacer las inversiones y construcciones y que eso va a ser posible con la ayuda de cada estado. Suecia tiene como objetivo que, en el año de 2020, el 90% de los hogares y empresas tengan acceso a banda ancha de por lo menos 100 megabyte/seg.; y una de las posturas centrales concerniente a la conectividad que tiene el Gobierno sueco es que no va a haber una diferencia entre las ciudades y las áreas rurales.

La conectividad sí conduce a romper el tabú de que la educación es un derecho solo de quienes acceden a las escuelas y universidades, o peor aún, que sólo es un privilegio de los infantes y de los jóvenes.

Claro que el tema es más extenso y complejo de lo que podemos explayar en estas líneas, pero, ya vemos que las soluciones a todos los problemas del subdesarrollo, o que a él nos atan, sí están a nuestro alcance. De nosotros depende estrechar la brecha que los desenfocados pretenden cerrar con arengas incendiarias y con guijarros. Buscar meramente los alivios económicos, sin concienciarnos de la indispensabilidad de la educación fundamental y para todos, es consumirnos en la dependencia sempiterna, en el paternalismo recurrente, en la castración de nuestras iniciativas y de nuestros talentos; es prohijar la corrupción y, con ello, afianzarnos en la antesala del estéril y requemado socialismo. Mil gracias.

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Este artículo se publicó el 14 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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