El mito de la República continúa

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La opinión del Filósofo e Historiador…

Jorge De Las Casas

“Llevamos 107 años de vida republicana”, se oye decir. Pero es falso. Esta expresión es reprobable desde el punto de vista histórico y político (y así lo recogerán en su momento los manuales de historia, politología y derecho).  Lo que llevamos son 107 años de independencia, 107 años como Estado nacional, 107 años de vida soberana, si se quiere. Pero hablar de cien años de república es tan falso como haber celebrado según algunos “el Centenario de la República” en 2003. Cien años del Estado panameño fue todo lo que se celebró entonces —y eso es bastante—. La Segunda República.

Entre 1968 y 1989 Panamá conservó la ficción jurídica de “república” ante la comunidad internacional por razones de conveniencia, pero no vivió como tal (esto no debe asombrar; sucede incluso en países con mayor tradición política, y luego la historia lo corrige. Más adelante pondré ejemplos). A principios de 1990 volvió a organizarse radicalmente la república, lo que deberá llamarse en los futuros libros de historia, de ciencia política, de sociología y derecho, la “Segunda República” (y en su momento, quizá también lo reconozca así una nueva Constitución, como debería de ser). No importa el terrible retraso que el no haberlo hecho de este modo ha supuesto hasta ahora para nuestra conciencia democrática. Nunca es tarde para la historia, y la historia algún día le llamará a este período en que hoy vivimos  “el período de la Segunda República”. Puede ser que suceda ahora o en el siglo XXII.

República, monarquía y dictadura. La república no es el Estado.  La república es una forma de gobierno caracterizada por su oposición a la monarquía y a la dictadura.   El llamar a tantos países repúblicas (República de El Salvador, República de Costa Rica, República de Panamá) como parte del nombre oficial alimenta la confusión, pero no es lo mismo Estado que república, repito.    La república es un régimen alternativo, electivo y temporal.  El poder, en un régimen republicano, no está asociado a ninguna forma de herencia o permanencia. La monarquía, en cambio, es un régimen dinástico, hereditario, no electivo y permanente. España, por ejemplo, es un reino, no una república.   Aunque es monarquía parlamentaria y su jefatura de Gobierno se juega en elecciones, no sucede igual con su jefatura de Estado que está ligada por herencia a una rama de los Borbones. Y los informadores deben evitar el grave error de referirse a España como “la república española”. La dictadura, por su parte, es una especie de monarquía sin sangre azul, y más bien repudiada –porque la monarquía puede tener apoyo popular por razones de tradición histórica, pero la dictadura normalmente es rechazada por aquellos a los que gobierna y también carece de elegibilidad y alternabilidad—. A veces se hace dinástica.    El Imperio Romano comenzó siendo una monarquía, luego se convirtió en República —res publica: la cosa pública, en latín, la cosa  o los asuntos de todos—  y finalmente devino en Imperio con Octavio César Augusto, el cual, lo mismo que sus sucesores, ejerció una dictadura personal.   Un corte en la vida democrática.

Por su relación con la elegibilidad y la alternación en el poder (que aquí gustamos de llamar alternabilidad, con gracioso panameñismo, y en Guatemala y Nicaragua, alternancia), ya se ve la relación del concepto de “república” con la vida democrática. Las monarquías y las dictaduras acostumbran interrumpir los regímenes republicanos.   Así, España ha tenido dos repúblicas (una en el siglo XIX y otra en el siglo XX) entre varios períodos monárquicos y un período dictatorial franquista. Por su parte, Francia ha tenido cinco repúblicas alternando con monarquía, imperio, dictadura nazi (la república tutelada de Vichy).    Finalmente entre la cuarta y la quinta república francesa todo lo que hubo fue un cambio constitucional, algo mucho menos revolucionario que el cambio que sufrió Panamá al retornar a la democracia después de 21 años de dictadura y tras una invasión.

Hacia una división de la historia patria. 

En otras palabras, o se tiene monarquía, o se tiene dictadura o se tiene república. El Estado puede ser monárquico, dictatorial o republicano (y digo verdaderamente republicano).    Panamá no tuvo, en la práctica (sino solo en la ficción jurídica), una república mientras duró el interregno militarista (1968-1989).   El poder real siempre residió en los cuarteles sin alternabilidad posible y sin elegibilidad con sentido democrático (entre 1968 y 1972 no hubo elecciones ni Constitución; entre 1972 y 1978 hubo Constitución, pero los cargos principales estaban ocupados por el poder militar supremo o nombrados por este; desde 1978 se empezaron a organizar partidos, pero toda elección fue espuria y sin alternativa real hasta la invasión de 1989). Los años de república, por lo tanto, no son continuos desde nuestra independencia. Solo los de Estado nacional independiente.

Lo de la ficción jurídica se entiende, ¿podían acaso los militares o sus adláteres decir: “miren, aquí usurpamos el poder.   Llámennos dictadura y no república, militocracia y no democracia?   Y es una ficción malintencionada compartida por la experiencia de muchos países. Por eso los expertos internacionales se preguntan muchas veces: ¿deberían llamarse repúblicas Corea del Norte, Siria, Egipto, o la Cuba de Fidel?    A veces nadie se acuerda de llamar a las cosas por su nombre, o no les preocupa.     Pasó después de que se cayó la dictadura panameña.   Ni pareció prioritario crear una Constitución nueva que respondiera a una nueva realidad, ni llamar al pasado por su nombre. Pero bueno, en la misma Alemania cuando terminó el Reich del Kaiser Guillermo, advino la República de Weimar, pero el Estado siguió llamándose Reich, aunque ya había renunciado a serlo.   Y cuando subió al poder Adolf Hitler, el Führer no se molestó en abolir la Constitución republicana de Weimar, aunque era obvio que ya el país no era una república sino una dictadura. Fueron los historiadores, después, los que pusieron las cosas en su lugar.

Por lo tanto, se requiere una división de la historia patria, al estilo francés o español, llamando las cosas por su nombre: Primera República (1903-1968), Interregno Militar (1968-1989) y Segunda República (1990-hasta hoy), como un reconocimiento por parte de los libros de historia, de derecho constitucional y de ciencia política de la división real que existió y sería de desear que también lo reconociere así una nueva Constitución, la “Constitución de la Segunda República”.

Este reconocimiento lo hará quien tenga conciencia histórica y honradez política. Les toca en primer lugar a los mismos historiadores tomar conciencia. Tampoco lo harán los militaristas. Pero sí les pido a todos que al menos no escriban “107 años de vida republicana”, porque eso no es verdad ni conceptualmente ni en los hechos históricos.

<>Artículo publicado en dos entregas.  el  4 y el 5   de noviembre  de 2010  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del autor en: https://panaletras.wordpress.com/category/de-las-casas-jorge/

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