Nadie dijo que fuera fácil

Es en ese preciso momento cuando te diste cuenta de que ya nunca, nunca más, volverías a ser la misma mujer.   La opinión de….

 

MÓNICA MIGUEL FRANCO
monicamiguelfranco@hotmail.com
Te sientas un momento y tratas de recordar. No han pasado tantos años, parece que fue ayer cuando lo supiste. Era una sensación extraña, durante meses no sientes nada, a pesar de que todo el mundo te dice que deberías hacerlo.

Y de pronto, un día, sin aviso previo, ocurrió y entonces, todo fue mucho peor. Porque ya no pudiste parar las sensaciones, y te sentías rara, violada desde dentro. Poseída por un ser que reclama para sí un espacio sin contar con nadie, sin importarle a costa de qué lo exige.

Y allí estabas tú, como una vaca holandesa, caminando con los pies embutidos en unos zapatos tres tallas mayores y marcando las diez y diez. Comiendo a horas intempestivas. Llorando todas las noches de puro sueño y sin poder dormir porque, justo cuando te desplomabas en la cama casi sin aliento, algo decidía que era la mejor hora para practicar kickboxing.

Te mirabas en el espejo y no te reconocías a ti misma, esa cara como una batea, ese cabello que de pronto tenía vida propia y no se dejaba manejar, ese cuerpo que no era el tuyo. Te dicen que debes sentirte sexy, pero en realidad lo único que te sentías era gorda, te dicen que brillas y tú solo puedes pensar en que mueres de calor.

Por si todo esto no fuera suficiente, la gente comienza a tocarte, así, sin más, completos desconocidos que en la cola del cine, en el supermercado, son atacados por una locura colectiva y comienzan a sobarte sin pedir permiso; las primeras veces tratas de manejar la situación con diplomacia, un pasito para atrás, un pequeño gesto de desagrado, pero cuando llevas cuatro sobijos en una mañana a nadie puede extrañarle el manotazo y las cajas destempladas.

Como si no tuvieras suficiente con la previsión de lo que se te viene encima aún tienes que oír consejos y estupideces: no cruces las piernas, no mires la Luna, no te levantes de repente, no te bañes en la playa, no cargues tu cartera… Muchos días quisieras salir huyendo y dejar atrás ese peso que, al fin y al cabo, no eres tú.

De pronto, sin previo aviso, algo se retuerce dentro de ti, sientes un chasquido y un calor intenso que te traspasa de parte a parte. El miedo se te clava en las entrañas. Ahora, al pasar el tiempo, recuerdas que fue, en ese momento, justo en ese momento, cuando la naturaleza tomó el timón y supiste que debías dejar que hiciera su parte. Aceptaste el dolor.

El dolor te acuna y te muestra poco a poco paisajes internos de rara belleza. Como pasajera de un barco misterioso sientes cómo se desliza suave, abriéndose camino lentamente entre escollos, rozando a veces los bajíos con un extraño crujido, en un último desgarrón te sientes dueña de ti misma otra vez, una persona entera.

¿Recuerdas? En ese preciso instante, en esos raros segundos no eras una madre, solo eras de nuevo una mujer feliz de haberte librado de un extraño.

Entonces lo escuchaste, un llanto urgente, una llamada primitiva y atávica. Caíste en cuenta del olor a sangre y del calor del diminuto cuerpo feo, sucio y resbaladizo que tenías cerca.

Es en ese preciso momento cuando te diste cuenta de que ya nunca, nunca más, volverías a ser la misma mujer.

 

<> Este artículo se publicó el 5  de dicembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que a la  autora,  todo el crédito que les corresponde.
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