¿De qué sirve?

La opinión de…

 

 

Jaime Maduro

 

Últimamente, se han hecho dos anuncios por parte del gobierno que me han llamado la atención.   Uno de esos es que van a multar a las personas que tiren basura en las calles. Me parece una muy importante decisión. Ya es hora de que a los adultos se les castigue por su falta de responsabilidad y amor a su entorno, y a los niños de que se les enseñe, desde que entran a la escuela primaria, a tener responsabilidad ciudadana, para que algún día tengamos más ciudadanos responsables.

El problema que veo es que de qué sirve eso, si no hay autoridades que pongan las multas. El otro es que se multará a los conductores que incumplan el reglamento del tránsito, especialmente el de bloquear las intersecciones y evitar que fluya el tránsito lo que aliviaría en algo los tranques.

Pero otra vez… ¿de qué sirve si no hay quién multe?   En otros escritos he sugerido que se faculte a todos los policías, ya sean de tránsito o no, para que puedan poner multas a los conductores irresponsables y que los inspectores de tránsito se concentren más en atender las múltiples colisiones que se dan a diario y que causan enormes tranques.

Yo creo que es más importante utilizar los cuatro o seis policías que ponen en retenes, que de paso crean tranques, y que deberían estar en la calle multando a los irresponsables.

Los retenes, me parece, se deben hacer solo en casos de delincuentes que es importante detener y que se sospecha andan en un vehículo.

Pero la única solución es que estén en las calles. Un día en una intersección de las que más se trancan y otro día en otra. Pero que estén en las calles. Pintaron intersecciones con cruces amarillas para que los conductores respetaran la vía y de nada ha servido porque los conductores no le hacen caso.

Entre los que más incumplen las reglas del tránsito están los taxis. No todos, porque no se debe generalizar, pero muchos, en su afán por ahorrarse unos minutos, manejan irresponsablemente, frecuentemente provocando colisiones con otros vehículos, lo que les hace perder dos o tres horas esperando a un inspector del tránsito y con el posible agravante que el daño les impida seguir usando el vehículo. Hubo algún ahorro de tiempo, o una gran pérdida de ingresos. Los que manejan así no parecen tener mucha inteligencia, a mi manera de ver.

Por último, las placas. Es verdad que este año salieron tarde, pero, ¿por qué todavía hay cantidades de vehículos sin placa?   Y qué pasa con placas viejas? Yo veo carros con placas hasta del año 2006. ¿ Cómo es posible que todavía circulen? Con razón que la morosidad municipal es tan grande. Acción, señores de la Policía y del Municipio. Coordinen y multen a los que tiran basura y a los que incumplen las reglas de tránsito. ¡Ya es hora!

 

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<> Este artículo se publicó el 4  de noviembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del autor  en: https://panaletras.wordpress.com/category/maduro-s-jaime/

Valores cívicos

La opinión de la Doctora en Medicina y miembro del Club Rotario de Panamá….

 

MARISÍN  VILLALAZ  DE  ARIAS
marisin.villalaz@gmail.com

Hoy es el Día de la Bandera; ayer fue día de nuestra separación de Colombia; el 10 se dio inicio a la independencia de España y el 28 se confirmó la misma.   Son fechas para recordar, igual que otras como el 1, que es el Día del Himno Nacional.

Hacer honor a la patria es cumplir con el deber de honrar los valores cívicos que enaltecen la identidad como panameños y de lo que debemos sentirnos orgullosos. Si alguien nos pregunta nuestra historia, quiénes fueron los próceres, quién hizo la bandera, el himno y el escudo, es obligación de todos conocer las respuestas, porque en nuestra historia se encierra lo que ha sido el Istmo para la Humanidad, para la América y para España cuando pertenecíamos a ella.

Lamentablemente, en 1968, pareciera que comenzara la historia panameña y que todo lo que existía en el país hubiera iniciado en esa fecha. Digo lamentable porque allí se cortó lo que éramos para parecer jovencitos que nacimos con la revolución tan funesta para el país. Sin embargo, poco se ha hecho por enmendar ese entuerto y dar a la Nación panameña la identidad que merece.

Fuimos indios, luego vino la influencia española, más tarde la colombiana, la norteamericana y no hemos logrado tener la nuestra propia por ser país de paso, de llegada y salida y donde se han instalado los diversos grupos étnicos que hoy nos dan parte de la personalidad y que han tenido influencia en la vida diaria.

Sin embargo, es obligación de todo panameño dar y recibir.

Dar enseñanza cuando estamos capacitados para ello y recibirla para aumentar la cultura y tener más arraigada nuestra nacionalidad. Sentir cada frase del Himno Nacional cuando lo cantamos, porque debe llegarnos al corazón.    Conocer nuestro Escudo y Bandera, cómo usarlos y cómo honrarlos.

Ese orgullo debemos hacerlo extensivo a los próceres que iniciaron la Patria, este bendito pedacito de tierra que hoy nos alberga y que nos da todo. Preguntemos qué es Panamá, quiénes fueron sus hombres, sus presidentes, aquellos que se sacrificaron por lograr ser un país independiente. Conozcamos la historia para decir en voz alta quién fue Belisario Porras, Roberto F. Chiari y miles más que deben servirnos de ejemplo.

Quien no siente amor y orgullo por su patria no merece vivir en ella y los educadores deben inculcar esos sentimientos a los niños y adolescentes para que crezcan en los mismos.

¿Tenemos realmente una identidad o dejamos que el curso de la complejidad de personas que aquí viven nos trague, en vez de traerlos a nosotros y estar seguros de que aquellos que viven aquí sienten nuestros símbolos, nuestra música y nuestra inclinación a todo lo que es Panamá?

Amemos nuestra Patria y seamos fieles a ella.

 

 

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<> Este artículo se publicó el 4  de noviembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que a la  autora,  todo el crédito que les corresponde.
Más artículos de la autora  en: https://panaletras.wordpress.com/category/arias-marisin-villalaz-de/

La memoria histórica

La opinión de…

Ramón Moreno

Se ha puesto de moda lo de retrotraer el pasado al presente, para indemnizar a los que se considera víctimas de diversos acontecimientos históricos, y llevar a la picota a los que se considera victimarios.

En Iberoamérica, apoyados por muchos intelectuales de toda procedencia, se ha establecido un tribunal virtual que ha condenado, incluso por genocidio, a los colonizadores de nuestro continente. Varios de estos jueces han llegado a afirmar que las civilizaciones de mayas, aztecas e incas eran en muchos aspectos superiores a la de los españoles.    Incluso ha habido quien ha preguntado ¿quién descubrió a quién?

Vázquez Real nos dice “obviamente, Europa, la más avanzada de la época, encontró, porque sus barcos y sus instrumentos se lo permitían, a otra parte de la humanidad, más atrasada, que no hubiese podido hacer un viaje en dirección contraria”.

Hay que admitir que estos jueces, por su apasionada simpatía por los indígenas, no han querido admitir este hecho evidente. En las civilizaciones precolombinas ni siquiera se conocía la rueda, y menos aún la brújula.

Por otro lado, se pintan los pueblos precolombinos como si hubieran sido un modelo de convivencia social, pero lo cierto es que vivían en permanente guerra, lo que explica la relativa facilidad con que Hernán Cortés conquistó México y Pizarro, al Perú.   Y la crueldad de las tribus victoriosas con los vencidos no tenía límites.

En una de estas guerras, la de los tepanecas con los aztecas, “casi todos los guerreros tepanecas fueron masacrados o tomados para sacrificios. Tlacael, sobrino del rey Izcatl, estaba fascinado por el poder del sacrificio humano”.   Claro que esto no justifica la crueldad y brutalidad con que muchas veces actuaron los conquistadores.

Alegar que los colonizadores no aportaron nada bueno, raya en el absurdo.   Se cae de su peso que nos trajeron el idioma, vehículo de la ciencia y de la técnica, la imprenta, etc.   Aquí en mi biblioteca, tengo una copia de un incunable del siglo XVI, impreso en una imprenta de México en 1587: Instrvcion Navtica, Para el Bvuen Vso y regimiento de las Naos, su traca y gouierno conforme a la altura de México.

Este libro no sólo enseña cómo se hacen las naves, sino que contiene enseñanzas relativas al Sol, la Luna y a las estrellas que permitían al marino orientarse en el océano. Tiene una tabla de la declinación del Sol día por día que coincide admirablemente con las de hoy día.

Que un libro así se editara en México en ese tiempo es indicativo de que ya había una población considerable de gente instruida, y no precisamente solo de españoles pues el mestizaje era generalizado. Los frailes y curas católicos, tan denigrados ahora, fueron los que llevaron la educación a niveles superiores en las colonias: La Real y Pontificia Universidad de San Marcos en Lima 1551, la de San Pablo en México en el mismo año, el Colegio Real para los hijos de los caciques, etc.

A nuestros indígenas, que los 12 de octubre se sienten de duelo y exigen ser reconocidos como propietarios de estas tierras en que vivimos, conviene preguntarles ¿y dónde quedamos nosotros los que no somos indígenas?   Con todo el respeto que nos merecen los indígenas, no son precisamente un buen ejemplo para ayudar al desarrollo del país.

Como lo atestiguan todos los que han visitado sus comarcas, los hombres no se distinguen precisamente por ser muy trabajadores, delegando en sus mujeres las tareas más duras (los más fuertes tienen verdaderos serrallos). Deberían aprender de los campesinos santeños, herreranos, etc., que emigran a tierras baldías dentro de sus comarcas, de como se trabaja la tierra y se la hace productiva, en vez de estar haciéndoles la guerra y hostilizándolos.

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<> Este artículo se publicó el 4  de noviembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Renán Esquivel: salud igual para todos

La opinión del Profesor de la Universidad de Panamá e Investigador asociado al CELA….

MARCO A. GANDÁSEGUI, HIJO
gandasegui@hotmail.com

José Renán Esquivel, el médico panameño que revolucionó la salud en Panamá, falleció en la madrugada del 2 de Noviembre de 2010.   El doctor Esquivel irrumpió en los ámbitos de la salud pública panameña a una edad muy joven, en la década de 1950, cuando fue seleccionado para dirigir el Hospital del Niño.

La metodología de Esquivel asombró a muchos e, incluso, fue rechazada por sectores políticos importantes del país. Por un lado, proyectó el presupuesto hospitalario (médicos, paramédicos, equipo y recursos) a las comunidades de la ciudad de Panamá y al resto del país.   Por el otro, abrió las puertas del hospital para que entrara la comunidad —padres de familia, vecinos y amigos— al centro de salud.   La recuperación del enfermo es mucho más rápido y eficaz cuando lo acompaña un ser querido.

Su planteamiento central era que el médico y el equipo de salud no deberían reducir su trabajo al tratamiento de la enfermedad. Al contrario, debería hacer énfasis en la producción de salud en las comunidades y a prevenir la enfermedad. El concepto de producción de salud era revolucionario, porque reconocía que el bienestar de la población es el resultado del trabajo de la misma gente.

En el campo el equipo de la salud tenía que trabajar con el agricultor produciendo más y asegurando que las nuevas generaciones asistieran a la escuela.   Si el agricultor no tenía tierra (o muy poca) era candidato a la enfermedad.    Si el niño no iba a la escuela, sus probabilidades de ser una persona saludable eran ínfimas.   En la ciudad, la familia y su comunidad eran los únicos que podían asegurar la salud para la población.    Promovió el concepto de Comité de Salud para darle vida a la comunidad que luchaba para producir bienestar.

En 1969, el gobierno militar viendo su trabajo en la creciente y populosa barriada nueva de San Miguelito —donde creó una sucursal del Hospital del Niño— lo llamó para integrarlo al Gabinete. Puso dos condiciones. En primer lugar, el sería el ministro de Salud (aún no existía esa cartera) con libertad de acción para desarrollar sus ideas en todo el país. Segundo, el presupuesto de Salud tendría que multiplicarse para cumplir con las demandas de su gente.

Poco después se firmó la Ley del Ministerio de Salud, se creó una ley para darle vida a los Comités de Salud y se comenzó a revolucionar el país. Esquivel volvió a sorprender a todos los políticos y especialistas del país. En los consejos de Gabinete regañaba al general Torrijos, retaba al presidente Lakas, cuestionaba las nociones de Ardito Barletta y, generalmente, quedaba en minoría frente a los demás miembros del gobierno.

Las reuniones con los médicos eran sesiones pedagógicas, donde martillaba sobre las nociones de salud comunitaria. Poco después de ser nombrado ministro, dio la orden de que todos los médicos tenían que salir a trabajar a las comunidades.   El país fue ‘sectorizado’ para que las condiciones y problemas de salud se estudiaran con detalle. Como consecuencia, Esquivel se adentró en lo que más le interesaba.   Fue a trabajar con la gente, en las comunidades del país, a la cabeza de su equipo de salud.

El ministro de Salud les enseñaba a sembrar jardines, a cuidar vacas, a construir puentes, a leer y escribir y a pelear por sus derechos. Algunos médicos y muchos políticos lo acusaban de, supuestamente, abandonar sus responsabilidades en el campo de la salud. Sin embargo, no entendían que un pueblo que no es dueño de su país jamás gozará de salud.

Esquivel organizaba un promedio de dos seminarios a la semana con los comités de salud en los barrios de las ciudades, en los campos y en las comarcas indígenas. Sembró comités en El Chorrillo, en las laderas del Canajagua y en Llano Ñopo. Los médicos, enfermeras y equipo de salud comenzaron a entender el significado de la metodología de Esquivel cuando vieron sus resultados. Comunidades enteras trabajando hombro con hombro —con los salubristas en medio— produciendo salud. Las tasas de mortalidad y morbilidad bajaron rápidamente. Los ‘expertos’ de EE.UU. y otros países visitaban Panamá para conocer la nueva política de ‘Salud Igual para Todos’.

Las políticas neoliberales derrotaron a Esquivel y sus equipos de salud.   Los médicos regresaron a los hospitales y los recursos que promovían la producción de salud en las comunidades se acabaron.

Después de la invasión militar norteamericana de 1989, los gobiernos de turno sepultaron el legado de Esquivel.    Sin embargo, la semilla que sembró Esquivel en las comunidades panameñas está lista para germinar en el pueblo panameño que tanto amó.

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<> Este artículo se publicó el 4  de noviembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
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El mito de la República continúa

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La opinión del Filósofo e Historiador…

Jorge De Las Casas

“Llevamos 107 años de vida republicana”, se oye decir. Pero es falso. Esta expresión es reprobable desde el punto de vista histórico y político (y así lo recogerán en su momento los manuales de historia, politología y derecho).  Lo que llevamos son 107 años de independencia, 107 años como Estado nacional, 107 años de vida soberana, si se quiere. Pero hablar de cien años de república es tan falso como haber celebrado según algunos “el Centenario de la República” en 2003. Cien años del Estado panameño fue todo lo que se celebró entonces —y eso es bastante—. La Segunda República.

Entre 1968 y 1989 Panamá conservó la ficción jurídica de “república” ante la comunidad internacional por razones de conveniencia, pero no vivió como tal (esto no debe asombrar; sucede incluso en países con mayor tradición política, y luego la historia lo corrige. Más adelante pondré ejemplos). A principios de 1990 volvió a organizarse radicalmente la república, lo que deberá llamarse en los futuros libros de historia, de ciencia política, de sociología y derecho, la “Segunda República” (y en su momento, quizá también lo reconozca así una nueva Constitución, como debería de ser). No importa el terrible retraso que el no haberlo hecho de este modo ha supuesto hasta ahora para nuestra conciencia democrática. Nunca es tarde para la historia, y la historia algún día le llamará a este período en que hoy vivimos  “el período de la Segunda República”. Puede ser que suceda ahora o en el siglo XXII.

República, monarquía y dictadura. La república no es el Estado.  La república es una forma de gobierno caracterizada por su oposición a la monarquía y a la dictadura.   El llamar a tantos países repúblicas (República de El Salvador, República de Costa Rica, República de Panamá) como parte del nombre oficial alimenta la confusión, pero no es lo mismo Estado que república, repito.    La república es un régimen alternativo, electivo y temporal.  El poder, en un régimen republicano, no está asociado a ninguna forma de herencia o permanencia. La monarquía, en cambio, es un régimen dinástico, hereditario, no electivo y permanente. España, por ejemplo, es un reino, no una república.   Aunque es monarquía parlamentaria y su jefatura de Gobierno se juega en elecciones, no sucede igual con su jefatura de Estado que está ligada por herencia a una rama de los Borbones. Y los informadores deben evitar el grave error de referirse a España como “la república española”. La dictadura, por su parte, es una especie de monarquía sin sangre azul, y más bien repudiada –porque la monarquía puede tener apoyo popular por razones de tradición histórica, pero la dictadura normalmente es rechazada por aquellos a los que gobierna y también carece de elegibilidad y alternabilidad—. A veces se hace dinástica.    El Imperio Romano comenzó siendo una monarquía, luego se convirtió en República —res publica: la cosa pública, en latín, la cosa  o los asuntos de todos—  y finalmente devino en Imperio con Octavio César Augusto, el cual, lo mismo que sus sucesores, ejerció una dictadura personal.   Un corte en la vida democrática.

Por su relación con la elegibilidad y la alternación en el poder (que aquí gustamos de llamar alternabilidad, con gracioso panameñismo, y en Guatemala y Nicaragua, alternancia), ya se ve la relación del concepto de “república” con la vida democrática. Las monarquías y las dictaduras acostumbran interrumpir los regímenes republicanos.   Así, España ha tenido dos repúblicas (una en el siglo XIX y otra en el siglo XX) entre varios períodos monárquicos y un período dictatorial franquista. Por su parte, Francia ha tenido cinco repúblicas alternando con monarquía, imperio, dictadura nazi (la república tutelada de Vichy).    Finalmente entre la cuarta y la quinta república francesa todo lo que hubo fue un cambio constitucional, algo mucho menos revolucionario que el cambio que sufrió Panamá al retornar a la democracia después de 21 años de dictadura y tras una invasión.

Hacia una división de la historia patria. 

En otras palabras, o se tiene monarquía, o se tiene dictadura o se tiene república. El Estado puede ser monárquico, dictatorial o republicano (y digo verdaderamente republicano).    Panamá no tuvo, en la práctica (sino solo en la ficción jurídica), una república mientras duró el interregno militarista (1968-1989).   El poder real siempre residió en los cuarteles sin alternabilidad posible y sin elegibilidad con sentido democrático (entre 1968 y 1972 no hubo elecciones ni Constitución; entre 1972 y 1978 hubo Constitución, pero los cargos principales estaban ocupados por el poder militar supremo o nombrados por este; desde 1978 se empezaron a organizar partidos, pero toda elección fue espuria y sin alternativa real hasta la invasión de 1989). Los años de república, por lo tanto, no son continuos desde nuestra independencia. Solo los de Estado nacional independiente.

Lo de la ficción jurídica se entiende, ¿podían acaso los militares o sus adláteres decir: “miren, aquí usurpamos el poder.   Llámennos dictadura y no república, militocracia y no democracia?   Y es una ficción malintencionada compartida por la experiencia de muchos países. Por eso los expertos internacionales se preguntan muchas veces: ¿deberían llamarse repúblicas Corea del Norte, Siria, Egipto, o la Cuba de Fidel?    A veces nadie se acuerda de llamar a las cosas por su nombre, o no les preocupa.     Pasó después de que se cayó la dictadura panameña.   Ni pareció prioritario crear una Constitución nueva que respondiera a una nueva realidad, ni llamar al pasado por su nombre. Pero bueno, en la misma Alemania cuando terminó el Reich del Kaiser Guillermo, advino la República de Weimar, pero el Estado siguió llamándose Reich, aunque ya había renunciado a serlo.   Y cuando subió al poder Adolf Hitler, el Führer no se molestó en abolir la Constitución republicana de Weimar, aunque era obvio que ya el país no era una república sino una dictadura. Fueron los historiadores, después, los que pusieron las cosas en su lugar.

Por lo tanto, se requiere una división de la historia patria, al estilo francés o español, llamando las cosas por su nombre: Primera República (1903-1968), Interregno Militar (1968-1989) y Segunda República (1990-hasta hoy), como un reconocimiento por parte de los libros de historia, de derecho constitucional y de ciencia política de la división real que existió y sería de desear que también lo reconociere así una nueva Constitución, la “Constitución de la Segunda República”.

Este reconocimiento lo hará quien tenga conciencia histórica y honradez política. Les toca en primer lugar a los mismos historiadores tomar conciencia. Tampoco lo harán los militaristas. Pero sí les pido a todos que al menos no escriban “107 años de vida republicana”, porque eso no es verdad ni conceptualmente ni en los hechos históricos.

<>Artículo publicado en dos entregas.  el  4 y el 5   de noviembre  de 2010  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del autor en: https://panaletras.wordpress.com/category/de-las-casas-jorge/

Galeristas de esquina

La opinión de…

 

Osvaldo Herrera Graham

Recientemente fui afectado por el fenómeno de los copistas de pinturas. Ya había sido advertido del problema: artistas mediocres intentando copiar el talento de serios trabajadores del arte. Esta vez la diferencia fue ver una de esas copias de mi trabajo, colgado en la pared de una galería reconocida.

Es decir, pasaron de las calles, de las esquinas y de los parques a las paredes de galerías en donde exponen pintores con trayectoria y toda una vida de esfuerzos en pro de su arte. Esto, por supuesto, con la complicidad de galeristas que, cansados de competir con ellos, han decidido unírseles.

En este negocio gana el copista y el galerista, ¿pero el creador de la obra? El artista creador ve cómo parte de su esfuerzo es utilizado para el beneficio de terceros sin recibir nada.

Existen leyes de derecho de autor que protegen hasta cierto punto de las falsificaciones de obra y de firma. En este caso los que copian lo hacen casi idéntico, apoyándose en ese “casi” para decir que sólo se inspiraron en la obra del autor. ¡Firman con su nombre y listo! Tienen asegurada su venta, cuando en realidad todo el esfuerzo lo hizo el artista que creó el original, pensando, borrando, avanzando, retrocediendo, hasta lograr plasmar su visión en la tela.

Parte de la solución, a mi modo de pensar, está en dar la información necesaria a los posibles compradores. Decidir comprar la obra de un artista serio (con trayectoria, exposiciones individuales, premios, etc. ) es una inversión. La obra incrementará su valor con el tiempo y la carrera del artista.

Ejemplos hay muchos y muy conocidos: Picasso, Modiglianis, Monet son pintores que vendieron sus obras por cantidades muy bajas al inicio de sus carreras y ahora sus cuadros cotizan en millones de dólares. Guardando las proporciones, lo mismo ha pasado en el ámbito nacional.

¿Qué se puede esperar al comprar la obra de un copista? Pues, nada. Su gasto no fue una inversión. Ese artista mediocre seguirá copiando a otros con poca calidad y su carrera no lo llevará a nada.   El comprador se expone al ridículo, cuando algún conocedor vea una mala copia en las paredes de su casa, como ha pasado en muchos casos.

Asegúrese de que sea un artista serio al que le está comprando y su inversión valdrá la pena. No compre en una esquina, en la calle, en un supermercado.   Si compra en una galería pida el currículum de ese artista y conozca más sobre su carrera. Estos señores no pagan impuestos y además roban su esfuerzo al artista nacional.

En este caso, lo barato le resultará siempre barato.

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<> Este artículo se publicó el 4  de noviembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Hasta luego, tío Rody

La opinión del Periodista…


JUAN LUIS CORREA ESQUIVEL
jcorrea@laestrella.com.pa

Soy, sin duda alguna, uno de los tantos afortunados de haber conocido al Dr. Roderick Esquivel D.

Con el tío Rody, como cariñosamente lo llamábamos,   no solo me unía un vínculo familiar, sino también un sentimiento de admiración inmenso.

Fue un hombre que le dedicó su vida a traer otras vidas al mundo. Su brillante carrera de ginecólogo obstetra le permitió obtener un sinnúmero de reconocimientos nacionales e internacionales, pero sobre todo, y quizás el más importante, el cariño que le dispensaron sus pacientes a lo largo de su vida profesional.

Fue, además, un gran político. De esos que ya no quedan muchos. De los que participan en política para hacer el bien y servirle a los demás y nunca para servirse de los demás. Siempre fue un convencido de que para meterse en política se necesitaba un sustento ideológico. Algo así como una suerte de principios básicos por los cuales enrumbar el accionar político. Ese pilar se lo dio el liberalismo, al cual se adhirió con absoluta convicción y disciplina.

Pero es en el lado humano donde considero que más se destacó. Fue sencillamente un hombre ejemplar. Excelente padre y esposo, amigo de los amigos y respetuoso de sus enemigos. Nunca tenía malos sentimientos y siempre trabajó para hacer el bien. No le conocí la envidia y mucho menos el rencor.

Fue un grande. Sencillo, brillante y sagaz. Vivió su vida a plenitud. Gozó, viajó y se rió, pero, sobre todo, fue un tipo divertido. Jamás podré olvidar las tertulias familiares con tío Rody. Un gran conocedor de la historia y la filosofía. Sencillamente sabía de todo.

Hombre de principios, de valores y con una profunda convicción cristiana. Fue genuino en todo lo que hizo. Un verdadero panameño ejemplar.

Hasta luego tío Rody, vivirás para siempre en nuestros corazones.

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<> Este artículo se publicó el 4  de noviembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
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