Ocaso o vigencia de la universidad pública

La opinión del Ingeniero Agrónomo….

PEDRO RIVERA RAMOS
pedrorivera58@hotmail.com

La educación, como fenómeno social históricamente dependiente de las condiciones materiales de vida de las sociedades humanas, ha ejercido un rol decisivo en el desarrollo del progreso social. Ella representa una de las funciones más importantes que realiza la sociedad, porque en su acepción más amplia, es la responsable de todas las influencias y cualidades que, durante toda su vida, han de recibir los individuos que componen a ésta. Mientras ya en su significado más particular, como un proceso organizado y dirigido conscientemente, la educación tiene como misión la formación integral y objetiva de los ciudadanos, es decir, el desarrollo pleno de sus capacidades intelectuales, físicas y espirituales, sus convicciones, carácter, rasgos morales e inclinaciones estéticas. De ese modo y casi desde la misma existencia del hombre sobre la Tierra, la educación ha servido para la ‘liberación de la ignorancia’, la formación moral y cultural, la destreza para la guerra o la incorporación a la vida política de las sociedades.

Con el nacimiento de las universidades medievales entre los siglos XII y XIII, aún cuando éstas surgen marcadas por una fuerte orientación religiosa y escolástica, el interés por el conocimiento y la sabiduría sobre el mundo que nos rodea y sobre nosotros mismos, va a adquirir una dimensión mucho más sistemática y generalizada. Esto no fue solo cierto para las primeras universidades europeas, sino para todas aquellas que ya en tierras latinoamericanas y a partir de 1538, con la Universidad Autónoma de Santo Domingo, fueran fundadas por la Corona Española. Es así que desde muy temprano y en esta parte recién conocida del mundo, que se le empezó a conceder a la educación, particularmente a la que se recibía en las universidades, una importancia vital en el desarrollo humano y económico de los pueblos.

Hoy nadie pone en tela de duda el extraordinario papel que desempeña la educación superior en el progreso y avance de las sociedades modernas. Tampoco resulta fácil aventurarse a considerar el llamado ocaso o decadencia de las universidades (sobre todo si son latinoamericanas, caribeñas y públicas), basándonos en estrechos e insostenibles argumentos sobre la falta de competitividad, de iniciativa emprendedora o como resultado de las ventajas de la Internet y de las nuevas modalidades y formas que en la actualidad han adquirido esos estudios. Las universidades fueron el principal y a veces único recinto que, desde la antigüedad, sirvieron a esta educación como el cobijo vital, le proporcionaron el aliento necesario para gestar su hogar más íntimo, para echar raíces firmes y perdurar, como lo hace, en los avatares del tiempo.

Naturalmente que es justo reconocer que los cambios que se han producido en el último medio siglo en todos los órdenes de la vida social y económica del mundo, han repercutido en uno u otro sentido en todas las universidades. Sin embargo, ninguno de ellos puede ser interpretado como razón suficiente para una extinción paulatina de las universidades. Todo lo contrario. Las universidades han demostrado tener la capacidad, la vitalidad y la fuerza organizativa necesarias, para asumir todos y cada uno de los desafíos a los que se enfrenta o ha de enfrentarse. Ellas (las universidades públicas por supuesto), no representan una institución más dentro del resto de instituciones o empresas que distinguen a un país. Son, por definición, un centro cultural, intelectual, educativo y orientador de la vida nacional. De allí que, a fin de cuentas, las transformaciones que las universidades reclaman y sus pueblos les exigen, solo pueden estar dirigidas a su renovación permanente, nunca a su desaparición o muerte.

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<> Este artículo se publicó el 19  de diciembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
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