Había una vez un país

La opinión de…

Rodrigo Tomás Sang De León

Había una vez un pequeño país bendecido por Dios con muchas riquezas naturales y una ventajosa posición geográfica que le daban lo necesario para que sus habitantes pudiesen alcanzar altos estándares de vida.

Lamentablemente, aquel país sufría de una enfermedad crónica que causaba que casi todos sus políticos utilizaran el engaño, la demagogia y el doble discurso, como forma de seducir a las masas deseosas de ver mejores días, y de esta manera acceder al poder político para utilizarlo en beneficio de sus intereses económicos, sin importar el bienestar de las mayorías.

Ese país había tenido la desdicha de soportar, durante 21 años, una dictadura militar que terminó contagiando a muchos de sus ciudadanos de otra enfermedad que se le conoce como el “juega vivo”, “el tráfico de influencias”, “la falta de valores”. Desde entonces, aquel paraíso heredado de Dios ha ido desperdiciando las oportunidades de convertirse en una nación grande y pujante, porque en sus gobiernos (del color político que sea) se ha hecho una práctica el que la mediocridad y la ineptitud se premian y la capacidad y la honestidad se castigan o no son bien vistas.

Las cosas han llegado a tal punto que cuando hay un funcionario puntual, responsable, que adopta decisiones pensando en lo que le conviene al país antes que al partido, a ese funcionario se le aísla y sus compañeros de campañas políticas anteriores –cuando no estaban en el Gobierno– llegan a catalogarlo de injusto por el gran delito de atreverse a cuestionar los manejos poco profesionales y éticos que se dan en ciertas instituciones, lo que va en contra de todo lo prometido en campaña.

Esta sociedad, enferma moralmente, ve como sus vecinos toman decisiones importantes para mejorar sus sistemas educativos, mientras que a nivel local resulta prácticamente un pecado entre los gremios de educadores, el hablar de una transformación curricular que le dé a la juventud una esperanza de mejores días en el mundo globalizado de hoy.

Aquel país llegó al punto en el que no hay a quién creerle, pues las contradicciones son diarias en sus políticos, que viven cambiando de parecer. Un discurso en oposición y otro cuando llegan al Gobierno.

Afortunadamente, estimados lectores, ese país también está lleno de gente buena, con principios y una visión diferente de cómo actuar para que esa nación se convierta en lo que está llamada a ser; pero para ello es necesario que su gente buena deje el miedo a expresarse libremente y que quienes en algún momento ejerzan el poder sepan que no deben ofenderse ante las críticas ni interpretar todo como un complot, sino más bien tomarlas como la mejor forma de gobernar en sintonía con quienes, electoralmente hablando, les dieron la confianza para que llegaran a un cargo. Ojalá todos los políticos de aquel país entiendan que el poder es pasajero y que mientras les toque el honor de ejercerlo, hay que poner los intereses del pueblo primero.

Cualquier parecido con algún país que ustedes conozcan, es ¡pura coincidencia!

<> Este artículo se publicó el 19 de septiembre de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos,   lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.
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