Parábola de las manos atadas

La opinión de….

Raúl Leis R. 

En el Camino de Santiago ya muy cerca de Compostela, el peregrino encuentra al borde de la vía la casa de un anciano escultor, en cuya entrada una piedra tallada reza:  “Los derechos humanos están desnudos”, simbolizando la desprotección que padecen muchos seres humanos de sus derechos fundamentales.   En Panamá eso ocurre, y entre otros se ve particularmente amenazada la libertad de expresión, ejemplificada en la persecución y hostigamientos de periodistas.

Hay que tener presente que la libertad de expresión, no es un patrimonio exclusivo de los comunicadores y los medios, más bien es un derecho ciudadano universal. Los medios de comunicación tienen la responsabilidad de aportar al ensanchamiento de la democracia, pues como decía Pedro Joaquín Chamorro “La libertad de prensa es necesaria, pero no es suficiente para establecer un régimen democrático”, que implica“ pluralismo político, elecciones libres y transparentes, un verdadero estado de derecho, control ciudadano sobre los gobernantes y rendición de cuentas, y sobre todo, un régimen permanente de ampliación de los derechos ciudadanos” (revista Envio, Nicaragua).

Por ello, transcribo el texto de esta parábola de autor anónimo que ejemplifica el efecto pernicioso y retardatario de una libertad de expresión conculcada, y que nos invita a luchar para vivir con manos y conciencias libres, y con derechos humanos vestidos de libertad y de justicia:

Érase una vez un hombre que vivía como todos los demás. Un hombre normal. Tenía cualidades positivas y negativas. No era diferente. Un día, llamaron repentinamente a su puerta, cuando salió se encontró con sus amigos.   Eran varios y habían venido juntos. Sus amigos después de mantener una larga y amistosa charla con él, le ataron los pies y las manos para que no pudiera hacer nada malo (pero se olvidaron de decirle que así tampoco podría hacer nada bueno). Y se fueron dejando un guardián a la puerta para que nadie pudiera desatarle.

Al principio se desesperó y trató de romper las ataduras. Cuando se convenció de lo inútil de sus esfuerzos, intentó, poco a poco, acostumbrarse a su nueva situación. Poco a poco consiguió valerse para seguir subsistiendo con las manos atadas. Inicialmente le costaba hasta quitarse los zapatos. Hubo un día en que consiguió liar y encenderse un cigarrillo, y empezó a olvidarse de que antes tenía las manos libres.

Pasaron muchos años, y el hombre comenzó a acostumbrarse a sus manos atadas. Mientras tanto su guardián le comunicaba, día tras día, las cosas malas que se hacían en el exterior los hombres con las manos libres (pero se le olvidaba decirle las cosas buenas que también hacían los hombres con las manos libres)

Siguieron pasando los años y el hombre llegó a acostumbrarse a sus manos atadas, y cuando, el guardián le señalaba que gracias a aquella noche en que entraron a atarle, él, el hombre de las manos atadas no podía hacer nada malo. (pero se le olvidaba señalarle que tampoco podía hacer nada bueno). El hombre comenzó a creer que era mejor vivir con las manos atadas. Además, ¡Estaba tan acostumbrado a las ligaduras…!

Pasaron muchos años, muchísimos años más…, un día sus amigos sorprendieron al guardián, entraron en la casa y rompieron las ligaduras que ataban las manos del hombre. “¡Ya eres libre!”, le dijeron. Pero habían llegado demasiado tarde, las manos del hombre estaban totalmente atrofiadas y, aunque así, con las manos libres ya no podía hacer cosas malas, tampoco podría ya hacer cosas buenas.

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<> Este artículo se publicó el 20  de octubre de 2010  en el diario El Panamá América, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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