Una gran mujer llamada Cucu

La opinión de la Jurista y Ex Diputada de la República….

 

MIREYA  LASSO
mireyalasso@yahoo.com

Se trata de mi madre y madre de mis cinco hermanas. Nos dedicó su vida, consagrada por entero a criarnos hasta que encontramos nuestro propio camino guiadas por el carácter y la moral que aprendimos de ella. En compañía de mi padre, hoy —gracias al Señor— la tenemos con nosotras para conservarla como la joyita más preciada y retribuirle todo lo bueno que hizo por sus seis hijas. Nos educó con su ejemplo y con el sabio consejo que nacía de su innata inteligencia. Hoy, cuando se tiende a valorar a la mujer solo por las destacadas funciones que pueda desempeñar en su vida pública o profesional, mi madre, Cucu, no necesitó llegar a ser primera dama ni ministra ni regentar grandes empresas para ser la Gran Mujer que goza de la admiración de sus hijas, de su compañero de vida, de sus nietos y de quienes la conocen. Es una mujer ejemplar.

Oriunda de la provincia de Veraguas y con el carácter de Urracá, a la edad de seis años perdió ambos padres. Una experiencia traumática en tan tierna infancia que marcó el resto de su existencia; le hizo apreciar el valor de un hogar y el calor de una familia estable. Siempre sobrellevó ese dolor con estoicismo. Para su fortuna, el vacío dejado por la ausencia de sus padres fue llenado por un ángel chiricano, doña Ana de Valdés, Mamanita, insigne dama quien la acogió como su hija en su hogar davideño, preocupándose por redondearle su educación y fomentarle la fe religiosa que siempre la ha acompañado; por ello quiso que estudiáramos en escuela regentada por curas y se preocupaba por comprobar nuestro rendimiento académico, inclusive revisando diariamente nuestras tareas escolares.

Todos los domingos caminábamos a la Iglesia, todas tomadas de la mano y nos hacía sentar juntitas, por orden de edad, para oír misa. Hace ya casi seis décadas que encontró al compañero de su vida. En el ambiente de amor que siempre vimos en nuestro hogar, aprendimos del ejemplo que nos dio Cucu cuando se dedicó —sola y por entero— a la crianza de su familia en la cual la hija mayor no cumplía aún los siete años cuando llegaba la última. Con limitaciones económicas y sin las comodidades modernas, fue ama de casa preocupada por el arreglo de su hogar, imponiendo una firme disciplina ante el desorden innato de la infancia. Sola llevaba el peso del diario vivir en el hogar; solía imponer el orden amenazándonos con ‘decírselo a tu papa cuando llegue’; pero todas sabíamos que, aún cuando lo hiciera, no pasaba más allá de un regañito acompañado de una mirada amorosa. Cuidaba como tigresa a sus pollitas, pero sabía alcahuetear nuestras travesuras infantiles.

Con su ejemplo, nos enseñó ética, moral y educación. A no mentir, respetar y ser atentas con los mayores, cederles el paso o el puesto, ser corteses con la gente; saludar y dar los buenos días; ayudar a quienes tienen menos. A llevar nuestro nombre con orgullo, sin ser orgullosas; ser humildes, pero con mucho amor propio.

Podría escribir mucho sobre mi madre. Hoy, la hemos hecho abuela de 14 nietos y un bisnieto. La queremos consentir y disfrutar. Todas la hemos paseado por varios continentes y dentro del país, junto con su ‘media naranja’, que no se le despega. Nos invade una gran satisfacción verla disfrutar lo que nunca pudo en su juventud y siempre damos gracias a Dios por la dicha de tenerla con vida y con salud para que pueda recibir un poquito de lo inmensa que fue como madre y lo tanto que se esforzó para cuidarnos.

Agradezco a Dios por los padres maravillosos que me dio, por la madre que nunca reparó en nada para darnos lo mejor que pudo. Si tuviera que escoger en una próxima vida, pediría que fuera la misma madre acompañada del mismo padre, porque no los cambiaría por nada del mundo. Feliz día: te quiero mamá.

 

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<> Este artículo se publicó el 8  de dicembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que a la autora,  todo el crédito que les corresponde.

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