Porque quiere y porque le da la gana

La opinión de…

Paco Gómez Nadal

El Presidente de la República no asistió a la tan publicitada conferencia de María Antonieta Collins que llevaba por título el nefasto “Porque quiero, porque puedo y porque me da la gana” (me encantan los best seller de autoayuda).

Digo que no fue –yo tampoco– porque él toma decisiones antidemocráticas porque quiere y porque le da la gana, aunque no pueda, aunque la ley, el buen juicio y hasta la moral se lo impidan.

La decisión presidencial, comunicada a los honorables empleados de la Asamblea Nacional, de terminar con el subsidio electoral es un disparo directo a la línea de flotación de lo que queda de sistema democrático en el país.

Es popular la medida, claro que sí, siempre que se disfrace con desinformación de un cambio, de un ataque a los politiqueros y a los partidos tradicionales que tantas decepciones nos han dado y tanta plata se han embolsado (la del subsidio no es la mayor que se han robado).   Pero metámosle racionalidad al asunto, eso que no le gusta al Presidente.

Parece poco lógico que al mismo tiempo que la Comisión de Reformas Electorales está sesionando y tratando de llegar a acuerdos, el Presidente de la República bombardee ese proceso con una medida unilateral que puede sacar adelante por el control directo que tiene del Órgano Legislativo (en teoría, independiente; en la práctica, muy obediente) pero que no ha sido debatida ni consensuada con un solo actor de la sociedad panameña (excepto que la almohada de Martinelli tenga el mismo valor que todo un país).

Tampoco se ve muy bien que el Presidente multimillonario –que va regalando billetes y que creó de la nada y a punta de chequera algo que se autodenomina como partido político– decida que los partidos políticos pueden mantenerse del aire. Es decir: abre más la puerta al control de los partidos por parte del capital privado, de los intereses privados, de la codicia de empresarios y poderosos.

Con la suspensión del subsidio electoral el terreno está listo para que cada millonario se compre su propio partido.   No es que eso no ocurra ahora, en el sistema clientelista y antediluviano de nuestra ley electoral y de sus prácticas, pero al menos todavía quedaban algunos resquicios para exigirles a los partidos honestidad y transparencia.

Y lo que es absolutamente antidemocrático es sacar al Estado de la financiación del sistema político. A nuestro mandatario le gusta compararse con el supuesto primer mundo y allá el mundo va en la dirección contraria a la de nuestro Ejecutivo.  En muchos de esos países, la financiación privada de los partidos políticos está muy limitada, es el Estado el que paga la “factura” democrática para tratar de generar un clima de igualdad de acceso al sistema electoral –aunque es imperfecto– y se controla desde el acceso a los medios de comunicación durante las campañas electorales, hasta las cuentas al centavo de cada partido.

Nosotros vamos hacia atrás. El cambio es evidente y quizá el Presidente esté cumpliendo su palabra, pero no con un “ahora le toca al pueblo”, sino con un “ahora le toca a los míos”.

En Panamá todo se está decidiendo en las escaleras del Palacio de las Garzas o en las reuniones secretas y paralelas.   Luego, se finge un diálogo, se nombra una comisión o se pasa de puntillas por el trámite parlamentario para darle una apariencia legal y democrática pero todo, absolutamente todo, es mentira.

Vivimos en una ficción y ya nos cuesta distinguir lo que es realidad. Acudimos a la justicia pensando que ejerce sus funciones, entrevistamos al presidente de la Asamblea Nacional imaginando que la preside y escuchamos al Presidente confiados en que cogobierne con todo el país (algo a lo que se niega aunque en eso consiste la democracia).

Lo interesante es que a pocos parece preocuparle o son menos los que se pronuncian ante decisiones como la de eliminar el subsidio electoral. Es cierto que la mayoría de los partidos tiene poca autoridad moral para hacerlo, pero también es verdad que el Partido Panameñista y Cambio Democrático han sido y son parte de este sistema perverso, aunque ahora traten de hacerse los locos y aparentar que son “nuevos” en esto.

<> Este artículo se publicó el 5 de octubre  de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos,   lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

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