Jack Shea y la invasión de 1989

La opinión del Comunicador Social….

 

ERNESTO A. HOLDER
ernestoholder@gmail.com

Hoy es 20 de Diciembre. Hace 21 años en esta fecha, se dio una de las violaciones más flagrantes de nuestra soberanía como nación, cuando los Estados Unidos irrumpen en territorio nacional con el pretexto de adelantar una ‘Causa Justa’ para derrocar a Manuel Antonio Noriega. Veintiún años después nadie sabe a ciencia cierta cuántas personas murieron o permanecen desaparecidas.

Los que tenemos un recuerdo claro sobre los fatídicos incidentes tenemos nuestra propia historia sobre cómo se desenvolvieron los hechos a nuestro alrededor. Los que lo apoyaron contarán bondades y tendrán recuerdos gratos sobre lo que consideran una liberación. Los que perdieron a sus seres queridos, mantienen un vacío indescriptible. Comparto con ustedes parte de mis vivencias y recuerdos sobre aquellos días que no debe olvidar ningún panameño.

Al mediodía del 19 de diciembre de 1989, salía de la sucursal del IRHE en Balboa cuando sentí la necesidad de mirar hacia el cielo. Observé un avión militar Hércules C-141 que aterrizaba en dirección a la base área de Howard con un silencio anómalo.

Regresé a mi área de trabajo y me encontré con mi compañero y amigo ya fallecido, Jack Shea, un veterano camarógrafo de la guerra de Vietnam. Muchas personas no tomaban en serio a Jack.   Era alcohólico, muchas veces impertinente y sufría internamente los dolores y desavenencias de la guerra que le tocó fotografiar y filmar. Había fotografiado los cadáveres de muchos de sus amigos que habían muerto en el campo de batalla.

Como siempre había ido a su casa a almorzar. Se asustó cuando, entre arbustos y matorrales alrededor de su casa, reconoció los cuerpos de soldados camuflados.   Habían sido dispuestos para proteger a los americanos que vivían en el área.

Jack se acercó y se presentó como el sargento mayor retirado John Shea Jr., de la compañía tal más cual, del ejército de los Estados Unidos. Un teniente devolvió la presentación. Conversaron como camaradas de guerra y sentimientos y al despedirse le dijo a Jack que tuviera cuidado: ‘Tonight we are going to kick some ass’ (‘esta noche patearemos algunos culos’).

Me dijo que no sabía qué iba a pasar, pero que también tuviera cuidado. Como a las 2:30 de la tarde, el supervisor gringo convocó una reunión urgente. Nos dijo en inglés: ‘hagan lo que hagan hoy, no entren a la ciudad y no anden por la central’, y que nos retiráramos a nuestras casas.

Estos tres eventos, el H-C 141, el comentario de Jack y las indicaciones de mi supervisor norteamericano, más que cualquier otro evento que había sucedido antes y que me permitió observar y analizar las reacciones de los gringos con los que trabajaba, me alertaron sobremanera de que, en esta ocasión, algo serio y muy grave estaba por ocurrir.

Sentí la urgente obligación de alertar a mis seres queridos. En un mundo sin correos electrónicos, computadores y celulares hoy parece una tarea verdaderamente difícil. Fui a la Universidad de Panamá, y les compartí a apreciados amigos lo que había conocido minutos antes. Tres fueron receptivos, uno de ellos mostró escepticismo. Hice dos llamadas, una de las cuales tenía la intención de alertar a muchas personas, con el fin de evitar algún suceso inesperado. La otra tenía el potencial de expandir el mensaje por Santa Ana, lugar en donde pasé algunas épocas de mi vida.

En la página 172 de El Libro de la Invasión, escrito por Pedro Rivera y Fernando Martínez, Gumercinda Ramea de Torrero relata que: ‘El 21 todavía el cuerpo de mi hijo estaba tirado en la calle. Pachi, un joven muy amigo de mi hijo, me vio llorar y fue a la Cruz Roja. Cuando volvió me dijo $< $< Señora Mami busque una sábana, porque lo vamos a llevar al Jardín El Rancho. Allí lo recogerá un pick up de la Cruz Roja$>$>. (…) Escribí su nombre en un masking tape para que lo llevaran a la morgue…’.

Un halo mordaz e incierto ha cubierto muchas verdades sobre la invasión de 1989, sobre el patriotismo y la entrega de muchos de los que lucharon y se expusieron por el país.   Sobre los que perdieron seres queridos. Hay muchas historias, muy dolorosas, que no tienen nada que ver con Noriega. Aún persiste un desdén por los que vieron la invasión como una ocupación extranjera a nuestro territorio.

Jack Shea quiso mucho a Panamá. En 1981 sufrió la muerte del general Torrijos. Se vistió de saco y corbata para hacer acto de presencia en su funeral en la plaza Catedral.   Nunca hubiera querido que el dolor de la guerra, el sufrimiento y los fantasmas que él sufrió hasta su muerte, acecharan a la familia panameña. Es hora de reconocer la verdad de lo ocurrido.

 

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<> Este artículo se publicó 20  de diciembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
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