Para una definición de la avaricia

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La opinión del Pedagogo,  Escritor, Diplomático…


PAULINO ROMERO G.

La avaricia no es una pasión intelectual en cuanto a su objeto, pues se adhiere a los bienes materiales por excelencia, a la riqueza; pero lo es en cuanto a su forma, puesto que le basta poseer esos bienes, y solo concibe y admite su uso en idea. La avaricia es función del temperamento. Pareciera estar sometida a la ley de la transmisión hereditaria. Pero, sean cuales fueren sus causas, la avaricia es invariable en su naturaleza. Es, en primer lugar, insensibilidad o dureza de corazón. ¡El avaro no es más que avaro!     Encuentra medio de ser a la vez el individuo más desprovisto de imaginación y el más devorado por la codicia, y justamente porque es capaz de imaginar y de sentir los únicos placeres que reconoce, aquellos que pueden darle riqueza, se adhiere exclusivamente a los signos que representan esos placeres y a los medios que lo procuran.

Por su estrechez de espíritu y su falta de simpatía, el avaro tendrá un carácter cerrado, inflexible y duro.   Su voluntad, dirigida hacia un fin único, es enérgica y tenaz. El avaro apenas se atreve: lo que en él domina es la desconfianza.   Su conducta se caracteriza por el predominio de las reacciones defensivas sobre las expansivas. La sociedad no representa para él una necesidad;   si la busca, es por vanidad, porque le gusta la deferencia. Lleva a toda sociedad, aun a la familia, la desconfianza y el espíritu de dominación. Es sigiloso, rodea de misterio sus negocios, sus ingresos, sus colocaciones de dinero; oculta sus pensamientos tanto como su oro. Es autoritario, déspota: esposa, hijos, empleados son sus esclavos sumisos.    Se hace temer por la impresión que da de su fuerza, por el misterio de que se circunda, por su impenetrabilidad, su frialdad.    Dueño de sí, se hace también respetar, y las gentes, habituándose, se adhieren a él, se pliegan a sus manías.

¡Es muy fácil mostrar los defectos o las lagunas del avaro, sus contradicciones, su locura! Seguramente, es un espíritu estrecho y falso, que carece de autocrítica, que no se conoce, que no se juzga, que no se confiesa su vicio; mucho más: que razona mal, que no entiende su propio interés. La avaricia es una fuerza asimiladora y organizadora. Se apodera de elementos extraños, los incorpora, hace de ellos su sustancia. Así, el avaro sabe sacar partido de las circunstancias y de las personas. Hace servir a los demás para sus designios, explota sus sentimientos, buenos y malos. En fin, el avaro es el tipo del intelectual puro, en el sentido que está desprovisto de todo sentimiento que no sea el amor a la riqueza, y que este amor mismo se adhiere a una abstracción, a una idea: la riqueza en sí.

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<>Artículo publicado el  6  de diciembre  de 2010  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

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