La planificación de la investigación

La opinión de…

Delia A. De Castro D.

La natural evolución de instituciones jurídicas producto del conocimiento de mejores prácticas que se dan en otros países obliga a dejar de ver el proceso penal como un simple conjunto de procedimientos seguidos uno de otro, dirigido a que se determine si corresponde o no imponer una pena, y apreciarlo, en consecuencia, como un asunto estratégico en el que los litigantes seleccionan los mecanismos jurídicos de actuación más adecuados, luego de verificar la situación en concreto que se presenta, las alternativas posibles de solución y sus probables consecuencias.

Esa actuación estratégica que a los abogados no nos enseñan en las aulas universitarias, sino que se aprende en la práctica, caso a caso, será todavía más relevante en el marco del Sistema Acusatorio, en el cual quien resulte triunfador en un juicio, no podrá estar apoyado en un expediente o en una serie de diligencias preconstituidas, sino que debe convencer al juez o los jueces que tomarán la decisión final de que los hechos que plantea se ajustan a las normas de derecho, en razón de la prueba que se practica en su presencia y con la intervención de la contraparte.

Todo ello alejado de prácticas corruptas y de intervenciones externas a la relevante misión de administrar justicia.

Conforme al nuevo modelo el sistema tendrá tres fases: investigación, intermedia y juicio oral, pero para garantizar una buena actuación en esta última, es necesario planificar desde el inicio.

La fase de investigación es aquella en la que se realizan averiguaciones para determinar si se dio un delito e identificar a sus posibles autores o partícipes con miras a llevarlos a responder en juicio.   El fiscal, quien la dirigirá, será auxiliado por los organismos de policía.   Así, Ministerio Público y Policía Judicial deben actuar como un equipo que define estrategias, respetando el rol de cada uno, fortaleciendo la coordinación interinstitucional, compartiendo sus experiencias y conocimientos en materia de persecución criminal con respeto de los derechos humanos y plena vigencia del principio de legalidad.

El cambio fundamental que debe darse en este aspecto, es pasar del ritualismo y la improvisación que se presenta en algunos casos, a la planificación en todos los procesos. Es superar la lógica de la tramitación y recopilación de información, de manera desordenada y sin claro sentido, en beneficio de la lógica de investigar de forma metodológica.

Planificar la investigación permite que éstas tengan un desarrollo más ordenado y sistemático, dándole a esta primera fase del procedimiento un rumbo cierto, a efectos de facilitar la obtención de resultados más precisos, incluso, para determinar cuándo un caso no constituye delito o debe ser aplicado un mecanismo alternativo de solución del conflicto como la mediación.

Bajo este modelo, se tiene como punto de partida la adecuación del hecho denunciado, querellado o conocido por las autoridades de oficio, a un tipo penal específico, de forma que se puedan probar luego cada uno de sus componentes (autor, víctima, conducta cometida, mecanismos de ejecución, bienes afectados, si se actuó con dolo o culpa, así como si se presentan agravantes o atenuantes). Toda esta información generará la hipótesis delictiva, es decir, lo que el litigante considera que ocurrió al reconstruir la historia de un probable suceso delictivo, que contribuirá luego a fundamentar su teoría del caso.

De esta forma se recaban elementos de convicción estrictamente relacionados con el delito en particular y, por ende, la prueba que luego se produce es más útil y pertinente al caso concreto. Se ahorra tiempo y dinero, se protegen garantías fundamentales al tiempo que se logra mayor eficiencia en la persecución de las conductas violatorias a la ley penal.

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<> Este artículo se publicó el 14 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.
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Importancia de estudiar geología

La opinión de…

Alberto Caballero

Analizando artículos que hacen referencia al rescate de los 33 mineros chilenos, pude establecer que esta hazaña fue posible gracias al profundo conocimiento geológico de la zona, a la participación interdisciplinaria, a la voluntad política del Gobierno, así como de la alta tecnología puesta a disposición del equipo de rescate. No se desestima el apremio del pueblo, que dispuso la vida como prioridad. Esta proeza, sin duda, a legos y especialistas causó gran admiración y respeto.

Aunque no existe, necesariamente, un paralelismo entre la geología chilena y la nuestra, el salvamento de los mineros se debió quizás al hecho de que los técnicos a cargo del rescate mayoritariamente eran chilenos; conocían y tenían los planos de la zona. Es claro que toda actividad ligada al sector de la geología constituye un trabajo de alto riesgo y representa un reto para el ingenio humano.

Actualmente, nuestro país debate la explotación de las minas de oro y cobre entre otras. Lo que a nuestro entender aumentaría el producto interno bruto, la empleomanía de las áreas involucradas, amén de otros beneficios sociales.

Por ello, considero que la cuestión se debe centrar en lograr que el Estado reciba un mayor beneficio, controles rígidos en la extracción y el manejo del recurso. Para ello es necesario incrementar la participación del personal nacional idóneo, lo cual debe establecerse como prioridad. Esto nos alerta de la necesidad de formar geólogos a nivel local, los cuales se insertarían en los diferentes proyectos nacionales.

Estos estarían involucrados en la exploración de recursos minerales, hidrológicos y energéticos, en la planificación de la construcción de obras civiles como las del Canal y el metro, entre otras; participarían en la gestión del riesgo, sobre todo geológico y en la gestión del ambiente. En este sentido, la Universidad de Panamá ha creado la carrera de ingeniero geólogo, el cual no solo cumplirá con el perfil citado, sino que estará preparado para los nuevos retos que plantea el ser geólogo.

Ello implica la participación del mismo en la elaboración de mapas geológicos, geoantrópicos, de suelos y de riesgos geológicos a escalas apropiadas. Por último, su involucramiento en los estudios de cambio climático y en la posibilidad del almacenamiento del dióxido de carbono, como un paliativo. No dejan de ser interesante, a nivel nacional, los estudios paleontológicos. Estas actividades son importantes, sobre todo en la planificación del uso de suelo.

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<> Este artículo se publicó el  20  de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Sobre censo e inundaciones

La opinión del Escritor…

Guillermo Sánchez Borbón

Ya no recuerdo exactamente cuándo, ni por qué entré a trabajar en la oficina que preparaba el censo de 1950, el primero rigurosamente científico que se realizaba en Panamá. Trabajábamos todos (técnicos y nosotros los burócratas) en una oficina enorme.

Nuestras jefas Carmen Miró y Ana Casís eran, como es natural, las únicas empleadas que tenían oficinas propias.   Todo el éxito de esta empresa se debe a estas dos mujeres extraordinariamente competentes.

Mis funciones eran bastante vagas. Un día enriqueció nuestras filas el gran pintor Eudoro Silvera (sus funciones eran muy precisas y tenían que ver con sus extraordinarios talentos y habilidades). Tengo que decir que todos trabajábamos arduamente, pero que nos divertíamos como locos en los pocos ratos libres que teníamos.

Trabajaba en el Departamento de Relaciones Públicas un conocido periodista que tenía la costumbre de escupir continuamente. Todos nos hacíamos los desentendidos, porque era una bella persona y un funcionario muy competente. Excepto Silvera, a quien este tic sacaba de quicio. Y un buen (o mal) día estalló, y escribió una nota que empezaba, más o menos, así:

“El Departamento de Higiene Pública, considerando que Fulano de Tal tiene la costumbre asquerosa de escupir continuamente”;

“Que en la actualidad azota a Panamá una severa epidemia de poliomielitis”;

“Que la saliva puede ser una de las principales fuentes de contagio”;

“Que el funcionario Fulano de Tal tiene la antihigiénica costumbre de esparcir continuamente, a diestra y siniestra, su saliva, seguramente portadora del terrible mal”;

“Resuelve”:

“Exhortar, como en efecto se exhorta al mencionado funcionario que se aguante las ganas de escupir en horas hábiles para hacerlo a gusto en su casa, cuando haya completado su jornada de trabajo en horas hábiles”.

“Dado en la ciudad de Panamá a los tantos días del mes tal de 1950”.

El periodista tomó muy a mal todo esto y me llenó de improperios acusándome de ser el autor de esta broma. Estaba tan enojado, que no me atreví a revelar quién era el verdadero responsable del desaguisado.   Y no volvió a hablarme.   En cambio, siguió manteniendo buenas relaciones con Silvera.

La historia del periodista hubiera debido terminar en este punto, pero no fue así.

Un día fue a Estados Unidos, donde, en una clínica famosa, lo aliviaron para siempre de la sordera. Supongo que a los  cirujanos se les fue la mano, porque cuando regresó a Panamá oía mejor que la persona más hiperestésica del mundo.

Al principio estaba contentísimo, pero desgraciadamente el hombre no fue hecho para una felicidad duradera.   Pronto nuestro periodista empezó a oír más de la cuenta. Y los ruidos de la calle, el ruido de un moscardón, los pasos sigilosos de una hormiga resonaban en sus oídos como cañonazos.

Escribió a su cirujano para que le devolvieran la sordera, porque el insomnio lo estaba matando. Pero el cirujano le respondió que eso (al menos en ese tiempo) era imposible. Y le formuló una pregunta muy pertinente: “si era feliz con su sordera, ¿por qué se operó?”.

A todo se acostumbra uno, aun a la hiperestesia. Aunque nuestro periodista nunca se consoló de que le hubieran devuelto su oído.


A medida que se acercaba la fecha del censo, empezaron a darnos cursos intensivos sobre el papel que nosotros íbamos a desempeñar; uno de esos cursos era para que se los retransmitiéramos a los empadronadores.   A mi hermano Rodrigo y a mí nos enviaron a Bocas del Toro, nuestra provincia natal. A mí me asignaron la zona bananera. A mi hermano Rodrigo el resto de la provincia, incluyendo las regiones indígenas. Nuestro general en jefe era una persona sobremanera capaz, inteligente y responsable, que andando el tiempo fue ministro del gobierno de Omar Torrijos.

La primera crisis se presentó en cuanto llegamos a Bocas del Toro. Entre los indígenas se había corrido el rumor de que nuestra misión en realidad era reclutarlos para que fueran a pelear a la guerra de Corea, que a la sazón tendría unos seis meses. Costó Dios y ayuda convencerlos de que nuestras intenciones no podían ser más pacíficas, tarea en la que nos ayudaron decisivamente los guaymíes que habían hecho su escuela primaria en la cabecera de la provincia. Y logramos superar la crisis.

De acuerdo con nuestras instrucciones, lo primero quehice fue darles unos cursos de preparación a quienes iban a ser los empadronadores en nuestra provincia. En una jornada relámpago les expliqué –lo mejor que pude– el trabajo de campo que les tocaba hacer.

Y llegó el gran día. Con la ayuda del equipo rodante de la empresa bananera –solicitado por el Gobierno Nacional– distribuimos a nuestros empadronadores por los poblados y villorrios de la zona. Todos estaban en sus puestos de trabajo a las 7:00 a.m. Yo tenía un carro de línea, que la empresa puso a disposición del censo. Con él recorría el área, asegurándome de que todos nuestros empadronadores estuvieran en sus respectivos puestos de trabajo. De cuando en cuando absolvía sus dudas.

Todo marchaba sobre ruedas. Al rato noté que uno de los empadronadores no se había movido de la primera casa de las varias que le habían asignado. Soy tan mal pensado, que mi cerebro se llenó vertiginosamente de levantes y otros percances. Cuando volví a pasar, casi al mediodía, el hombre no se había movido.

Fui a ver qué ocurría. Muy orgulloso, el empadronador me mostró el fruto de su trabajo. El hombre no sólo había anotado los nombres de las personas que vivían en esa casa, sino los de todos sus parientes, vivos y ya finados, hasta donde alcanzaba la memoria de los empadronados.

Soy un tigre en aritmética. Calculé que a ese ritmo terminaría dentro de dos años, y mis exigentes jefas habían ordenado que todo estuviera listo a las 5:00 p.m. o 6:00 p.m. (no recuerdo la hora exacta). Le expliqué al empadronador que su trabajo consistía en contar a los vivos que estuvieran presentes, y que dejara a los muertos en paz (ninguno de ellos iba a protestar porque lo pasaran por alto). Y lo acompañé a la siguiente casa donde yo mismo –en un dos por tres y en su presencia– empadroné a sus ocupantes.

Pese a esos percances, censamos a todos los habitantes de la provincia y sus vacas (porque era un censo agropecuario). Aunque hubo ciertas dificultades. Una de las preguntas que era preciso hacerles a los empadronados era la clase de servicio higiénico que tenían.   Han pasado 60 años desde entonces y, por supuesto, no recuerdo todas las respuestas. Ello no obstante, se me quedó indeleblemente grabada ésta, también anotada por un censor bocatoreño:   “Servicio: de agua, directo al mar”.

Mis jefas no habían sido bendecidas (o maldecidas) con mi sentido del humor, y no le encontraron ninguna gracia a ésta y otras respuestas.

Nos tambaleábamos de crisis en crisis. Un censo, para que sea fiel a la realidad, debe hacerse en un solo día en todo el país. Pero no contaban con la madre naturaleza. Los ríos en nuestra patria tienen un siniestro sentido del humor. En los momentos más inoportunos les da por desbordarse. El censo en Darién (al menos en uno de sus distritos) no pudo realizarse porque a los ríos más malhumorados les dio por salirse de madre precisamente ese día. No hubo más remedio que posponer el evento hasta que la madre naturaleza se calmara.

Cuando las aguas volvieron a su nivel, nos enviaron al licenciado Noel Morón Arosemena y a mí para que dirigiéramos el censo en ese distrito desfigurado por la inundación. Los dos estábamos muy jóvenes y llenos de brío, y no nos dejamos intimidar por la misión imposible que nos asignaron nuestras jefas. Tampoco nos dejamos intimidar por esperadas (e inesperadas) dificultades de orden práctico, que tendré que contarte el próximo sábado, porque noto que me he quedado sin tiempo y sin espacio.

 

<> Este artículo se publicó en dos entregas,  el 18 y el 25 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

El notariado electrónico es una necesidad

La opinión de…

Augusto Ho

En las últimas semanas hemos escuchado y leído diferentes noticias respecto a la figura del notario público.   La mayoría se refieren a la escogencia y fiscalización de éstos; a nuestro parecer, ese es un tema estrictamente político. Para empezar, no perdamos de vista que la figura del notariado en Panamá está regulada en el Código Civil que data de 1917.   Por motivos históricos, esta legislación se nutre de la legislación colombiana y española, que poco o nada ha cambiado desde su promulgación.

En la actualidad, los instrumentos públicos (escrituras) conservan su estructura de siempre: en papel. Por su parte, el Registro Público ha hecho cambios trascendentales en la última década;   pasamos de una etapa de microfilmado de documentos (vigente desde la década de 1970) a un registro digitalizado. A pesar de los avances obtenidos a la fecha, lo curioso de la actual función registral (destino final de las escrituras públicas) es que se trata de un sistema que consideramos lo suficientemente moderno y seguro, estructurado y preparado para recibir y registrar: …papel.   En otros términos, el sistema de registro se ha adecuado a una antiquísima forma de contener información en escrituras públicas. A nuestro entender, en la sociedad de la información y del conocimiento, esa fórmula es inconcebible, por decir lo menos. No podía esperarse otra cosa, si seguimos bajo el imperio de una norma positiva de más de 90 años.

Hoy día, la sociedad se aboca a abandonar el uso de documentos en papel y migra al documento electrónico, en cualquier ámbito. La realidad exige un cambio en las funciones notariales, en la confección de las escrituras públicas y en la forma de otorgar fe pública; por ende, en la forma de registrar instrumentos públicos.

Entre otros servicios notariales, resaltan las certificaciones de comparecencias, los actos sucesorios, cotejos y preservación de documentos originales que, por disposición de ley, le corresponde al notario. Estas, también deberán evolucionar ante el incremento en el uso de documentos electrónicos.

La otrora confianza en los actos mercantiles o de otra naturaleza, no debe desaparecer con el cambio de una realidad material a una electrónica; por el contrario, somos de la convicción de que la tecnología es sinónimo de transparencia, tanto en actos privados como en la función pública y ¿por qué no?, también debería serlo en los servicios que brinda un notario. Una reforma en la forma como se prestaría el servicio notarial no debe desconocer la figura y los servicios del notario tradicional, y sí debe considerar llevar su reconocimiento y prestigio legendario a un nuevo plano: el electrónico.

Históricamente la autenticidad de un documento tradicional se ha resuelto con el uso de una firma autógrafa, mientras que en un documento electrónico la autenticidad, la confidencialidad y la integridad se solucionan con el uso de tecnología llamada criptografía; ésta tiene una multiplicidad de aplicaciones relacionadas con la protección de la información financiera, la privacidad, la propiedad intelectual e industrial, la seguridad pública e inclusive la seguridad nacional.

El desarrollo de nuevas realidades sociales, enmarcadas en el entorno virtual y electrónico, exigen nuevos agentes; esta nueva realidad dará lugar a que los niveles de confianza existentes deban reforzarse y presentarse no solo en actuaciones del comercio electrónico, sino en todos y cada uno de los desempeños del ciudadano común.

Ese nuevo agente ha recibido diferentes denominaciones: Terceros de confianza, fedatarios informáticos, “cibernotarios”, notarios electrónicos, entre otros.

Sería comprensible que los notarios consideren a la tecnología como un rival en sus funciones. La marcada precisión, confiabilidad y transparencia en el uso de tecnología pareciera desplazarlos. Históricamente la figura del notario humano ha gozado de la confianza tanto de ciudadanos e instituciones públicas y privadas; ello le otorga los créditos necesarios y justificados para trasladar al ámbito electrónico o digital un buen número de funciones que recaen en el notario humano. Este nuevo tipo de notario es el llamado a desarrollar el entorno de confianza adecuado que garantice la seguridad y la fiabilidad del comercio a través de internet, así como de tantos otros actos en donde tradicionalmente intervenía el notario humano, solo que tomando en consideración el nuevo enfoque electrónico al que se ha trasladado el escenario social actual.

La existencia de métodos para sellar, acreditar y certificar electrónicamente no debe ser motivo para obviar ni segregar la figura del notario humano; esta institución ha calado por años en nuestras sociedades y consideramos que la llegada de la tecnología informática no es incompatible con sus funciones ni con su estatus.

<> Este artículo se publicó el 16  de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

La panacea de los destituidos

La opinión del Educador…

 

Bertilo Mejía Ortega

En nuestra cultura política se observa que cada vez que un gobierno llega al poder muchos son los funcionarios destituidos.   El entrante barre con lo que ha nombrado el saliente, y más de esos, porque inclusive la olla se le voltea a muchos de los que se creen protegidos por décadas de servicios eficientes.

Ello obedece a varios factores, entre ellos, la indubitable realidad del clientelismo político, la captación de adherentes circunstanciales u ocasionales, así como la falta de voluntad política para hacer de la carrera administrativa un instrumento que garantice la seguridad en el cargo a aquellos funcionarios que por su larga y eficiente trayectoria deben seguir rindiendo frutos al servicio público.

Ante esta circunstancia, los servidores del Estado nunca deben sentirse indispensables, y, muy por el contrario, asumir los riesgos que implica ponerse al servicio de una institución pública que está en manos del gobernante de turno, quien recibe presiones de los grupos que lo llevaron al poder, para utilizar la burocracia como respuesta a sus muy particulares intereses.

Cuando ese huracán político explota no hay funcionario que escape a la mira de los políticos de insaciable apetito. Los servidores públicos deben hacer el recomendable ejercicio de que la posición es efímera y que podría durar lo que tardaría en llegar el reclamo del cargo para los activistas del interesado.

También deben estar convencidos de que a la hora de estos oleajes de serruchadera no valen créditos y méritos, y que la partidocracia se impondrá con la influencia que da el poder, gracias a Dios, transitorio.

Conviene estar preparado para cuando llegue el cataclismo político, y aceptar la lanzada como un reto para empinarse ante las circunstancias y proyectar iniciativas que, a lo mejor, dependiendo del esfuerzo y la perseverancia se conviertan en la oportunidad brillante para avanzar con esfuerzos propios hacia la satisfacción de sus necesidades.

En lo personal, me tocó experimentar el trago amargo de una destitución por razones políticas en el año 1994.

El gobierno del presidente Guillermo Endara, por encargo personal de la entonces ministra de Educación, Ada Luz de Gordón, me había nombrado director nacional de Educación, y cumplido el período, correspondió al Dr. Ernesto Pérez Balladares el ascenso al poder, quien nombró como ministro de Educación al Dr. Pablo Thalassinos.

Dos días después de instalado el Partido Revolucionario Democrático en el poder, fui destituido del cargo luego de 27 años de servicios en el ámbito de la educación oficial y particular.

Una vez botado regresé a la provincia de Chiriquí, específicamente a la ciudad de David. Junto a mi esposa, profesora de matemáticas que había soñado siempre con una escuela bilingüe, fundamos la Escuela Bilingüe Divino Niño Jesús, en la que fui su primer director, y la que hoy, dirigida por ella, ha alcanzado envidiables niveles de aceptación y prestigio.

A las pocas semanas de reinstalado en la provincia, tuve la feliz oportunidad de negociar con un norteamericano una propiedad que había adquirido en el oriente chiricano, lo que me permitió otro avance significativo en el manejo de las finanzas particulares.

Posteriormente adquirimos una finca en San Andrés de Bugaba, otra en el área de Chiriquí oriente, y otra en las cercanías de David. Los bancos nos abrieron puertas y pueden dar fe de la clase de clientes que hemos sido.

Gracias a esa destitución, hoy me siento altamente satisfecho y orgulloso de haber agarrado el toro por los cuernos en el momento que tenía que hacerlo, y de avanzar en la senda particular por la parcela de gloria que todos anhelamos.

¡Trabajar es vivir!

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<> Este artículo se publicó el 16 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Capital social panameño

La opinión de…

Eduardo Espino López

Algo no anda muy bien en nuestro país cuando conductas y hábitos como los enumerados a continuación se apoderan de la convivencia diaria, veamos:

1. Espectáculos públicos pésimamente organizados con dos y tres horas de retraso, falta de orden al entrar y apoderamiento de los puestos de más valor por quienes no pagaron por ellos; balaceras a la salida del evento y tranque vehicular descomunal, porque a “alguien” se le “olvidó” abrir las puertas de salida o “se quedó la llave”.

2. Murmullos y tertulias continuas en varias bibliotecas universitarias, sin consideración a quienes están realizando un trabajo de investigación. No hay autoridad para llamar al orden.

3. En congresos, seminarios, simposios o conferencias de lugares lujosos y frente a invitados internacionales, los asistentes se levantan hablando en voz alta sin parar, interrumpen el paso en la salida y entrada, hay una ruidosa competencia a ver quién llega primero a comer y se sirven los refrigerios a horas no contempladas en el programa; expositores que se pasan más de media hora de su tiempo e inicio con dos horas de retraso, porque es “a la hora panameña”.

4. Personas que usan siete veces a la semana, o más, los servicios de salud pública.

5. Reuniones de vecinos de una propiedad horizontal que se efectúan a la tercera convocatoria y acude solo el 5% del total de los propietarios; área sociales vacías, poca participación en actividades comunitarias; críticas malsanas a quienes salen a asumir responsabilidades y discusiones extensas en las asambleas de vecinos sobre temas insustanciales sin llegar a ningún compromiso concreto. También alta morosidad de cuotas de mantenimiento.

6. Indiferencia ciudadana generalizada, pésima atención en oficinas públicas y privadas, incumplimiento reiterado de compromisos, desconfianza y descalificación a priori a las opiniones de las demás personas. Miedo a opinar y pereza para debatir y trabajar en grupo.

7. Empleadas domésticas que roban, mienten y trabajan con desgano, siendo necesario contratar entre 55 y 60 diferentes empleadas al año, para realizar las labores más elementales de un hogar. Cuando se van, cobran lo que no han producido y se llevan lo que no deben.

8. Vandalismo estudiantil y padres que lo apoyan, porque “en otras escuelas han hecho lo mismo y no les hicieron nada”.

9. Queremos “marea roja” invicta en sus presentaciones deportivas, pero sin permitir una sólida trayectoria de talentos gracias a egoísmos estrechos.

Así mismo, encontrar un trabajador para que coloque una tuerca es una proeza en este pequeño pero difícil país, cada vez más violento y fétido de basura. Todo este repertorio de comportamientos al que estamos ya acostumbrados y al que reaccionamos, en mayor o menor frecuencia, de la misma manera hasta los más diligentes ciudadanos, indica que hay un paradigma mental compartido con certeza entre los panameños: “lo que haga o deje de hacer dará lo mismo”.

Y es que en Panamá no prevalece el esfuerzo y el mérito en cualquier labor o actividad; ni la transparencia como principio rector de los actos de una cada vez mayor proporción de personas indisciplinadas y despreocupadas (con o sin títulos universitarios). En esto ha influido mucho la manera como se relacionan la sociedad y el Estado, a través de la política.

Lo informal y el personalismo–amiguismo toman un carácter muy prominente, permeando las conductas sociales en nuestro medio. Este clima de tolerancia a lo chabacano y ordinario e intolerancia y envidia a los que buscan destacar por sus esfuerzos, hacen de Panamá un pobre país rico; en el que un creciente porcentaje de su población vive desconfiando de todo y trata de sacar provecho con el mínimo esfuerzo. Todo esto propiciado por un clima institucional endeble y falto de ecuanimidad que fluctúa entre la improvisación, la impunidad y la represión de las libertades.

El capital social es la red de apoyos voluntarios a nivel de la sociedad, su nivel general de educación y cultura, así como la capacidad global de los ciudadanos junto a sus instituciones políticas de fomentar el trabajo comunitario para fines productivos específicos; preservando las iniciativas individuales de provecho común que al final de cuentas es lo que hace que una nación supere las dificultades que se le presentan.

La psicología del “juega vivo” obra en contra de lograr el pleno desarrollo de los potenciales de Panamá: los miles de millones que genera el Canal y su ampliación, las tierras revertidas con sus multimillonarios precios y la economía transitista. El “pro mundi beneficio” de nuestro lema patrio es en la práctica servir para que otros se sirvan de nuestra nación, a través del Estado.   Es que el factor humano o el capital social en nuestro país parece estar en proporción inversa a la cantidad de dinero circulante.

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<> Este artículo se publicó el 15 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Un clima nuevo para Panamá

La opinión de…

Adrián Benedetti

Acostúmbrense, el calor no va a parar. Actualmente hay 8 mil millones de toneladas de CO2 en la atmósfera del planeta. En 1956 había entre mil millones y 2 mil millones. Estas moléculas demorarán alrededor de 3 mil años en ser absorbidas, si todos los países del mundo paran de emitirlas mañana.

Es sentido común, si le añades más leña a un fuego crearás un fuego que no vas a poder controlar. En este caso, el CO2 es un gran pedazo de leña.

Aunque Panamá no emita mucho CO2, en comparación con los países industrializados, no puede ignorar la realidad de que el clima seguirá cambiando en el futuro. Por esta razón es importante desarrollar planes de adaptación que puedan reducir nuestras pérdidas socio-económicas y biológicas ante lluvias más fuertes y temporadas secas más prolongadas.

Pero primero, ¿qué es “adaptación?”. Son ajustes que se pueden realizar a sistemas humanos o naturales en respuesta a los cambios actuales o esperados del clima, los cuales moderan los daños o explotan oportunidades benéficas. Un ejemplo de una estrategia de adaptación sería empezar a manejar nuestros ríos a un nivel de cuenca. De esta manera disminuiríamos los daños a comunidades e industrias, causados por las continuas inundaciones que ocurren anualmente en Panamá.

Para tener cuencas saludables se requiere de un esfuerzo interdisciplinario que debe involucrar a múltiples entidades del Gobierno y la sociedad civil durante el periodo de planificación y ejecución. Hay que realizar planes holísticos que incluyan programas sociales, económicos y ambientales.

Dragar los ríos cada año y seguir canalizándolos artificialmente son parches temporales que nunca lograrán una solución a largo plazo.

Por ende, antes de empezar a gastar un solo centavo en macro proyectos de mucha infraestructura hay que promover estructuras de gobierno que fomenten confianza, participación y aprendizaje, ya que todo esto mejorará la capacidad de adaptación de una población.

Las políticas que genera un gobierno pueden reducir la capacidad social para la adaptación. Por ejemplo, políticas que centralizan poderes refuerzan las tendencias de personas de buscar que otros les resuelvan sus problemas. Estos enfoques reducen las oportunidades de aprendizaje e innovación de una población y aumentan la cultura de dependencia.

Por ejemplo, para atender las inundaciones, la Autoridad Nacional del Ambiente, el Ministerio de Obras Públicas, el Sinaproc, el Idaan, la Autoridad de los Recursos Acuáticos de Panamá, las ONG, los municipios y los miembros de las comunidades afectadas deben trabajar en comisiones de cuencas. Estas deberán desarrollar planes de manejo de corto, mediano y largo plazo en los que se asegure que el cuidado de los ríos y sus sistemas naturales son uno de los ejes principales de desarrollo.

Muchos de los retos sociales, ambientales y económicos que actualmente enfrenta Panamá requieren sistemas de gobierno más ágiles, transparentes y participativos, que permitan dar respuestas prácticas y eficientes.

El desarrollo de vías claras de comunicación entre comunidades y entes de gobierno facilita el diálogo, el debate y el respeto mutuo. Ante todo, es vital cultivar un ambiente de confianza y de cooperación desinteresada. Esto solo se logrará dentro de un marco socio–político descentralizado que comparte responsabilidades.

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<> Este artículo se publicó el 15 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.