Idiosincrasia del panameño (4)

Bitácora del presidente  – La opinión del Abogado,  Empresario y actual presidente de los diarios La Estrella de Panamá y el Diario el Siglo…

EBRAHIM  ASVAT
easvat@elsiglo.com

 

Los panameños frente al mundo desarrollado estamos conformados por dos categorías. Los que están en kinder y los que llegamos hasta la primaria.   La relación poblacional capacitada es algo así como 85-15.

En nuestras faenas diarias no somos personas con capacidad para concentrarnos y se nos complica establecer relaciones causales. Se nos dificulta entender la relación entre el trabajo y el salario. Nadie, en su sano juicio, computa el décimo tercer mes para los propósitos de determinar el salario real. Tampoco sumamos los bonos. Para los panameños, los bonos que reparten los empleadores es una gratificación. Nos lo regala el patrón una vez al año, generalmente en diciembre. Nadie lo vincula con la productividad o con el desempeño. Somos propensos a cambiar de empleo por un aumento salarial hasta por diez balboas, aunque en la empresa existente repartan bonos al final del año.

Para nosotros, los aumentos salariales son los que en realidad nos importa porque de ello depende nuestra capacidad crediticia.  A más salario mensual, mayor es la capacidad de obtener préstamos. De igual forma, sólo vemos el cheque al final de la quincena para resolver la concreta. Lo extra que podemos recibir no se computa para la vida diaria, sino para los gastos superfluos.

Como no somos conscientes de que el salario está ligado a la productividad, vivimos estancados en salarios mínimos bajos. Cuando los acreedores y las financieras nos agobian, ejercemos presión en la empresa para que nos aumenten el salario, no el bono o la participación.

Preferimos pagar el monto mínimo en las tarjetas de crédito porque nos interesa ser sujetos de crédito, aunque las tasas de interés sean exorbitantes.   Si algo nos preocupa es la APC. Con ellos no jugamos porque nos pueden arruinar nuestras vidas. Sin crédito no podemos vivir.

Nuestros jefes son pesados y no se saben comunicar con nosotros. Nos miran como adultos formados, cuando somos niños de kinder. Para poder sacar provecho de lo mejor de nosotros deben actuar consecuentemente. Nos gustan los premios, si llegamos a la meta. Buscamos en cada jefe un buen padre de familia, un psicólogo, un ser humano que nos escuche y nos atienda cada uno de nuestros pesares, que comparta nuestras alegrías y nos oriente para la vida. Todo nos lo tienen que explicar muchas veces hasta que nuestras mentes se acostumbren. Nos gusta que el trabajo se administre como un juego o un baile. Así aprendemos más rápido. No nos gustan los castigos y esperamos que nos aconsejen cuando tenemos la culpa. Creemos que cualquiera puede cometer un error, aunque lo cometamos varias veces.

 

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<> Artículo publicado el 2 de diciembre  de 2010  en el diario  El Siglo, a quienes damos,   lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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