Marca país

La opinión de…

Xavier Sáez–Llorens 

Se mencionó, hace unos días, que Panamá carecía de una marca país que nos visibilizara internacionalmente para atraer turistas e inversores. Tradicionalmente, la imagen seleccionada para publicidad es un producto, un lugar, un estilo de vida o un comportamiento que sea identificado espontáneamente como típico o exclusivo de una nación. Así, por ejemplo, Juan Valdés se vincula a Colombia, las islas Galápagos con Ecuador, los mariachis con México, el “pura vida” con los ticos, el tango con Argentina, el champán con Francia, los toros con España, la samba con Brasil, el vodka con Rusia, el sueño americano con EU o la productividad con Japón.   Al intentar descifrar la cualidad que nos podría distinguir rápidamente, tardé un segundo en pensar que el “juega vivo” sería el más representativo ícono nacional.   Esta nefasta conducta es practicada en todos los sectores de la sociedad.

La demostración más emblemática es la Asamblea Nacional. Salvo excepciones puntuales, sus integrantes han convertido este recinto en un antro de clientelismo y corrupción. Cualquier entidad gubernamental que necesite la aprobación del presupuesto o de un proyecto de ley debe doblegarse al tráfico de influencias de los “padres de la patria”.     Como diría Pichel, el istmo andaría mejor en la orfandad.   Todas las instituciones, aún las supuestamente autónomas, están politizadas por este órgano del Estado.    Para esquivar porquerías, los directores deben nombrar a amigos, familiares o copartidarios de los diputados.   Los individuos que aspiren a ocupar cargos importantes deben inscribirse en los colectivos oficialistas.   La reciente trifulca con la administración de la CSS obedece, ni más ni menos, a la negativa de su director a parapetarse de la mediocridad circundante. Fue un claro mensaje para la gente decente del país. “El Gobierno es para la clase política profesional, no para los honestos e independientes; nadie nos quitará un pedazo del suculento pastel estatal;    la CSS debió ser espacio “arnulfista” y el Presidente nos metió un intruso no afiliado”.

La Corte Suprema de Justicia no escapa al “juega vivo”. Los magistrados, casi todos nombrados a conveniencia del mandatario de turno, ejercen una justicia selectiva de acuerdo a su inclinación partidista o como pago por su designación. Además, en contubernio con la Asamblea, protegen las impunidades mutuamente.   La forma en que se sacó a la ex procuradora fue vergonzosa. Curiosamente, después de inhabilitarla, se ha producido un sinnúmero de indagatorias y arrestos de poderosos, algo nunca visto en el pasado. Uno se pregunta: “¿había antes una inercia jurídica por temores y presiones o estamos ahora ante un espectáculo mediático?”. La sociedad disfruta y agradece al ver corruptos tras las rejas pero es vital respetar los debidos procesos y juzgar también a peces gordos de todos los partidos. Varios dirigentes de la administración Moscoso, por ejemplo, incurrieron en actos sospechosos de fechoría y deben ser investigados minuciosamente.

Los jerarcas sindicales comparten también similar filosofía de vida. Acusan de corrupción a los demás pero la practican cotidianamente y cuando asumen poder la ejecutan a su máxima expresión. Desean cambiar el modelo económico pero no indican cómo lo harán y siempre terminan globalizando la pobreza.    Critican el mal uso de las arcas monetarias pero que a nadie se le ocurra investigar las cuentas y actividades financieras de sus organizaciones. Rechazan los regímenes dictatoriales de derecha pero sus principales vegetan en las cúpulas y al gobernar instauran tiranías comunistas. Aplauden los métodos democráticos pero sus cabecillas se eligen al calor de una manifestación, mediante sofisticadas técnicas modernas, como el conteo de manos alzadas de un minúsculo subgrupo de revoltosos.   Alaban la democracia participativa pero al ganar elecciones restringen derechos, sofocan a compatriotas hasta forzar su exilio y cierran medios de comunicación. Pretenden el diálogo pero jamás aceptan consensos que les sean antagónicos y abandonan reuniones cuando las ideas del resto se apartan de sus planes. Les fascina la libertad de expresión pero sus sicarios escritores denigran sin asco a cualquiera que los cuestione e inventan conspiraciones absurdas para provocar caos.

Sería interminable seguir enumerando anécdotas del “juega vivo” panameño. Por mi parte, yo seguiré escribiendo y soñando para que las generaciones venideras hagan de la decencia nuestra futura marca país. Presiento, sin embargo, que debido a la paupérrima educación pública que poseemos, cortesía de aberrantes gremialistas y ministros incapaces,  el cambio de actitud tomará décadas.   Por mejor índice de competitividad global que logremos, mientras no reformemos los programas escolares, despoliticemos las instituciones y erradiquemos la viveza ciudadana, nuestro subdesarrollo permanecerá inalterable. Actuemos, desde ayer.

<> Este artículo se publicó el 19 de septiembre de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos,   lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

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