¿Educación para qué?

La opinión del  Escritor…

Guillermo Sánchez Borbón

En aquellos tiempos, mucho más felices que los que hoy corren, cuando ingresabas a la escuela primaria la maestra le entregaba a cada alumno el Libro Primero de Lectura, cortesía del Estado. No tenías que pagar ni un centavo.   Te recomendaban, eso sí, que lo devolvieras cuando pasabas a segundo grado para que otro alumno pudiera usarlo. Y si no lo devolvías, nadie se tomaba la molestia de reclamártelo, motivo por el cual casi todos los alumnos devolvían sus ejemplares en buen estado el último día de clases, a fin de que la maestra se los entregara a los que venían después de ti. En segundo grado recibías un nuevo texto, que a su vez devolvías a fin de año. Y así, hasta que te graduabas de la escuela primaria.

Esto respondía –se ha explicado muchas veces– a la concepción liberal de la educación como un vehículo de movilidad social. Después destruyeron este sistema tan bueno, ya probado, para reemplazarlo por otro experimental asombrosamente revolucionario. En la escuela les impartían a los niños conocimientos tan útiles como el dominó y el siete once. ¿Quién ha dicho que hay que saber leer y escribir para graduarse y luego triunfar en la vida? Cuando las personas sensatas intervinieron para rectificar las cosas, el daño ya estaba hecho, un daño irreparable, que todavía estamos pagando. Destruir es mucho más fácil (y, por lo visto, más divertido) que construir.

Los liberales se preocuparon de que la educación llegara a todos. Es la razón por la cual los libros que venían al país estaban libres de impuestos. Entre otras razones más nobles, porque el liberalismo panameño, hasta su consunción, siguió creyendo en la educación igual para todos. Por eso no gravaban los libros. Esto fue así hasta que llegó al poder el señor Martinelli y decidió encarecer el conocimiento, hasta ponerlo fuera del alcance de las personas con modestos ingreses.

Me acabo de desayunar con la nueva de que el actual gobierno ha gravado prohibitivamente los libros para (supongo) ponerlos fuera del alcance de los pobres, a fin que no tengan una conciencia clara de su propia miseria. En cambio, ha abaratado escandalosamente la destrucción de la naturaleza, entregándole tierras hermosas y productivas a la voracidad de quienes están destruyendo nuestros suelos para que los que vengan después reciban un peladero. Ignoro quién es el autor de este desaguisado, pero sea quien fuere, el paíspagará un precio prohibitivo por semejante maldad (o simple estupidez, o aún más simple codicia) del nuevo gobernante.

Me enteré de este horror por pura casualidad. No es un secreto bien guardado que yo he escrito varios libros. Periódicamente los reedito en pequeñas ediciones de 25 o de 50 ejemplares, que demoran una eternidad en venderse. Cuando, por fin, misteriosamente se agotan, vuelvo a reeditarlos con el mismo modestísimo tiraje. Una que otra librería acepta a consignación tres ejemplares, que tardan otra vez años en venderse.

Días atrás llevé a un establecimiento tres ejemplares de la última reedición de uno de mis libros. Por primera vez en mi vida me pidieron un documento en que consten la naturaleza y precio del libro, nombre del autor y no recuerdo cuántas otras estupideces.    Total, que regresé a mi casa con los tres ejemplares de mi último parto para (como creo recodar que escribió Carlos Marx en el prólogo de uno de sus libros) “entregarlo a la crítica [literaria] de las polillas”, polillas que tienen más sesos que el ilustre gobernante que nos gastamos.

No sé por qué me vienen a la memoria ahora viejas películas que vi en mi infancia y adolescencia. Su argumento general –con mínimas variantes– era el siguiente. Había un hermoso país situado en una vaga región. Sus habitantes (preternaturalmente dotados para la música) vivían cantando y bailando por las calles y plazas de la ciudad. Hasta que el buen rey moría un buen, digo mal, día. Y su bilioso hijo, que secretamente siempre había odiado la música, al asumir el mando supremo prohibía –bajo pena de muerte– la música tocada, cantada o bailada. Y la noche más negra caía sobre el reino. Yo –que secretamente siempre odié la música– simpatizaba con el hosco tirano. Los habitantes del país, un día no aguantaban más el silencio, entonces aparecía el hijo verdadero y auténtico primogénito del difunto rey, derrocaba al tirano y asumía él el poder.

¿De dónde salía este hijo? Nunca lo explicaban, nunca lo supe, pero cuando ya tuve edad para eso, sospechaba que era un hijo por fuera de un rey que al parecer no era tan casto como nos habían hecho creer.   Y volvía a retumbar la música en todo el reino para felicidad de sus habitantes.

Dedico esta edificante historia a nuestro iluminado (casi radiactivo) presidente.

<> Este artículo se publicó el 25 de septiembre de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos,   lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

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