Dictadura y pobreza

La opinión de…

 

Betty Brannan Jaén

WASHINGTON, D.C. –He recibido correos cuestionando lo que escribí el domingo pasado sobre la situación económica de Panamá durante la dictadura, basándome en cifras tomadas del nuevo libro Democratic Governance in Latin America.

La afirmación que se cuestiona es esta: “Hay que partir del hecho de que Panamá en los años 60 –antes del golpe– mostraba excelente crecimiento económico, por amplio margen el más alto de Latinoamérica.   Entre 1960 y 1970, el producto interno bruto per cápita creció a ritmo de 4.98% … pero ese crecimiento se perdió durante la dictadura.   Cayó a 3.35% en la década de los 70 y entonces a –0.69% en los 80”.

Aunque estas cifras sorprendan a quienes sostienen que la dictadura creó una revolución social en el país, el hecho es que múltiples estudios económicos indican todo lo contrario.

Por ejemplo, un estudio publicado en 1986 por el Centro Internacional para el Desarrollo Económico (CINDE), institución que una vez estuvo dirigida por Nicolás Ardito Barletta, describe el periodo torrijista como “un cuento triste”.    En los años 60, señala el autor, Daniel Wisecarver, Panamá tenía una “política económica [que] estaba en manos sobrias y competentes”. Pero la dictadura “inició una estrategia de intervención estatal” cuyo efecto fue agigantar el sector público, disminuir el crecimiento económico, desacelerar la creación de empleos e incurrir en una deuda externa astronómica.

Mientas tanto, la calidad de vida para las clases humildes no mejoraba. Otro estudio de CINDE muestra que en 1965, los indicadores sociales colocaban a Panamá por encima del promedio del hemisferio y de todos los países de Centroamérica menos Costa Rica.  Pero en 1987, estos indicadores sociales habían mejorado para todos los países centroamericanos, mientras que Panamá seguía en segundo lugar, todavía detrás de Costa Rica, y con los demás países pisándonos los talones más cerca que antes.

Paralelamente, los economistas Andrew Zimbalist y John Weeks, autores de Panama at the Crossroads: Economic Development and Political Change in the Twentieth Century, señalan que en los años 60 el consumo per cápita de calorías y proteínas creció a promedio de 5% anual, pero el aumento se estancó en los años 70 y 80, a pesar de que los ingresos per cápita sí crecieron. Esto “solo se puede explicar con un patrón de crecimiento económico que no llegaba a las clases bajas”.

En cuanto a los campesinos, un informe que el Banco Mundial (BM) emitió en 1985 critica que la dictadura deliberadamente eligió políticas agrícolas que eran contraproducentes. Esto, sumado a “subsidios perdidos, préstamos no recobrables, y empresas estatales pobremente manejadas”, causó “un efecto adverso sobre un sector agrícola que había sido boyante anteriormente”.

En cuanto a los obreros, el BM indica que durante los años 60 la creación de empleos iba por 3.5% anualmente, absorbiendo exitosamente un crecimiento demográfico de 2.5% anual.   Pero al instalarse la dictadura, el nivel de desempleo se dobló en 10 años, el nivel de ingresos reales per cápita bajó, y los salarios reales se estancaron. Otra vez, Zimbalist y Weeks concuerdan: “El desempleo aumentó… la pobreza aumentó”.

Y para rematar, la dictadura hizo que los pobres pagaran más impuestos. En 1968, dice el BM, el sistema tributario de Panamá era progresivo y “se comparaba favorablemente al de otros países en desarrollo”. Pero la dictadura introdujo nuevos impuestos regresivos, incluyendo un impuesto de 5% sobre ventas.   La cuota de Seguro Social subió del 9% al 19% –¡más del doble!– mientras que la estabilidad financiera del Seguro se hizo precaria debido a “proyectos mal concebidos, proyectos abandonados entre acusaciones de corrupción y mal manejo, y préstamos de bajo rendimiento a entidades estatales”.

En breve, el caso panameño confirma lo que el resto del mundo hoy acepta como regla general: Libertad trae prosperidad; tiranía trae pobreza. Quizás haya excepciones, pero Panamá no es una de ellas.

*

<> Este artículo se publicó el 14  de noviembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.

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