Dios no quiere

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La opinión del Periodista…

Manuel E. Barberena R.

Que seamos sólo rezadores, quiere que también seamos buenos. Así hablaba el padre Jaime Gleason a los creyentes que concurrían a la misa.

Vino de Filadelfia, Estados Unidos de América, y llegó a Puerto Armuelles, provincia de Chiriquí, para hacerse cargo, con otros curas americanos y varias monjas de la Orden de Mary Knoll, de la Iglesia de San Antonio, y fundar un colegio con el mismo nombre.

El padre Jaime pertenecía a la congregación de los Padres Paulinos.

Lucía con elegancia su sotana blanca y llevaba siempre una biblia bajo el brazo. De piel rosada, alto de estatura y sentimientos, el padre Jaime hablaba el español sin acento de extranjero. Intercalaba en el hablar las bromas y los panameñismos.

Cuando iba a decir la misa a la comunidad vecina de Monte Verde llevaba víveres a las familias pobrecitas del caserío y desayunaba con ellas. No podemos hablar de Dios con el estómago vacío, decía.

La Iglesia de San Antonio no tenía estatuas santificadas, sólo una enorme cruz de madera barnizada colgada en el altar mayor. Sus sermones no eran bíblicos. Estaban enfocados a la familia, la moral, el bienestar social. Como domingo tras domingo concurrían a la iglesia bígamos, usureros y personas de mal vivir, les advertía: No quiero verlos más aquí hasta que corrijan sus malos pasos.

La corrupción está alojada en el liderazgo de todas las naciones. Se hace fuerte cuando la conciencia se vuelve mercancía. Sus efectos en la pobreza son devastadores. Atrapa primero los órganos de la justicia, paso obligado donde se dirimen los conflictos humanos. Tomada la justicia la corrupción tiene las manos libres. En todo el mundo los administradores de la justicia son vulnerables a los juicios amañados. Algunos abogados en todos los rangos promueven la corrupción del sistema judicial con actos de antropofagia profesional que causan severos daños al honorable ejercicio de la abogacía.

Lo único bueno de los gobiernos malos es que nos enseñan a oponernos a toda forma de opresión. Sólo luchando aprendemos a ser fuertes y a restaurar nuestros valores.

La oración debe ser la chispa que enciende la luz de la esperanza y el bálsamo que lava los pecados. Si no es así, en cierto sentido “la religión es un acto de hipocresía inconsciente por el cual nos engañamos a nosotros mismos antes de engañar a nuestros semejantes”. (Octavio Paz, Los hijos del limo).

Cuando los líderes corruptos concurren a la sinagoga, a la mezquita, o a cualesquiera otros templos, hace falta el rabino, el mullah, el sacerdote, que con el coraje del padre Jaime les diga a los corruptos: “no quiero verlos más aquí hasta que corrijan sus malos pasos”.

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<>Artículo publicado el12  de noviembre  de 2010  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del autor en: https://panaletras.wordpress.com/category/barberena-r-manuel-e/
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